HISTORIA Y MEMORIA DE CURSILLOS
Francisco Forteza Pujol

Primera edición, febrero del 1992
Edición digital, agosto 2000 

En relación con la  historia de los Cursillos y particularmente en lo relativo a su "Pre-Historia" existe un documento que nos ha parecido que no podemos dejar, no sólo de citar, sino de facilitarles su acceso, ya que de él, entre toda su riqueza, podremos rescatar particularmente el contexto y el ambiente en que se incubará  el nacimiento de los Cursillos y muy especialmente la personalidad, carácter y testimonio de los fundadores. 

Se trata de este trabajo de Francisco Forteza Pujol, uno de los de la "primera hora", titulado  "Historia y Memoria de los Cursillos", cuya primera Edición se publicara en febrero del 1992, y del cual se hiciera una Edición digital en  agosto 2000. El libro de Francisco Forteza, que huye tanto del tono apologético como del frío historicismo, se sitúa en la literatura testimonial. Descubre sin disimulos la trama humana, no exenta de errores ni de intrigas y manipulaciones, del Movimiento de Cursillos, y al mismo tiempo reivindica la validez de lo que, en lenguaje del propio autor, se entiende como  "carisma fundacional". 

1 El marco histórico, en Mallorca
2 La «Acción Católica» de Aparici

3 El nacimiento del método
4 El impulso episcopal
5 Reunión de grupo y primeras tensiones

6 Ultreya y Escuela
7 Nace un estilo
8 ¿Universalidad del método?
9 Arraigo en la realidad
10 Impacto en la Iglesia-institución
11 Primeras polémicas
12 Primera expansión territorial

13 Colombia y los cursillos de mujeres
14 El Consejo Superior de AC de España
15 Lo seglar
16 Los sacerdotes: Salamanca y Roma
17 El primer Secretariado
18 El nombre del Movimiento
19 Los dirigentes históricos
20 Relevo episcopal
21 La «Pastoral» del Doctor Enciso
22 La «Pastoral» del Doctor Hervás
23 Sanciones episcopales y éxodo sacerdotal

24 El grupo seglar en la crisis
25 «Vertebración de Ideas»
26 «Manual de Dirigentes»
27 Los «Cursillos» del Doctor Enciso
28 La gran expansión internacional
29 Disensiones entre los iniciadores
30 Mis encuentros con el Doctor Hervás
31 La «Historia» del Padre Seguí
32 El Cursillo de Cursillos
33 Cursillos y Vaticano II
34 Los Cursillos en España, 1970 a 1990
35 El «pulso» actual de Cursillo

1 El marco histórico, en Mallorca

Los Cursillos de Cristiandad nacieron en Mallorca, la mayor de las Islas de España en el Mar Mediterráneo, en la década de los 40.

La circunstancia de tiempo y lugar nos obliga a referirnos a la guerra civil española, que se desarrolló de 1936 a 1939, enfrentando dramáticamente a las fuerzas fieles al régimen de la República, instaurado en 1931 (liberales, nacionalistas vascos y catalanes, socialistas, comunistas y anarquistas), y las fuerzas que respaldaron el «Alzamiento» del general Franco, que básicamente fueron los tradicionalistas monárquicos, los emergentes admiradores de los movimientos fascistas, y los católicos, que resultaron vencedoras, sobre un País económicamente desolado y tras un número de muertos de guerra superior a 500.000.

El nuevo régimen instaurado por el general Franco reconoció a la Iglesia Católica un poder y una influencia ahora difícilmente imaginables. El comportamiento práctico de los hombres de Iglesia españoles, en este período de los 40, entiendo fue muy diverso, según se tratara de regiones españolas donde durante la guerra el catolicismo había sufrido persecución desde el visceral anticlericalismo de la zona republicana o «roja», o de los residentes en las zonas que desde el inicio de la guerra pertenecieron a la España «nacional» o «facciosa» bajo el mando de Franco. Mallorca fue de estas últimas.

Donde la Iglesia había sido perseguida, que fue en la mayor parte del País, el recuerdo cercano de los «mártires» de la «Cruzada» inspiraba un estilo épico, reivindicativo y casi agresivo en los comportamientos católicos de postguerra.

En cambio en Mallorca, Galicia y otras zonas donde los católicos no sólo no habían sido perseguidos, sino que habían colaborado o actuado como protagonistas en la persecución de los «rojos», sus comportamientos eran de ejercicio casi vergonzante del poder, ya que allí el prestigio social real de los católicos y de la religión en general era nulo; situación que, en una dictadura de derechas, conlleva respeto externo, halago social y aislamiento como grupo.

Las familias tradicionalmente católicas de Mallorca mantenían, conscientemente o no, este aislamiento social.

A una de estas familias católicas pertenecía Eduardo Bonnín Aguiló, nacido el 4 de mayo de 1917. Se trataba de una familia dedicada al comercio y exportación semimayorista de granos y frutos secos, muy prolífica -10 hijos-, y vinculada a los «cenáculos» literarios de la Isla, por su cercano parentesco con el «Patriarca de las letras mallorquinas», Mariàn Aguiló.

Eduardo cursó estudios con los Padres Agustinos y en el colegio La Salle de Palma, y sobre todo con profesores que sus padres contrataban al efecto para que impartieran a sus hijos los programas escolares vigentes en su propio domicilio, pretendiendo asegurar así que la enseñanza que recibieran fuera en todo -contenidos y ambiente- conforme con el pensamiento de la Iglesia. Tengamos en cuenta que tanto Eduardo como la mayoría de sus hermanos llegaron a la edad escolar en pleno período de la República Española, cuya enseñanza -al parecer de los católicos tradicionales, y por tanto de su familia- estaba infectada de «ideas disolventes», que penetraban incluso en los colegios religiosos, a través de los alumnos hijos de la burguesía liberal de la Isla, tan perseguida después, en la guerra. También debió influir, en esta decisión de educación super-privada, el propósito de los padres de Eduardo de evitarle a él y a sus hermanos que fueran víctimas de los posos de discriminación todavía muy presentes en Mallorca en aquellos años, hacia los que, como ellos, tenemos apellidos «xuetas» -propios de los descendientes de los judíos que se convirtieron al catolicismo en la Isla, bajo presión de la Inquisición, entre los siglos XV a XVII, y que desde entonces se vieron compelidos socialmente, pese a su nueva confesión religiosa, a seguir viviendo en «ghetto» y a casarse endogámicamente, hasta bien avanzado el siglo XX-.

Por tanto, Eduardo Bonnín se educó en un ambiente de fe católica profunda, y de una forma aislada, en contacto prácticamente tan sólo con los ambientes afines a su familia, y con los ambientes rurales de la Isla que correspondían a la actividad del comercio familiar, y que, siendo menos religiosos, no eran menos tradicionales que el familiar. Quienes le trataban por entonces le recuerdan como un joven adolescente de gran inquietud cultural y religiosa, brillante en su comunicación con los demás a pesar de la aparente timidez, y dotado de un gran sentido del humor.

En 1937 Eduardo iniciará una experiencia que entiendo resultó esencial en su vida: la prestación del servicio militar obligatorio, que, aunque se inició en plena guerra civil española, no le exigió combatir en el frente, gracias a prestarlo en oficinas, creo que a causa de la configuración de sus «pies planos», que tanto siguen caracterizando su modo de andar; su vida de soldado se prolongará anormalmente durante nueve años, hasta 1946, por razón del papel preponderante del ejército en la inmediata postguerra y por la proximidad de la II Gran Guerra, en Europa. A través del ejército, Eduardo Bonnín pasó bruscamente, de vivir en unos ambientes tradicionales y cerrados, a relacionarse con todas las clases sociales y con la realidad más auténtica de la juventud masculina de esa época.

En resumen, Bonnín llegó en esos años a la conclusión -que resultaría trascendental- de que el hombre «normal» que le rodeaba en el cuartel, pese a vivir en unos ambientes no solamente descristianizados, sino clara aunque calladamente hostiles a la religión católica, conservaba sin embargo intactos una serie de valores y comportamientos netamente evangélicos; más cristianos, a su parecer, que los imperantes en los ambientes «píos» que tan bien conocía. Estos valores cristianos de los no cristianos -el repudio de la falsedad y la hipocresía, la alegría no fingida, la apertura interclasista, el sentido de la amistad- le chocaron como solamente podían hacerlo probablemente a quien hasta entonces había sido educado para considerar a esos mismos no cristianos como «los otros», sus potenciales enemigos históricos.

Al identificar a Bonnín como un joven católico español de los años 40, se hace preciso analizar de algún modo ese especial mundo de la juventud católica de ese lugar y tiempo.

Al iniciarse la década de los 40, en Mallorca -como en el resto de España-, los jóvenes «católicos» se encuadraban en dos tipos de estructuras o ambientes prácticamente incomunicados entre sí.

De una parte, los jóvenes de clase social o económicamente alta que habían estudiado en colegios privados religiosos y se sentían naturalmente llamados a ocupar puestos de relevancia social en el nuevo régimen político instaurado por el general Franco; de ellos, quienes se mantenían en la práctica religiosa, se orbitaban alrededor de las «Congregaciones marianas» u otras asociaciones de «minorías selectas» similares: el aún casi incipiente Opus Dei, los «propagandistas católicos» de la A.C.N. de P. de Monseñor Herrera-Oria, etc.

A su vez, una minoría de jóvenes de clase media-baja y sobre todo rural, también mantenía su confesionalidad y práctica religiosa, orbitándose en torno al clero secular y en las parroquias o en algunos conventos de congregaciones no docentes, con actividades que se dirigían básicamente a proporcionarles un ocio no «pecaminoso». Estos grupos se estaban articulando diocesana y nacionalmente a través de la Acción Católica, creada por Pío XI.

Es dentro de esta franja socialcatólica de segunda clase donde se ubicaba Eduardo Bonnín, si bien su independencia de criterios le inducía a no afiliarse ni a la Acción Católica ni a otras asociaciones.

Debe reseñarse que la clase trabajadora urbana, perdedora de la guerra, era visceral y calladamente anticlerical, y creía ser anticristiana. Su contacto con la Iglesia se limitaba a la ritualización sacramentaria de bautizos, primeras comuniones, bodas y entierros; aceptaban la presión social de los «vencedores» para que sus hijos frecuentaran la «catequesis» parroquial hasta la pubertad, y se beneficiaban de algunos «servicios sociales» católicos (el «Patronato Obrero», las «Hermanitas de los Pobres», etc), aunque a veces todo ello les exigiera un cupo de prácticas litúrgicas que decían aborrecer.

2 La «Acción Católica» de Aparici

Para conocer el tipo de ambiente católico con que se relacionaba Bonnín es de gran importancia aproximarse a la Juventud de Acción Católica de esa época y lugar. Los jóvenes de la Acción Católica Española vivían entonces, en el fragor épico de la inmediata postguerra, bajo el liderazgo nacional de un hombre auténticamente excepcional, Manuel Aparici (que había sido ya presidente seglar de la juventud masculina de Acción Católica de España antes de la guerra civil, y que ahora, tras su ordenación sacerdotal, era Consiliario Nacional de la misma).

Ya durante la etapa republicana de España, la juventud de Acción Católica preparó una peregrinación nacional de jóvenes a Santiago de Compostela, que quería ser sin duda una demostración, frente a las organizaciones de masas laicizantes y anticlericales dominantes en este período de nuestra historia, de que la Iglesia también tenía capacidad de movilizar masas juveniles masculinas. Por inseguridad pública, primero, y por el estallido militar después, la peregrinación fue repetidamente aplazada. Ahora, con la Iglesia instalada en el bando vencedor, la demostración seguía teniendo sentido frente a la poderosa Falange, más difícilmente permeable a la influencia de la Iglesia que el poder militar o el económico. Se trataba de una situación similar a la de la Italia de preguerra entre las juventudes católicas y las fascistas, si bien la organización falangista española se proclamaba católica, generándose una confusión y una amalgama que requeriría un análisis independiente.

Lo cierto es que el objetivo cuasi político que sin duda tenía la Peregrinación Nacional a Santiago, se convirtió en algo mucho más trascendental gracias a la singularidad personal y a la profunda fe de Manolo Aparici. En esta etapa de Consiliario supo aglutinar a su alrededor un grupo de seglares jóvenes profundamente convencidos y realmente comunicadores, entre quienes creo deben destacarse a Miguel Benzo Mestre y Antonio Lago Carballo, a quienes conocí personalmente después, y que carecían de los enfoques más directamente políticos que animaban a otros colaboradores de Aparici, como Alberto Martín Artajo, Joaquín Ruiz-Jimenez o Salvador Sánchez-Terán, orbitados muy poco después en la A.C.N. de P.

Aparici y sus más directos colaboradores diseñaron unos cursillos que llamaron «de Jefes de Peregrino» o de «Adelantados de Peregrino» -según la edad de los jóvenes a quienes se dirigieran- que pretendían reorientar la peregrinación hacia un contenido real de fe. con el objetivo de conseguir «100.000 jóvenes a Santiago, en Gracia». Junto a esta labor, desde la revista Signo -órgano del Consejo Nacional de los jóvenes de Acción Católica de España- se completaba la estrategia preparatoria de la peregrinación, que exigía de los líderes diocesanos «de provincias» un profundo cambio de mentalidad y de métodos.

En este ambiente, el entonces Presidente de los jóvenes de Acción Católica de Mallorca, el arquitecto José Ferragut, necesitaba encontrar personas con capacidad de liderazgo, cuando «descubrió» al inquieto Eduardo Bonnín, que no pertenecía a Acción Católica, y con el que consiguió una importante sintonía de inquietudes desde sus primeras entrevistas.

El Bonnín de su período militar, según me indicó años más tarde un testigo de primera mano, «estaba siempre leyendo un libro y estaba siempre de buen humor», dos cosas que chocaban evidentemente en el ambiente de indolencia de nuestros cuarteles de postguerra. Estos rasgos -autodidacta, y por tanto poco convencional, y optimista- parecían a Ferragut los más indicados para protagonizar en Mallorca el nuevo estilo «peregrino» que Manolo Aparici impulsaba y casi exigía desde Madrid. Porfiando, Ferragut venció la resistencia de Bonnín, y le convenció para que asistiera al segundo de los «Cursillos de Jefes de Peregrino» que los dirigentes del Consejo Nacional de Jóvenes de Acción Católica Lago Carballo y Mohedano, impartieron en Mallorca, concretamente en el Santuario de Lluch, en la Semana Santa de 1943.

Cuidó muy especialmente Ferragut que la ocasión se aprovechara, poniendo en antecedentes de su intención respecto a Bonnín a los dirigentes que venían de Madrid, que sometieron durante ese Cursillo a Eduardo a un «tratamiento» muy singularizado, que sería trascendental para el futuro.

No es fácil describir cómo se desarrollaba un «Cursillo de Jefes de Peregrino» en pocas líneas. Pero es importante, porque en su funcionamiento existen varias «piezas» que después serán incorporadas como esenciales en lo que habrá de recorrer el mundo con carta de ciudadanía bajo el nombre de «Cursillos de Cristiandad».

El Cursillo de Jefes de Peregrino duraba una semana entera, y comenzaba con un «retiro espiritual» que realizaban en silencio sus asistentes, y que consistía en una breve síntesis de algunos puntos de los Ejercicios Espirituales ignacianos.

Durante el Cursillo el sacerdote se limitaba a dirigir el mencionado «retiro», y después, a explicar cinco charlas o «lecciones» sobre la Gracia, con esquemas prácticamente idénticos a los del Cursillo de Cristiandad posterior, así como a impartir una «meditación» matinal diaria, y a dispensar los sacramentos. Era un seglar -que se llamaba pomposa e irónicamente «rector» del Cursillo, como si de una Universidad se tratara-, quien mantenía el protagonismo de la conducción del proceso, y explicaba, con su equipo de «profesores», también seglares, numerosas charlas que incluían temas como Piedad, Estudio, Acción y Dirigentes, junto a otros referidos a asuntos corporativos -de la Acción Católica- y organizativos -de la Peregrinación a Santiago-.

Excepto el retiro, el resto del Cursillo se impartía en un ambiente de comunicación, donde hablar unos con otros no estaba vetado, sino que constituía buena parte de su eficacia, y donde se fomentaban cantos colectivos que eran o «piadosos» o folklóricos, para expresar con todo ello gráfica y experimentalmente el ambiente en que debían desarrollarse las jornadas de peregrinación que se preparaban. Se fomentaba en estos Cursillos el trabajo en pequeños grupos -de diez componentes como máximo- que se llamaban «decurias» y en las que se designaba un Presidente y un Secretario, que diariamente, al fin de la jornada, debían presentar un «diario mural» que resumiera el contenido de lo tratado y vivido. Es casi ocioso decir que todo el contenido de las charlas y el ambiente se dirigían clara y explícitamente a personas que se consideraban a sí mismas como católicos practicantes, aspirando a reforzar tanto su vida interior -piedad y estudio- como su proyección «apostólica» -acción y dirigentes-, que se daba por descontado había de desarrollarse organizadamente en la Acción Católica, única asociación «oficial» de los seglares en la Iglesia; lo que se remarcaba en una poco velada acusación de «capillismo» y clasismo a las demás organizaciones católicas «privadas» y elitistas.

Bonnín vivió muy intensamente este Cursillo de Jefes de Peregrino, que iniciaría un giro muy importante, no sólo en su vida, sino en la de muchas decenas de miles de otros seglares después.

3 El nacimiento del método

Entiendo que el momento crucial de la génesis de los cursillos de cristiandad es la fase inmediatamente posterior a aquella Semana Santa de 1943, en que Bonnín relaciona lo vivido en el Cursillo de Peregrinos con sus inquietudes personales más profundas y con su experiencia catalizadora de los ambientes descristianizados. Llegó a la conclusión de que algo a la vez similar y diferente de aquel Cursillo de Jefes de Peregrino, podría conseguir dinamizar en cristiano no sólo un acontecimiento determinado -como la Peregrinación a Santiago-, sino la vida normal y diaria de los ambientes reales y concretos.

De esta inquietud surge un texto -el esquema «Estudio del Ambiente»- que elaboró Eduardo en ese mismo año de 1943, y que expuso en público por vez primera en el Seminario Diocesano de Mallorca, durante la celebración de la fiesta de la Inmaculada Concepción de aquel año, acogiéndose a la invitación que para ello le hizo el rector de dicho Seminario, D. José Rossell.

Poco después, en el siguiente Cursillo de Jefes de Peregrino dado en Mallorca, los dirigentes nacionales de Acción Católica que lo dirigían, recibieron la propuesta de Ferragut y Bonnín de que ese esquema, «Estudio del Ambiente», se incorporara como una de las charlas a impartir. Conocedores de su contenido, aceptaron complacidos, y Bonnín, con ese texto, intervino como «profesor», comprobando que sus ideas básicas eran bien captadas en el positivo y distendido ambiente de aquel Cursillo.

Quienes hemos trabajado en Cursillos con una cierta mentalidad de análisis e investigación, hemos constatado sin posibilidad de duda que en aquel esquema de «Estudio del Ambiente» -el mismo que ha venido a constituir el primer tema del tercer día del cursillo de Cristiandad-, se contiene ya en síntesis cuanto habrían de ser, para su iniciador, los Cursillos de Cristiandad.

Efectivamente, el considerar que la realidad se mueve más por ambientes que por estructuras, organizaciones o clases, y que hace falta un profundo conocimiento del ambiente propio para transformarlo, distinguiendo muy bien quienes tienen en él luz o entidad propia y quienes configuran «el ambiente» propiamente dicho -o «la masa»- centrándose en los primeros y aplicando una estrategia muy diferenciada según permanezcan éstos en el ámbito del «nosotros» o de «los otros», constituye la espina dorsal del posterior movimiento de Cursillos cuando es genuino. Lo que se completa si se tiene en cuenta que, según este esquema, para captar a «los otros» lo necesario en primer lugar es captar su corazón, y sólo después intentar iluminar su cabeza, para en último lugar imantar su voluntad. Este será precisamente el recorrido psicopedagógico del cursillo de cristiandad, quintaesenciado.

Como se advertirá que, para los ya incardinados en un «nosotros», el proceso es radicalmente inverso -voluntad, cabeza, corazón-, lo que plasma en esencia la metodología más identificadora del postcursillo. Y como se comprenderá que al hablar del ambiente en general, el esquema delineaba ya las pautas definitorias de lo que más tarde conoceremos como precursillo.

Tras el gesto de los representantes de la Acción Católica Nacional de incorporar a Bonnín como profesor de los Cursillos de Jefes de Peregrino, se produjo con naturalidad la entrada de Eduardo en aquella organización seglar de la Iglesia, donde se le recibió con esperada confianza, en un momento en que Ferragut, por razones reglamentarias de edad, tenía que dejar la presidencia diocesana, lo que originaba una inevitable recomposición del Consejo. El nuevo presidente, José Font, que era al propio tiempo Director del Instituto de Enseñanza Media de Palma, propuso la designación del recién llegado para una de las vocalías del Consejo Diocesano, la de «reconstrucción espiritual» -curioso nombre, con evidente sabor de postguerra, que casualmente expresa de forma muy gráfica la labor que a Bonnín le esperaba-.

Tanto Font como los demás componentes del Consejo veían a Bonnín, por su singularidad personal, como el obligado sucesor en la presidencia diocesana, por la que le permitieron desde el primer momento una gran libertad de movimientos para que experimentara y pusiera en practica sus revolucionarios planteamientos.

Especialmente importante resultó en esta fase la actitud inusualmente tolerante por aquellas fechas del Consiliario, D. José Dameto, hombre exquisito y refinado, de familia aristocrática, que supo llevar a la práctica como muy pocos de sus compañeros de sacerdocio en dicha etapa el respeto a la iniciativa y la autonomía del seglar, teóricamente tan bendecida y prácticamente tan coartada en la Acción Católica de los años 40 y aun posteriores.

En ese clima, y proyectando a la realidad su esquema de Estudio del Ambiente, Bonnín pensó y elaboró -desde su experiencia del Cursillo de Jefes de Peregrino- todo un método que sirviera para fermentar en cristiano las personas y ambientes «alejados», y para revitalizar en profundidad los más próximos.

Llegará a la conclusión de que en la vida normal casi nadie dispone de una semana entera para interrumpir sus actividades, por lo que debía comprimir el método en un máximo de tres días y medio. Rehizo todos y cada uno de los temas que impartían los seglares, aun aquellos cuyo título era coincidente -Piedad, Estudio, Acción, Dirigentes y Obras Marginales-, para adaptarlos a la mentalidad del no creyente, e imbuirlos de los principios expuestos en Estudio del Ambiente.

Por lo que respecta al «retiro» inicial de los Cursillos de Peregrinos, Bonnín respetó los esquemas de aquéllos, si bien introdujo, como pieza metodológica que resultó muy relevante, la celebración del «Viacrucis» según texto del Padre Llanos, como primer acto del Retiro, previendo que en su desarrollo se diera protagonismo, sin aparentar premeditación, a los que se entendía podrían dar después mayores problemas para integrarse en el cursillo. También respetó íntegramente los esquemas de las cinco charlas sobre la Gracia que en los Cursillos de Peregrinos impartían los sacerdotes, para no inmiscuirse en su terreno.

En cuanto a la conducción del ambiente propio del Cursillo, alteró sustancialmente los cometidos del equipo de «profesores», cuidando de que aparecieran al servicio de los asistentes y no segregados de ellos (servir la mesa en las comidas, presencia en las charlas y en todos los demás actos, etc.), y tratando de que alcanzaran con todos y cada uno una relación realmente personal (labor «de pasillo»). Por otra parte, adaptó los resortes de relajamiento del ambiente, fomentando los chistes y las canciones no religiosas ni meramente folklóricas; reforzó la acción de los grupos o decurias, etc.

Para mí no cabe ninguna duda de que el cursillo de cristiandad nació de este trabajo de Bonnín de repensar de arriba a abajo el Cursillo de Jefes y Adelantados, para adaptarlo a un fin radicalmente distinto y a una mentalidad que juzgó también radicalmente innovadora, que se expresa en el esquema tantas veces mencionado de «Estudio del Ambiente», ya incorporado previamente a los Cursillos de Peregrino, al menos en Mallorca.

Las primeras dificultades de Bonnín para que le dejaran poner en práctica su novedoso método, se centraron en su pretensión de que un mismo sistema hubiera de servir para personas de diferentes niveles culturales y sociales, y para gentes descreídas y gentes con fe. Esa fue la primera «piedra de escándalo», que Bonnín intentaba atajar con citas de textos de autores hoy quizás un tanto olvidados, pero que creo interesante recordar ahora porque en aquel momento tuvieron un determinado peso conceptual o metodológico en el alumbramiento de los Cursillos. Se trata, entre otros, de Beda Hemegger, del Padre Will, de Alfredo Mª Cavagna, del Padre Cruz Ugalde, del Padre Charles o de Chautard, que investigaban -más que teorizaban- sobre lo que el «apostolado seglar» podía y debía ser.

Sin duda, esa polémica sobre la especialización o no especialización del nuevo método según cultura y religiosidad de sus destinatarios, la protagonizó en aquel primer momento, frente a Eduardo, D. Sebastián Gayá, un sacerdote ya muy prestigiado en la Isla pese a su juventud, responsable en Mallorca, por aquellos años, de la Pastoral Universitaria, y que sin embargo poco después asumiría un notable papel en la génesis de Cursillos, tras incorporarse como Consiliario al Consejo Diocesano de jóvenes y sustituir a D. José Dameto. Quizás el punto de inflexión en su actitud la marcara la intervención que tuvo Bonnín por invitación de Gayá, en 1944, en la «Escuela de Propagandistas» que este último dirigía, y en la que Eduardo expuso el esquema que había preparado como tema final de «su» método, el que pasaría a integrar el rollo de «Cursillista más allá del Cursillo», que describe con gran capacidad de síntesis el perfil del seglar que aspira a suscitar el Cursillo. O quizás el cambio de actitud de D. Sebastián ante los nacientes Cursillos no se produjera sino más tarde, cuando el Doctor Hervás le nombró Consiliario de los jóvenes con instrucciones de potenciar y supervisar el nuevo movimiento. Lo que es indudable por los datos que he recogido, es que Bonnín tuvo desde el primer momento un gran interés en que Gayá se sumase a su proyecto, y que éste así lo hizo tras resistirse algún tiempo por no asumir la dimensión intercultural (o interclasista) del método que se creaba.

Aparte de con Gayá, Bonnín tuvo que defender frente a muchos más su planteamiento de un Cursillo abierto a cualquier tipo de creencia, de cultura o de otras dimensiones de la persona, siempre que tuvieran inquietud personal y personalidad real (lo que él llamaba «médula» y «hueso»). Y así lo defendió, con escaso éxito entre los «selectos» -sacerdotes o seglares con estudios superiores-, y con buena acogida entre los más sencillos. La actitud permisiva de D. Jose Dameto fue entonces decisiva, y con un grupo de seglares, básicamente de ambientes rurales, que admiraban su convicción pero no entendían muy bien su contenido integro, Bonnín pudo organizar un Cursillo según sus esquemas.

Se celebro el primer Cursillo según los esquemas de Bonnín en un «chalet» de Cala Figuera de Santanyí, en Mallorca, entre el 20 y el 23 de agosto de 1944.

El Director Espiritual de este primer Cursillo de Cristiandad de la historia fue el Reverendo D. Juan Juliá, actuando de «rector» Eduardo Bonnín y de «profesores» Jaime Riutort y José Ferragut Los asistentes fueron 14: cuatro que ya han fallecido, Sebastián Mestre, Antonio Binimelis, Leopoldo Febrer y Bartolomé Obrador; y diez que sobreviven, Miguel Rigo, Francisco Oliver, Onofre Arbona (después, destacado dirigente), Francisco Grimalt, Salvador Escribano, Damián Bover, Antonio Mesquida (hoy sacerdote), Francisco Estarellas, Antonio Obrador y Antonio Mas.

Recientemente, en 1989, celebraron su 45 aniversario, reuniéndose en tomo a la Eucaristía y un almuerzo. Todos los que viven asistieron, o justificaron su inasistencia y enviaron su adhesión.

Aquel encuentro tuvo ya todos los elementos esenciales del cursillo de cristiandad, con las excepciones del primer y el último de los temas tratados, que no se conformaran definitivamente en el método hasta la década de los 50.

He oído reiteradas veces a Bonnín afirmar que desde ese cursillo de Cala Figuera, en todos los demás a que ha asistido ha seguido utilizando físicamente los mismos esquemas, materialmente los mismos papeles; queriendo así certificar que aquel fue ya íntegramente un autentico Cursillo. Mi experiencia propia asevera este dato, si bien hay que complementarlo con el hecho de que en cada ocasión Bonnín tiene a la vista el esquema básico y un gran número de «fichas» en cartulina, que va renovando y acoplando en función de los problemas y posicionamientos concretos de los cursillistas, y que intercala con asombrosa naturalidad, haciendo que sus rollos -sus charlas- siempre sean distintos de una a otra vez, con ideas y vivencias y comparaciones -sus personalisimas «parábolas»- que parecen a cada uno de los oyentes -como así son-, dirigidos ‘practica y directamente al corazón de su concreto problema, Sin duda, el Cursillo de Cala Figuera fue un autentico cursillo de cristiandad también por sus frutos de conversión personal y proyección ambiental. Y sin duda, los demás dirigentes de la Acción Católica diocesana pensaron que era simplemente un nuevo Cursillo de Peregrinos más corto, con una serie de innovaciones muy en línea con «las cosas de Eduardo», que en la práctica se habían revelado más eficaces que «las cosas de Madrid», y, por tanto, eran dignas de repetirse; aunque se mantuvo la polémica de si debían especializarse los Cursillos por la cultura y la religiosidad de sus asistentes, Para Bonnín, como queda dicho, la experiencia abierta e interclasista que le había supuesto su servicio militar, convertía este punto en esencialísimo e irrenunciable.

Se celebro, a partir de Cala Figuera, aproximadamente un Cursillo de éstos al año, en medio del escepticismo de todos, menos el de Bonnín y el de quienes habían asistido a los anteriores. Estos nuevos Cursillos se intercalaron hasta 1948 con otros de Jefes y Adelantados de Peregrino, que seguían impartiendo en la Isla los dirigentes nacionales de Acción Católica.

El segundo Cursillo de Cristiandad (aunque entonces solamente se llamaban Cursillos, a secas), tuvo lugar en el Santuario de San Salvador, en Felanitx, también en la zona sur de la Isla, como el anterior; se celebró en septiembre de 1946, actuando de Director fuliá; de «rector», el propio Espiritual nuevamente D. Juan Eduardo Bonnín; y de profesores, Antonio Ruiz y Guillermo Estarellas, dos dirigentes juveniles de Acción Católica que adquirirían después un considerable protagonismo.

Al acto de clausura del Cursillo de 1946 asistió ya el Consiliario diocesano Sr. Dameto, en lo que constituyó sin duda el primer espaldarazo que la Iglesia diocesana, como tal, dio al nuevo sistema.

El tercer cursillo de la historia se celebró en 1947, del 16 al 20 de abril, dirigido espiritualmente por D. José Estelrich, con Eduardo Bonnín de rector y un solo profesor, José Seguí.

En 1948 fueron dos los cursillos que se impartieron con el nuevo método, y en fechas muy próximas entre sí. El primero de ellos se dio en Semana Santa, y en él dirigió el «retiro espiritual» el Padre Amengual y asumió la dirección espiritual el Padre Bartolomé Nicoláu, mientras actuó de rector José Ferragut, integrando su equipo de profesores Bonnín, Bartolomé Riutort y Juan Mir.

El siguiente Cursillo tuvo lugar en el mes de abril, también de 1948, bajo la dirección espiritual compartida de D. José Estelrich y D. Miguel Sastre, siendo su rector nuevamente Bonnín, y profesores Onofre Arbona y Antonio Salva.

Hay dos rasgos peculiares de aquel Cursillo de la Semana Santa de 1948 que conviene subrayar.

Por una parte, se produjo en él por primera vez la distinción entre el sacerdote que impartió el «retiro espiritual» y el que dirigió espiritualmente el Cursillo propiamente dicho.

Pocos sacerdotes estaban entonces en disposición de interrumpir sus actividades durante tres días y medio para dedicarlos a un método nuevo, diseñado por seglares, aún poco prestigiado y carente de estipendio. En cambio, era mucho más fácil convencer a reverendos inquietos y con prestigio para que dedicaran la tarde inicial del Cursillo y las primeras horas del día siguiente a exponer tres meditaciones sobre temas que ya les eran familiares, por estar entresacados del libro de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio. El sacerdote director del Retiro regresaba a sus quehaceres ordinarios al terminar su intervención, es decir, antes de que se levantara la petición del rector de que los asistentes guardaran silencio, por lo que no llegaba a entrar en contacto personal con los cursillistas, ni con el ambiente específico del Cursillo.

El segundo rasgo destacable de este IV Cursillo es que el equipo seglar que lo dirigió integra quizá como ningún otro a los laicos que pueden considerarse a mi entender como fundadores del Movimiento en el más estricto sentido. De ellos, Bonnín y Riutort seguirán después activamente presentes en Cursillos hasta hoy mismo, y en cambio Ferragut y Juan Mir dejaran muy pronto cualquier protagonismo en el Movimiento, sin traumas ni rupturas. Es evidente que, de los cuatro, fue Bonnín el que plasmó el proyecto en esquemas de concepto y en directrices metodológicas, además de impulsar casi en solitario su puesta en práctica inicial; pero los otros tres estuvieron también implicados desde el primer momento. Con sus observaciones matizaron muchos elementos teóricos de Eduardo -sobre todo, Ferragut y Mir-, y con su apoyo práctico -especialmente Riutort- dieron forma concreta a lo que pudo quedarse en otro caso en un simple proyecto.

Tuve ocasión de conocer tanto a Pepe Ferragut como a Juan Mir, antes de que fallecieran, y creo interesante relatar brevemente esos encuentros para perfilar algo que creo siempre ha quedado desdibujado en las narraciones históricas de Cursillos. Estos dos seglares, protagonistas como pocos de la prehistoria de Cursillos junto a Bonnín, desaparecieron del entramado visible e institucional del Movimiento casi enseguida, y personalmente yo sentía mucha curiosidad por averiguar si este apartarse había obedecido a disensiones teóricas o a incompatibilidades prácticas de ambos con Bonnín -o con otros protagonistas ulteriores de Cursillos- o se debía a otras causas.

Cuando me encontré con Ferragut, a mediados de los 60, descubrí a un hombre que respiraba humanidad y sentido del humor; se excusaba de que su dedicación profesional a la arquitectura, a niveles de autentica vocación, le hubiera hecho abandonar la actuación «apostólica», porque entendía entonces, en los años 40 y 50, que su posible labor era ya innecesaria, ante el fuste y la personalidad de Bonnín y de los demás seglares que Cursillos hizo aflorar. Ahora en cambio, lamentaba que no hubiera más seglares destacados próximos a Eduardo; y me encarecía que asumiera yo un papel que seguramente él habría debido «cumplir».

El caso de Juan Mir a quien conocí por las mismas fechas- era muy distinto. Era uno de los supuestos en los que resulta imposible saber donde termina la timidez y donde empieza la humildad o viceversa, Había seguido siempre «apostólicamente» activo, pero siempre entre bambalinas, rehusando intervenir en los actos que mínimamente pudieran calificarse como «de masas», y ante cualquier auditorio incluso menor que incluyera a no creyentes, que parecían ponerle por ese mismo hecho el alma en carne viva. En consecuencia, nunca hubo forma de volver a contar con él para intervenir públicamente en un Cursillo, una clausura o una Ultreya, cuando el Movimiento tomó volumen; pero resultaba entrañable y de una profundidad muy singular en el contexto de un pequeño grupo o de una Escuela de Dirigentes, donde «hubiera confianza». Su admiración por Eduardo era sólo pareja al enorme respeto que Bonnín mostraba hacia él, cortando amablemente cualquier intento que los demás hiciéramos de romper su aparente «complejo» y comprometerle más públicamente, Además, por aquellos años 60 estaba ya diagnosticado el cáncer que padecía, ante el que tenía una actitud irrepetible: por una parte se le notaba aprensivo y casi hipocondríaco, siempre pendiente de su medicación y alimentación; y por otra lo aceptaba con sencillez rotunda, como «una de las pocas ocasiones de hacer algo serio. que le había dado Dios», al poder llevarlo con serenidad.

Regresemos al relato básico.

Durante aquellos años, entre 1944 y 1948, se fueron formando por tanto en Mallorca diversos núcleos de cursillistas -unos captados por los nacientes Cursillos de Cristiandad, y otros procedentes de la Acción Católica y ahora «relanzados» a través de los Cursillos de Adelantados y Jefes de Peregrino-, que mostraban un estilo y una dimensión nueva del Cristianismo, realmente joven y masculina, que contrastaba claramente dentro del desprestigiado catolicismo de la Isla.

En los núcleos rurales iniciales -Felanitx, Son Mesquida, Calonge, Inca y Manacor- el grupo se orbitaba a través de dirigentes seglares locales, como Miguel Fiol, Onofre Arbona, Francisco Oliver, etc.

En la capital, Palma, el grupo inicial de cursillistas se articulaba a través de la Escuela de Dirigentes de los jóvenes de Acción Católica, a la que, ante su empuje y crecimiento, comenzaron a prestar atención reverendos muy cualificados, y muy singularmente el Padre Gabriel Seguí, de los Sagrados Corazones, que impartid en ella un curso completo sobre Estudio y Meditación de los Evangelios, que aún recuerdan muchos de aquellos pioneros; mas esporádicamente colaboraron también con la Escuela en esta fase, D. Sebastián Gayá y el Padre Bartolomé Nicoláu, franciscano de la Tercera Orden Regular.

Entre los seglares integrantes de aquella Escuela de Dirigentes deben destacarse -aparte, como es lógico, de Eduardo Bonnín, Jose Ferragut y Juan Mir-, los ya también citados Riutort, Guillermo Estarellas, Antonio Ruiz, Miguel Fiol y Onofre Arbona, junto a otros no menos significativos e n esta fase de alumbramiento del nuevo método: Bernardo Ribas, Vicente Bonet, Jerónimo Salleras, Antonio Frau, Fausto Morell, Miguel Mulet, Pascual Moragón, Viver, etc.

Esta Escuela fue considerada institucionalmente como el núcleo fundacional de los Cursillos, y por ello, como veremos, Monseñor Hervás tuvo desde el principio de su mandato como Obispo en Mallorca, una especial consideración hacia ella. En efecto, la Escuela fue recibida corporativamente durante meses, una vez a la semana, en Misa de madrugada en el Palacio Episcopal, durante la cual les impartía una meditación.

Y ello nos hace enlazar con otro hecho trascendental en la historia de los Cursillos.

 

4 El impulso episcopal

En 1947, al anciano Arzobispo-Obispo de Mallorca, Doctor Miralles, la Santa Sede le nombró un Obispo Auxiliar con derecho a sucesión, D. Juan Hervás i Benet.

El Doctor Hervás, que durante bastantes años siguió siendo el componente más joven del episcopado español, venía precedido de una imagen de hombre de Iglesia muy activo y dinámico en sus anteriores cometidos pastorales, en su tierra natal, Valencia. También venía con fama de persona centrada en los esquemas teológicos más tradicionales, con un gran sentido de la autoridad y la jerarquía.

Cuando D. Vicente Castells, el sacerdote valenciano que sería el primer «familiar» o secretario particular del nuevo Obispo en Mallorca, viajó a la Isla para preparar la entrada y toma de posesión del nuevo Prelado, Bonnín consiguió contactarle y hablarle largo y tendido de los nacientes Cursillos, a fin de que el Doctor Hervás tuviera noticia de ellos ya desde antes de su incorporación a la Sede mallorquina.

Así sucedió, y el nuevo Obispo tomó inmediatamente contacto con la realidad embrionaria de Cursillos ya en el «besamanos» que siguió a su solemne entrada en la Diócesis; pronto quedó D. Juan Hervás cautivado por el espíritu, la alegría y el dinamismo del grupo que lideraba Eduardo, y no menos preocupado por mantener en ese grupo la más estricta ortodoxia.

En esta línea se produjo casi de inmediato la convocatoria de las ‘reuniones semanales de la Escuela de Dirigentes en el Palacio Episcopal, y muy poco más tarde, en noviembre de 1947; la designación como nuevo Consiliario Diocesano de los jóvenes, de D. Sebastián Gayá, un hombre con mucha mayor capacidad de liderazgo y afán de intervención que su antecesor, D. José Dameto.

Estos hechos supusieron un espaldarazo institucional definitivo a lo que estaba naciendo, pero asimismo un intervencionismo mucho mayor de la Jerarquía eclesiástica en el proceso fundacional de Cursillos.

El verano siguiente, en agosto de 1948, tuvo lugar finalmente la peregrinación nacional de jóvenes a Santiago.

El clima generado por los cursillos permitió entre otras muchas cosas que la participación mallorquina en la peregrinación a Santiago fuera una de las destacadas por su número y su espíritu, como así reconocieron los dirigentes nacionales, 623 peregrinos aportó Mallorca, pese a las dificultades económicas y materiales que la insularidad generaba.

Es de señalar que, además de la peculiaridad de «sus» cursillos, y entreverada con ellos, la participación mallorquina en esta ida a Santiago tuvo otra singularidad destacable: editaron entonces aquellos jóvenes por primera vez un pequeño libro, de tamaño «de bolsillo de pantalón» llamado «Guía del Peregrino», que pese a su titulo no contenía datos para el viaje ni sobre la historia del Camino de Santiago, sino una serie de pequeñas fórmulas de oración para cada uno de los actos «piedad» que en el Cursillo se realizaban o recomendaban, redactado en un estilo que sorprende porque huye del convencionalismo pietista y del amaneramiento que caracterizaban los breviarios para seglares de la época, y que permitía una lectura colectiva y acompasada, no ajena a la rítmica de los textos de Rubén Darío, que aquellos jóvenes enunciaban con voz recia y apasionada.

Este hecho ayudó decisivamente a crear un estilo innovador muy «masculino», de oración colectiva, que chocaba grandemente tanto a los fieles de siempre -que lo estimaban chulesco y exagerado-, como a los no creyentes, que se sorprendían ante unos rezos que ya no eran evidentemente «cosas de mujeres», y a quienes se daba la sensación de que «creían lo que decían».

En la confección y edición de la Guía del Peregrino tuvo un destacado papel el ya reiteradamente citado D. Sebastián Gayá, autor del texto de la misma conocido por «Hora Apostólica», de denso contenido, que pudo ser quizás el inicio de nuevas fórmulas litúrgicas participativas, y que constituye a mi entender la mejor aportación de Gayá al movimiento de Cursillos.

En la etapa preparatoria de la peregrinación a Compostela, se incorporó al núcleo fundacional de los cursillos un seglar, Andrés Rullán, abogado de una alta capacidad organizativa, cuya aportación sería trascendental, si no al método, sí al ritmo del Movimiento.

Rullán publicó poco más tarde, en la ya mencionada revista Signo, un texto bajo el título «Después de Santiago, ¿qué?», donde se desarrolla la innovadora estrategia que a partir de ese momento presidirá la vida del naciente movimiento de cursillos. Entiendo que fue precisamente la capacidad de acción y organización de Rullán el elemento decisivo para el cambio de ritmo que se acordó en la Asamblea Diocesana de jóvenes de 1948, donde se abandonó el «goteo» que suponía la celebración de un sólo cursillo al año y se planteó la realización intensiva de varios cursillos al mes, a partir de enero de 1949.

El planteamiento de Rullán, acogido con plena identificación por los fundadores, era posible en ese momento y no antes, precisamente por el respaldo episcopal del Doctor Hervás, que facilitó que muy diversos sacerdotes y seglares hasta entonces remisos o escépticos se decidieran a colaborar.

Por estas mismas fechas se produjo el encuentro con los cursillos de otra persona que resultaría esencial en la historia de Cursillos: D. Juan Capó Bosch.

Regresó D. Juan Capó a Mallorca a mediados de 1948, después de obtener en la Universidad Gregoriana de Roma las máximas calificaciones en la Licenciatura y el Doctorado en Teología. No es fácil describir la enorme y compleja personalidad de D. Juan Capó, uno de los hombres con más cualidades que he conocido. A lo largo de la narración, espero conseguir un esbozo válido. Por ahora baste decir que unía un muy serio saber teológico con una imponente cultura de tipo general, singularmente literaria, y que conseguía expresarse verbalmente con una brillantez pasmosa, afirmando con rotundidad y belleza sus convicciones y opiniones, y refutando con sarcasmo las ajenas.

Unía a ello un vivo interés por todo y por todos.

Entiendo que el primer contacto público de Capó con el incipiente movimiento de cursillos, se produjo al aceptar impartir una de las «meditaciones» previas a la ya citada Asamblea de noviembre de 1948. El siguiente paso sería su participación como director del «Retiro Espiritual» inicial del cursillo que se celebró en enero de 1949, que tanto ha dado que hablar y escribir.

Ese cursillo de enero de 1949 fue el primero en que se comenzó a aplicar la estrategia de aceleración histórica diseñada por Rullán, que, al implicar la celebración de muchos cursillos dentro del mismo año, aconsejó entre otras cosas que a partir de aquel momento los cursillos se numeraran.

Era lógico. Hasta entonces se identificaba el cursillo al que cada cual había asistido por la mera mención del año de su celebración («el del 44», «el del 46», etc) y, aún más frecuentemente, indicando el sitio donde había tenido lugar («el de Cala Figuera», «el de San Salvador», «el de Montesión de Porreres», «el del Puig de Pollensa», etc). A partir de ahora, la repetición iba a convertir en inexpresivas estas alusiones. Y por esta simple razón, al cursillo que se celebró del 7 al 10 de enero de 1949 en el Monasterio de San Honorato, en el luliano monte de Randa, se le denominó cursillo número 1, pese a ser el sexto de la historia.

Esto ha contribuido sin duda a que los cinco cursillos anteriores hayan pasado un tanto al olvido, pese a ser genuinos Cursillos de Cristiandad. En favorecer esta confusión del momento fundacional contribuyeron después -en los años 60- otros factores que en su momento mencionaré.

La única novedad relevante de este cursillo llamado número 1 fue que D. Juan Capó -que como queda dicho dirigió el Retiro inicial, regresando a sus quehaceres en la capital tras la primera noche-, impartió con nuevos esquemas y nuevo enfoque las tres meditaciones que integran el Retiro, con tan buen acierto que se incorporaron esos temas y enfoques de Capó como parte del método, a mantener en el futuro.

En todo lo demás este cursillo fue uno más, como así lo reconocía el propio Doctor Hervás en la carta que dirigió a los asistentes al cursillo para que fuera leída en el acto de clausura, donde textualmente dice que el Consiliario le ha informado de que «vais a celebrar otro Cursillo».

Dicho «cursillo nº 1» tuvo por Director Espiritual a D. Guillermo Payeras y por rector a Eduardo Bonnín, actuando de profesores Bartolomé Riutort, Andrés Rullán y Guillermo Estarellas, y de Auxiliar, Guillermo Font. Es curioso observar que en el «cuadrante», o lista oficial con los nombres y direcciones de los asistentes, que se distribuyó en el propio cursillo, no aparece siquiera mencionado D. Juan Capó, pese a haber dirigido el Retiro.

Capó no asistirá como director espiritual de un cursillo hasta el 11º, designado como número seis, en abril de 1949; pero su gran personalidad le dará pronto un protagonismo y una autoridad indudables en el Movimiento.

El cambio de ritmo en el número de cursillos a celebrar fue muy brusco, ya que en 1949 fueron 20 los que se impartieron, frente a la cadencia anual precedente. Esta «avalancha» de nuevas incorporaciones hizo aflorar un aspecto nuevo y esencial.

5 Reunión de grupo y primeras tensiones

Para quien haya buceado mínimamente en la historia de Cursillos resulta casi una obviedad decir que los cursillos son fruto de la existencia de un grupo de seglares amigos entre sí que compartían sus vivencias y sus proyectos. El Grupo originó el Cursillo, y no el Cursillo al Grupo ni por tanto a la «reunión de Grupo».

Lo cierto es que hasta 1949, de modo espontáneo, los cursillistas mantenían entre sí, después del cursillo, un contacto fluido y amical muy frecuente e intenso, que cuajaba en grupos de amistad, donde sin método específico se canalizaba el «contacto con los hermanos» que en el cursillo se proclamaba consustancial con la vivencia pretendida.

La aceleración histórica que se produjo en 1949 obligó a Eduardo a reflexionar nuevamente en profundidad, para que la afluencia y la cantidad de nuevos cursillistas no impidiera la sedimentación de esos grupos de amistad que consideraba ya desde 1944 como lo más esencial del poscursillo.

De esta reflexión surgió casi de inmediato el diseño metodológico de la «reunión de grupo».

Los grupos de amistad y sus reuniones, por tanto, caracterizaron el movimiento desde sus inicios, pero la reunión de grupo como método vino después, en 1949, para hacer asequible a muchos lo que antes era espontáneo.

Y ahí también cabe situar la primera gran tensión dentro del equipo iniciador de los Cursillos.

Hasta ese momento, el «contacto con Cristo y contacto con los hermanos» que se dieron desde 1944 como la esencia del poscursillo. se encauzaba a través de los medios genéricamente ofrecidos por la Iglesia a todos, y de los específicos que mantenía la Acción Católica -Círculos de Estudio y Escuela de Dirigentes, principalmente-.

Desde la incorporación de Capó, que tenía una mentalidad profundamente ignaciana, se hizo mucho más hincapié en la «necesidad» de que los cursillistas se sometieran a «Dirección Espiritual», mediante una reunión semanal y personal con un sacerdote -siempre el mismo- que se coresponsabilizaba casi solemnemente del «perfeccionamiento espiritual» de su o sus «dirigidos». Junto a ello, como ya hemos indicado, el contacto amical entre los propios cursillistas, que iba cuajando en grupos de amistad estables, conformaba las vías de perennización y maduración del cursillo en cada uno.

Al proponer Bonnín traducir a método, a través de la «reunión de grupo», la realidad hasta entonces informal de los grupos de amistad del poscursillo, y muy especialmente al pretender que este método se injertara como una pieza esencial de cursillos, Capó y sus inmediatos colaboradores se opusieron a ello frontalmente, con el argumento central de que la propuesta constituía un solapado ataque a la dirección espiritual. En lugar de una dirección espiritual individual y con un sacerdote -decían-, Bonnín aspiraba a implantar por ese medio una dirección espiritual colectiva y seglar, en un disimulado afán de controlar a los nuevos cursillistas.

Muy poco de eso era cierto, pues indudablemente Bonnín intentaba que los jóvenes cursillistas fueran menos controlados por los sacerdotes -la mayoría de los cuales, evidentemente, no compartía la mentalidad nueva y laical de los cursillos-, y que se ejercitaran en el ejercicio de la libertad, reflexiva y compartidamente. Pero básicamente Eduardo defendía los grupos porque estaba convencido de que compartir lo que se vive en un clima de amistad y no de subordinación -como en la dirección espiritual- era una necesidad vital de lo cristiano.

Resultó muy difícil que prosperase la idea de que la Reunión de Grupo no atentaba contra nada, y por supuesto no sustituía a la dirección espiritual, y que además era esencial al poscursillo; pero al fin se aceptó la propuesta, sin duda porque algunos seglares más próximos a Capó, como Andrés Rullán, apoyaron la idea, y porque en una segunda reflexión se pensó que los sacerdotes podrían determinar en la mayoría de los casos quiénes integrarían y quienes no un determinado Grupo, y podrían, a través de uno o dos de sus componentes, controlar al resto de sus integrantes.

Consecuentemente, Capó, y por tanto el Obispo, terminaron aceptando la reunión de grupo como pieza esencial del método. Resulta curioso que muchos años más tarde, el propio D. Juan Capó escribiese una monografía sobre la reunión de grupo transcribiendo sin citar muy diversos textos de Bonnín sobre este tema.

La Asamblea anual de 1949, que tuvo lugar en noviembre, incluyó una ponencia sobre Grupos, que zanjó definitivamente la cuestión, incorporando la reunión de grupo semanal como elemento específico y esencial del método.

Fue también en esa Asamblea cuando el Doctor Hervás se pronunció por primera vez pública y solemnemente sobre Cursillos, afirmando tajantemente que «los bendigo; y los bendigo no con una sino con las dos manos», para terminar advirtiendo a los cursillistas: «preparaos, porque os perseguirán».

La vinculación de los cursillos con Monseñor Hervás es muy singular. Sin su amparo y su impulso episcopal es casi seguro que el Movimiento hubiera tardado mucho más en consolidarse, y también es cierto que la propia vida de D. Juan Hervás tuvo desde entonces siempre como condicionante esencial a los Cursillos, desde su convicción de tener la misión personal de garantizar la ortodoxia del método y la plena sumisión del Movimiento a la Iglesia jerárquica; como también es cierto que esta dedicación le reportó grandes incomprensiones junto a indudables alegrías. Por todo ello precisamente sigue siendo casi un misterio para mí por qué el Doctor Hervás nunca llegó a participar en un cursillo.

Valga por ahora decir que todos los que rodeaban a Monseñor Hervás eran conscientes de su afecto por la obra que estaba naciendo en su Diócesis; pero sabían que al mismo tiempo era palmaria su mentalidad enormemente tradicional en cuanto a comportamientos y expresión de la «doctrina».

Todos temían que el clima desenfadado de un Cursillo, en el que podía oír palabras muy poco curiales, y donde vería exponer verdades de una forma muy poco convencional y a veces muy poco exacta desde el punto de vista escolástico, y donde sería tratado con mucho afecto pero escaso respeto por jóvenes en proceso de conversión, fuera un trago de imposible digestión por motivos formales. Bonnín se inclinaba a pensar que el singularísimo «clima» del cursillo vencería todos estos indudables «tabúes», pero los reverendos -seguramente más realistas en este caso- pensaban que nada podría suprimirle al Doctor Hervás dentro del cursillo su permanente actitud de magisterio y corrección, y que si asistía a uno, a partir de ahí habría que cambiar muchas formas, si no también algunos contenidos, en los sucesivos cursillos.

Total, que nadie le pidió que asistiera, ni él demostró especial interés. Se trata del único caso, según creo, de alguien que se haya considerado a sí mismo fundador o creador de un método y no lo haya experimentado. Es otra singularidad de la historia de cursillos.

Vista desde la perspectiva actual, aquella primera polémica que se produjo dentro del grupo de iniciadores de cursillos en tomo a la reunión de grupo, suena casi a inverosímil.

Lo que Bonnín proponía era que los cristianos que quisieran, con quien quisieran, en pequeños grupos, se intercambiaran semanalmente su experiencia cristiana, tanto interior (vivencia de «piedad» y «momentos cerca de Cristo») como exterior (éxitos y fracasos «apostólicos») y se contaran asimismo sus proyectos o planes exteriores o «apostólicos».

Que esto despertara acritud y preocupación por riesgos de heterodoxia, sólo puede entenderse si se conoce la perspectiva histórica y si, además, se han conocido de cerca las fuertes personalidades de los protagonistas del hecho.

A mi entender, desde ese momento, en Cursillos ha habido dos líneas de actuación que han pervivido en el tiempo.

Una más oficial, que ha subrayado al menos de hecho el protagonismo de los sacerdotes vinculados al Movimiento y de la propia Iglesia institucional -la pastoral diocesana, etc.- en la dinámica concreta de los cursillos. Y otra línea más seglar, más de búsqueda, centrada en que los mecanismos y métodos de cursillos funcionaran bien, cabe las personas y especialmente las no creyentes, y en que los cursillistas se volcaran hacia sus propios ambientes, que le ha tocado protagonizar a Bonnín.

Los protagonistas de la línea más oficial siempre han abrigado un auténtico miedo a que el entusiasmo y la más o menos escasa formación teóricoteológica de los seglares, propiciara desviaciones de doctrina o conducta; y los seglares protagonistas de la línea no oficial han demostrado a mi juicio una paciencia elefantisíaca, más digna del libro de Job que del Nuevo Testamento, perdiendo por esta razón en el camino a muchos de sus más valiosos integrantes. Pero así ha sido -dialéctica, como todas las historias apasionantes- la historia de Cursillos.

Nótese que esta primera «batalla» dialéctica tuvo por vencedor aparente a Bonnín y su grupo de más afines, pero no es menos cierto que la suya fue una victoria tímida: Bonnín nunca se atrevió, hasta la década de los 70, a exponer en público que a su entender nadie en Cursillos, y por tanto tampoco ningún sacerdote, debía poder tener protagonismo alguno si no integraba una auténtica reunión de grupo «o le dolía no tenerla», para decirlo en su terminología personalizante.

No fue ésta de la reunión de grupo la única innovación metodológica que tuvieron los cursillos en estos años iniciales. Téngase en cuenta que introducir la reunión de grupo como elemento sustancial del método suponía explicarlo así en el propio cursillo. A tal fin, Bonnín elaboró el esquema de «Seguro Total - Reunión de Grupo», que pasó a impartirse como el último del Cursillo, adelantándose por tanto «cursillista más allá del cursillo» (hoy absurdamente marginado, a mi entender) y «centro en acción» -posteriormente «cristiandad en acción»-. Entiendo que al introducirse «Seguro Total» desapareció del cursillo el tema «obras marginales», que tenía sólo sentido evidentemente desde la ligazón que los cursillos tuvieron en sus inicios con la Acción Católica, que ya he apuntado y que habrá que pormenorizar después.

Muy poco más tarde sufrió también una alteración esencial otro de los temas del cursillo. Se trata del primero en exponerse tras el Retiro, titulado inicialmente «ideal del joven de Acción Católica» (de título, pero no de esquema inicialmente igual a la primera charla de los Cursillos de Jefes de Peregrino), que pasó a titularse simplemente «Ideal», y que, de mantener una exposición palmariamente cristiana, se convirtió en un esquema aséptico, de contenido puramente filosófico o laico, sin referencia alguna a la trascendencia, a la religión y menos al Evangelio.

Bonnín inicialmente se posicionó en contra del cambio de contenido del tema sobre el «Ideal», aunque acogía favorablemente su cambio de título; estimaba una falta de honradez no decirles claramente a los cursillistas qué se pretendía de ellos, máxime después del Retiro inicial, declaradamente confesional. Fue decisiva a este respecto una intervención de Juan Mir en la escuela de dirigentes, que no he podido circunscribir con exactitud en el tiempo, pero que estimo debió tener lugar a mediados de 1950, un año después de la polémica sobre la reunión de Grupo. En esa ocasión, Mir desarrolló el tema «Ideal» en clave laica, como entendía podía hacerse en el cursillo, con tal acierto y transparencia que la polémica cesó, acordando todos, Bonnín incluido, la pertinencia del cambio.

 

6 Ultreya y Escuela

Otros elementos esenciales del método definidos e introducidos cuando el Movimiento ya estaba en marcha fueron las reuniones llamadas «Ultreya» y la denominada «Escuela de Profesores». Ambas surgen del desgajamiento, inevitable por la fuerza de los acontecimientos -del éxito que se alcanza-, de la escuela de Dirigentes, uno de los resortes clave en el alumbramiento de Cursillos.

«Ultreya» es una voz medieval arcaica, con la que al parecer se saludaban aun sin conocerse los peregrinos europeos de la época en el Camino de Santiago, como voz de aliento y promesa de reencuentro: «más allá», «adelante» o «más adelante» serían quizá sus equivalencias castellanas actuales.

Ya he indicado que, hasta el acelerón en el ritmo en que se impartieron cursillos que tuvo lugar en 1949, la preocupación por mantener el «fuego sagrado» en lo que dio en llamarse el «cuarto día» del cursillo -que ha de durar ya toda la vida- no exigió la articulación de métodos específicos para canalizar la convivencia amical de quienes habían participado en un cursillo y obviamente deseaban mantenerse en íntimo contacto.

A partir de 1949, la vía metodológica básica que se ofreció a ese fin a los cursillistas, fue -como queda dicho- la Reunión de Grupo (encuentro semanal que realiza un grupo estable de hasta seis amigos que recíprocamente se deciden a integrarlo para compartir y departir amistosamente sobre sus logros y dificultades en el nuevo camino emprendido).

Pero la dinámica de amistad que generaban los Cursillos no podía limitarse a esta dimensión más profunda e íntima de la relación amical que es el grupo, y de hecho los cursillistas deseaban seguir en contacto «todos con todos», de algún modo.

La Escuela de Dirigentes no servía para este fin, al estar directamente enfocada a la formación teórica de sus asistentes y ser pieza de una organización -la Acción Católica- en la que no tenían por qué integrarse los nuevos cursillistas.

De ahí que surgiera el planteamiento de establecer unas reuniones colectivas semanales, abiertas a todos los cursillistas, cuya finalidad básica se veía como muy similar a aquellos encuentros de los peregrinos en la ruta de Compostela que antes mencionábamos: darse simplemente aliento y promesa de reencuentro, en el gozo de saberse unidos en un mismo peregrinar. Por esta razón se denominaron reuniones de Ultreya. Tengamos en cuenta que todo lo relacionado con el Camino de Santiago y con el «estilo peregrino» propiciado por Aparici era permanente actualidad gozosa en ese grupo inicial.

La sistemática de la reunión de Ultreya rompe con todos los moldes tradicionales de las reuniones «piadosas»: a medida que los asistentes van llegando al lugar y hora convenidos, se agrupan espontáneamente en pequeños núcleos de entre tres y seis personas, que deliberadamente se procura que sean distintas entre sí cada semana, intentando que converjan en el grupo algunos que ya se conocían y otros que se presentan entonces. Proceden, «previa invocación al Espíritu Santo» por cualquiera de ellos, a comunicarse los logros, las dificultades y los proyectos que cada uno de ellos ha experimentado en su vida seglar durante la última semana, con el mismo esquema de intervenciones que usan en su reunión de grupo estable, pero indudablemente de forma menos profunda y pormenorizada, en un tiempo total de media hora.

Después todos son convocados al salón conjunto, donde un seglar asume el papel de «rector» -como en el cursillo- y convoca primero al «rollista» de la semana, para que exponga en público cómo es su vida, durante unos 15 o 20 minutos, y después a otros cuatro o cinco asistentes para que hagan su crítica o comentario al «rollo», en intervenciones que no suelen superar los dos minutos por persona.

Para que un planteamiento tan abierto y vital como éste fuera asumido por la Iglesia institucional, Bonnín y su grupo tuvieron que aceptar entonces que se reservara a un sacerdote otro tiempo significativo de intervención final, para «centrar» teológica y doctrinalmente lo que allí se había hablado, si bien nunca se recató Eduardo de decir (al menos en privado) que a su juicio lo adecuado era que el reverendo, en su caso, interviniera como uno más de los que criticaban o comentaban el rollo.

Después de que el «rector» de la Ultreya comunica las noticias del Movimiento que cree de interés general, y si -como suele procurarse- existe una capilla próxima, se efectúa en ella una «visita sonora» de todos ante el Sagrario, enunciada por el rector o por otro seglar, en la que quien habla en voz alta comunica al Señor lo que considera más esencial de lo escuchado y le transmite las peticiones de oración por intenciones concretas que los asistentes le han pedido.

La primera Ultreya funcionó en los bajos del caserón de la calle Danús de Palma de Mallorca donde después se ubicó la redacción del periódico «Baleares», pero su lugar emblemático en Palma durante muchos años fue la cripta de la parroquia -en construcción entonces- de San Alonso Rodríguez, que tenía un aura entiendo que irrepetible, de catacumba en obras.

El ambiente en que se desarrollaban las reuniones de esa Ultreya fundacional es difícil de describir: supongo que en muchos otros asistentes se producía la sensación de sorpresa que sentía yo al constatar la alegría que causaba allí mi presencia en gentes que a menudo apenas conocía, y la sinceridad no afectada con que unos y otros hablábamos en los grupos espontáneos que se formaban. Después, la reunión colectiva se mantenía en un tono quizá similar al que después popularizó el cine, de los encuentros de «alcohólicos anónimos». Todos se consideraban «convertidos» y en proceso de conversión, y lo proclamaban sin ambages, en un tono que al menos en mi presencia nunca llegó a ser de confesión pública de los «pasados pecados» -como decían los detractores de Cursillos-, pero que originaba un impacto indudable.

Años después, los movimientos carismáticos y las paraliturgias de participación espontánea han contribuido a hacer menos insólito un tipo de ambiente parecido al de las Ultreyas. Pero en mi experiencia hay una sensible diferencia entre uno y otros; la Ultreya es campana de resonancia de la vida normal y real, frente al perfil de hecho iniciático y autogenerado que suelen tener las reuniones con las que se la compara.

Como más adelante habremos de ver, los sacerdotes han tenido siempre y en todo lugar un vivo interés en que se aproveche la Ultreya para impartir doctrina y «formar» a los cursillistas, así como para organizar su acción, cuando es elemental para mí que la verdadera gracia de estas reuniones reside en su falta de pretensión concreta y de finalidad táctica; su tan repetido carácter vivencial.

Al tiempo que se creó la Ultreya, se estableció también la «Escuela de Profesores», que quería ser a Cursillos lo que la tantas veces nombrada Escuela de Dirigentes era a la Acción Católica.

Durante muchos años el acceso a la Escuela fue restringido.

Sólo podían asistir a ella quienes eran invitados al efecto por el órgano competente -el Consejo Diocesano primero y el Secretariado más tarde-, lo que originó algunos innecesarios problemas, tanto con quienes deseaban participar en ella y veían rechazada su candidatura, como dentro del propio equipo de iniciadores, cuando surgía algún veto a propuestas de ingreso.

Los aires de la calle, y menos aún los de la Iglesia, no eran precisamente democráticos.

Para mí es indudable que la idea de Eduardo Bonnín sobre lo que debía ser esa «Escuela» ha sido desde el comienzo, la de constituir un lugar de encuentro, de coordinación y de reflexión de las personas que tienen o quieren tener liderazgo dentro del movimiento local de Cursillos. Él nunca ha dado por concluida la construcción teórica, y entiende imprescindible que quienes influyen confluyan. Pero la metodología que se adoptó de hecho para la Escuela de Profesores primera -a pesar del criterio de Bonnín- fue muy otra, ya que en la práctica lamentablemente se centró durante muchos años en proporcionar una preparación casi repetitiva de los temas del Cursillo, que exponían los recién incorporados a título de ensayo, y los más veteranos a título de ejemplo; y que después eran sometidos a «críticas» más formales que de fondo por los asistentes.

Entiendo fue el temor que sentían los sacerdotes a que en el Cursillo impartieran «doctrina» seglares a menudo conversos, de escasa formación intelectual y aún más escaso saber «teológico», lo que motivó la creación de esa extraña excrecencia, una suerte de escenificación más propia de un entrenamiento de vendedores que de un grupo de dirigentes.

He llegado a la conclusión de que Bonnín aceptó esta extraña «Escuela» porque así pudo crearse la Ultreya, «reunión de las reuniones de grupo», sin resabios formativos, y confiando en rectificar posteriormente el rumbo de dicha Escuela. Para esta rectificación, impulsaba en todo lo posible pequeñas reuniones de elaboración de pensamiento, a las que prontamente se incorporaron personas a las que los cursillos nunca han reconocido su importancia histórica, como los ya citados Juan Mir y Ferragut, y como D. Miguel Fernández -que era viceconsiliario diocesano de los jóvenes desde 1949 con Gayá, y que se mantuvo en este cargo también después de que en julio de 1950 Capó sustituyera como consiliario a Gayá, que se incorporó a la Curia Diocesana como canónigo canciller-.

Estos grupos de reflexión impulsados por Bonnín los frecuentaron también otros seglares, como Estarellas y Ruiz primero, y Jaime Moranta y Bartolomé Arrom después.

El contacto entre unos y otros, para la reflexión común, se realizaba de modo casi informal, muchas veces en reuniones individuales semanales de cada uno de ellos con Eduardo, en el despacho de éste.

Para mí es indudable que esta red de contactos más o menos informales, que se ampliaba más esporádicamente a Rullán y otros, constituyó la auténtica Escuela de Dirigentes de la etapa fundacional. Los documentos y esquemas que fue elaborando esta atípica «escuela» (muchos de los cuales figuran en el apartado final de «Vertebración de Ideas» casi intactos), conservan hoy un indudable frescor y vigor, en su mayor parte; sus autores eran muy conscientes de que todo lo que elaboraran habría de someterse a la «censura» de D. Juan Capó, que tendía a descalificar, con su enorme facilidad de verbalización y su agilidad para la más oportuna cita erudita, irónica y sugestiva, cualquier «hallazgo» de mentalidad y doctrina. Este tamiz de Capó solía obligarles con frecuencia a elaborar segundas y terceras versiones, que finalmente eran «toleradas» por el «alto mando doctrinal», y en tal caso pasaban a explicarse los esquemas así elaborados en la «Escuela de Profesores» -interrumpiéndose la costumbre de escenificar «rollos» del Cursillo-, donde se llamaban esquemas o «rollos» de técnica, sin duda para no reconocerles el alcance doctrinal y teórico que tenían, y relegarlos a una categoría instrumental.

Lo que es indudable es que en esos años, con tensiones internas, el incipiente movimiento de cursillos cobró un auge real indiscutible, que hizo a todos sus dirigentes posponer el análisis serio de las diferencias de enfoque. El trabajo y el éxito son tan apabullantes, que los criterios habrán de esperar.

7 Nace un estilo

Datan también de esta primera época de expansión dentro de Mallorca, la inmensa mayoría de los elementos constitutivos de lo que se ha denominado el «estilo» y el «argot» de los Cursillos.

Al tratar de este aspecto, resulta obligado referirnos en primer lugar al «De Colores», una canción popular de la época en España, que era una de las muchas que se utilizaban para la distensión del ambiente en el Cursillo -con la única exigencia de que no fueran canciones «piadosas» y que fueran fáciles de aprender y cantar en grupo-, y que hizo especial fortuna al dar pie a comparar su letra con el «ver con ojos nuevos las cosas de siempre» que genera la Gracia según el mensaje más esencial del Cursillo, ya que, equiparando la Gracia a la luz, ésta se proyecta innovadoramente sobre toda la vida, descubriendo sus auténticos colores y su riqueza de matices, en una visión que alcanza a todo lo real, incluyendo las flores, los pájaros y las «chicas bonitas», en una primavera del alma. A buen seguro no fue ajeno al éxito de esta simbología del «De colores» el hecho de que por esos primeros años 50 el cine estaba pasando en nuestras pantallas del blanco y negro al inolvidable «tecnicolor», descubriéndonos una visión nueva y apasionante de la misma realidad anterior, como ocurre sin duda con la fe y con la Gracia.

Si bien es indudable que fue Guillermo Estarellas quien primero cantó y enseñó a cantar el «De colores» en un cursillo, quizás en 1948; he deducido que fue bastante después, en 1951, Cristóbal Almendro, quien trazó la analogía entre la Gracia y el texto de la canción, con tanto éxito, que acabará ésta constituida en himno evidente, aunque nunca proclamado, del Movimiento.

En lo que se me alcanza, el movimiento de Cursillos es el único de carácter religioso, cuyo himno más significativo es realmente laico.

También por entonces surgió en Cursillos la práctica de usar términos convenidos, desde luego laicos y más o menos sugerentes, para designar, por vía de analogía o insinuación, realidades estrictamente religiosas; lo que hacen aquellos primeros cursillistas con el fin de poder hablar de esas realidades religiosas en lugares públicos -bares, estadios, etc- sin llamar innecesariamente la atención.

Así se utilizaba el propio «estar de colores», por estar bien y en Gracia; «l’Amo» -apelativo entre confianzudo y respetuoso que reciben los aparceros en los campos de Mallorca-, para referirse a Cristo; «palancas» por oraciones o sacrificios, lo mismo que «electricidad» o «intendencia»; «encabotat» -algo así como embarrancado- para quien ha pecado o se ha alejado; «afeitarse» por confesarse; «hacer la corbata» (demoledora «llave» de lucha libre americana, popularizada por el luchador mallorquín Jim Oliver), por provocar un cambio de conversión o específicamente por convencer a alguien de asistir a un cursillo; etc., etc.

Por desgracia, la delicadeza que suponen estos giros de lenguaje hacia los no creyentes, a quienes sí se quería intrigar pero nunca provocar, fueron interpretados a menudo por los «hijos fieles» de siempre como un exceso de confianza con lo sagrado.

Aparte de por generar un «argot» propio, el estilo colectivo que caracteriza a los nacientes Cursillos se identifica también por otras singularidades: Así, en el modo de rezar, los cursillos introdujeron cambios sustanciales de las costumbres hasta entonces imperantes entre los católicos (que mayoritariamente, como es notorio, prosiguen). La oración colectiva comenzó en esos grupos a enunciarse de un modo sonoro, recio, pausado y acompasado. La barrera que suponía el uso del latín en la liturgia, se franqueaba de alguna forma, al ir explicando el «rector» seglar lo que en el altar sucede y se representa, con intervenciones cuyo contenido está pautado, pero que permiten una amplia espontaneidad. Y finalmente, por el fomento de lo que dio en llamarse «visitas sonoras», que son la presencia de grupos generalmente reducidos en el presbiterio, frente al Sagrario, interviniendo cada uno, si lo desea, en voz alta y con la máxima espontaneidad, en un diálogo entre el hombre y Cristo, que casi siempre marca una referencia imborrable de lo que es la filiación y la hermandad de quien tiene fe.

También en el modo de explicar la religión, la moral y demás mundos vinculados con la teología, los Cursillos supusieron la introducción de un estilo muy peculiar. Muy rara vez usaban aquellos seglares las fórmulas catequéticas acuñadas por el lenguaje teológico al uso, en aquella época totalmente centrado en la escolástica, sino que, de un modo indudablemente más evangélico, las explicaciones se daban mediante símiles y comparaciones extraídos de la vida normal y laica. Siempre se recurría al «es como cuando», para sacar imágenes o consecuencias que nacían quizá de un «chiste» de gran éxito popular, o de referencias a la española fiesta de los toros, al cine, al fútbol, a la milicia, a las canciones de moda, y sobre todo a hechos reales de la experiencia de cada uno.

Es oportuno recordar aquí que la utilización de aquellas comparaciones y expresiones «toreras» y militares, se han prestado después -dentro de la vigente y saludable ola de ecologismo y pacifismo- a toda clase de ridiculizaciones y descalificaciones por observadores sin duda honrados, pero también desconocedores del ambiente real de la España de aquellos años. Mucho más lamentable que este uso de alusiones y metáforas que quedan después anticuadas, me parece a mí el abuso actual, que observo en muchos ambientes de Cursillos, de expresiones extraídas de los modernos teóricos de la pastoral, que quizá serán conceptualmente más correctas, pero que suenan a lenguaje críptico y enormemente ridiculizable por todos los ajenos al mundillo eclesiástico que -no lo olvidemos- son la inmensa mayoría, y además deben seguir siendo la preocupación esencial del Movimiento.

El estilo se caracterizaba también por un clima de sinceridad y alegría rotundas en el trato entre unos y otros, que sorprendía entonces y sigue sorprendiendo cuando son realmente naturales.

Seguramente un sociólogo destacaría también, como característica de ese estilo, el uso y hasta el abuso que se hacía de eslóganes o ideas-fuerza que en algún momento se habían pronunciado con éxito, y que quedaban incorporados como señas de identidad colectiva. Muchas de estas frases emblemáticas se basaban en los juegos de palabras, tan gratos a Bonnín como instrumento de pedagogía.

8 ¿Universalidad del método?

Por esta misma época, en los primeros años 50, se produjo un nuevo conflicto metodológico, referido a la validez universal o no del método, que es la cuestión que más discusiones ha originado en el seno de Cursillos en estos primeros 45 años, y que sin duda proseguirá todavía mucho más tiempo, aunque cambiando sus formas.

Entonces la discusión se concretó en el tema de la edad.

Mientras los responsables diocesanos de la Acción Católica de hombres y mujeres (adultos) no simpatizaban con Cursillos, la Acción Católica de los adolescentes -que en el argot de aquélla se llamaban «aspirantes» y que dependían del Consejo de Jóvenes- comenzó a estar liderada por sacerdotes y seglares integrados en Cursillos, y en concreto por personas muy próximas a D. Juan Capó. Quisieron ellos montar «SUS» cursillos, específicos para aspirantes, adaptados a la mentalidad de 12 a 17 años. Era la forma más eficaz que vislumbraban para romper con el infantilismo pietista que hasta entonces imperaba en la Pastoral de este mundo prejuvenil.

Bonnín, que tanto había tenido que pelear desde 1944 para que un mismo cursillo sirviera para pobres y ricos, letrados e iletrados, cristianos y alejados, se opuso lógicamente a que se especializaran los cursillos por la edad de sus asistentes. Si los adolescentes tenían suficiente personalidad, entendía Eduardo que debían asistir a un cursillo «normal», junto con los demás adultos, sin miedo a que se escandalizaran en el clima de cruda sinceridad con que se hablaba en ellos de temas familiares o directamente sexuales; y si no tenían esta personalidad aún, que esperaran.

Pero triunfó el criterio de Capó, y se celebraron en Mallorca cursillos de aspirantes con regularidad, hasta completar el número de 39; y sólo se interrumpieron por el corte jerárquico general que supuso la Carta Pastoral del Doctor Enciso en 1957, según después veremos.

Por evidente motivo personal, se me permitirá extenderme algo más en este tema, ya que mi contacto con Cursillos se originó precisamente a través de los anómalos Cursillos de aspirantes. Tuve mis primeros contactos con Cursillos a raíz de que Toméu, mi hermano mayor, asistiera a uno «de aspirantes», a sugerencia del entonces Director Espiritual del colegio La Salle de Palma -al que ambos asistíamos-, D. Francisco Suárez Yúfera. Su reacción, a mis doce años, me impactó en un doble sentido, activándome una crisis, y haciéndome enormemente atractivo el nuevo ambiente en que mi hermano Bartolomé se movió durante aquellos años. Por primera vez podía ver una reciedumbre de fe tan fuerte como la que mi madre me había transmitido, vivida con un estilo llanamente masculino.

Poco después, en las vacaciones de Navidad de 1956, se organizó un Cursillo de aspirantes en el propio colegio La Salle, donde ya el nuevo Director Espiritual era D. Sebastián Jaume -el inolvidable «Don Tiá»- y donde iba en aumento la labor «cursillista» que lideraba el Hermano Miguel Royuela. Viví el cursillo pues de un modo atípico, por ser de aspirantes. Pese a ello, creo que capté la dimensión básica de Cursillos, y poco después le expuse a D. Sebastián Jaume que no comprendía por qué tanto los cursillos como los grupos y la Ultreya debían ser especiales para los «aspirantes».

Al contestarme que eso mismo pensaba Eduardo Bonnín, me propuse conocerle, y con este motivo empezó mi amistad con el iniciador de Cursillos, que pese a la diferencia de edades -14 años frente a 39-, me trató desde el primer momento como a un adulto, con esa atención rigurosamente personal que distingue su trato del que proporcionan todos los demás líderes que he conocido en todos los campos de la realidad.

Bien, lo cierto es que los cursillos de aspirantes, como sus reuniones de grupo y sus Ultreyas, se realizaban exactamente con el mismo método de los Cursillos genuinos, pero en un movimiento diferenciado, intercomunicado tan sólo por sus dirigentes, ya no adolescentes -D. Jaime Davíu, Vicente Bonnín, Juan Moncadas, Miguel Oliver-. Es penoso pensar que muchos de quienes coincidieron conmigo en aquel submovimiento, después pudieran archivar aquellas intensas vivencias con el sencillo argumento interior de que «eran cosas de críos», simplemente porque no estaba integrado con el Movimiento de Cursillos propiamente dicho.

Pero no es menos cierto que de aquella deformación surgieron algunos de los dirigentes que no sólo perviven en plena actividad, sino que son hoy ya padres de auténticas estirpes de nuevos dirigentes de cursillos, como Ramon Rosselló y Gabriel Moranta.

Tras esta nueva digresión, debo señalar que ese mismo problema de especialización por edades se presentó en sentido prácticamente contrario nuevamente, hacia 1953, cuando los jóvenes que habían iniciado los Cursillos, y sus amigos de edad similar que se habían ido incorporando al movimiento por efecto de la lógica de la acción ambiental, fueron pasando de jóvenes a «hombres». Recordemos que la Acción Católica, donde nacieron o al menos se albergaron inicialmente los Cursillos, se estructuraba en compartimientos casi estancos por sexos y edades. Por dinámica de la propia realidad, los candidatos a asistir a un cursillo cada vez iban incluyendo gente de mayor edad, y resultaba un tanto ridículo que el organismo que coordinaba el Movimiento siguiera siendo el Consejo Diocesano de Jóvenes, cuando muchos de sus integrantes eran hombres casados claramente adultos.

Como, por otra parte, el Consejo de los hombres estaba liderado por personas instaladas en el catolicismo más tradicional y contrarias a Cursillos, no parecía posible ampliar a dicho Consejo de hombres la coordinación del movimiento.

El enfrentamiento que existía entre ambos Consejos -o mejor dicho, la animadversión del «de hombres» hacia el «de jóvenes»- lo expresa quizá gráficamente que, estando la sede de ambos organismos en un mismo edificio propiedad del Obispado, que repercutía por igual entre ambos los gastos comunes, los miembros del Consejo de hombres, llegaron a presentar una protesta formal porque «los jóvenes», con tanta reunión nocturna, debían asumir todo su sobregasto de energía eléctrica.

Frente a este orden de problemas, entiendo que hubo algún intento de «desembarcan» en el Consejo de hombres para -diríamos- hacerse desde Cursillos con el control de ambos Consejos y poder así mantener la acción unitaria que la más patente realidad exigía; pero ese intento fue frenado desde el Obispado, preocupado por la aparente división que los Cursillos estaban poniendo de manifiesto en la acción pastoral, y protegiendo maternalmente a los católicos tradicionales que desde hacía ya dos generaciones habían personificado la Acción Católica de adultos.

Fracasado este intento, la salida lógica era la de crear una estructura unitaria desvinculada de la propia Acción Católica. Y así, impulsado por una razón básicamente generacional, nació el primer Secretariado Diocesano de Cursillos.

Más adelante habremos de referimos al nacimiento de este primer Secretariado Diocesano y a las tensiones que lo rodearon. Pero sí es conveniente retener ahora que en su creación pesó básicamente la realidad de que el movimiento iba poblándose de adultos, y no podía por tanto seguir pilotándose desde un «Consejo de jóvenes». Hubiera sido lógico que la constitución del Secretariado posibilitase la unidad del movimiento pese a las diferencias de edad, pero tampoco fue así. Desde el entorno de D. Juan Capó se propiciaban también cursillos «de hombres», separados de los iniciales «de jóvenes»; y llegaron a impartirse varios con este singular enfoque.

Lógicamente, Bonnín, que ya en 1944 había enfrentado la tentación básica de «especialización» que suponía negar el posible valor universal del método, y que después se había opuesto a los Cursillos «de aspirantes», desaprobó también estos nuevos cursillos «sólo para adultos»; si bien esta vez la polémica no llegó a enconarse porque, a diferencia de lo que sucedía con los «aspirantes», jóvenes y hombres adultos nunca mantuvieron Ultreyas y Escuelas separadas.

Años más tarde el Doctor Hervás -ya desde su nueva sede de Ciudad Real- terció conservadoramente en esta polémica de siempre sobre la segmentación de edad de los candidatos a un cursillo, decretando que se impartieran cursillos exclusivamente a hombres adultos, si bien admitía que excepcionalmente pudieran asistir algunos jóvenes (no más de tres o cuatro por cursillo), siempre que se acreditara su madurez.

Menos mal que la realidad se encargaría de que los laboratorios teóricos y las normas emanadas de los mismos no fueran capaces de comprimir las aguas de lo vivo.

Hemos estado refiriéndonos aquí a una de las principales tentaciones de especialización que han sufrido los Cursillos: la de segmentarlos por la edad. Pero el número de intentos especializadores es casi infinito: uno tiene constancia de que se han celebrado cursillos específicos para «intelectuales», para militares, para presos, para novicios, para leprosos, para viudas, y hasta para toreros.

9 Arraigo en la realidad

Pese a que -como queda señalado- en el equipo iniciador de los cursillos las tensiones sobre la naturaleza y el alcance de los mismos fueron continuas y muy serias, en la acción consiguieron una simbiosis y una complementariedad admirables.

Y esta vertiente -la de las realidades- fue definitoria y eclipsó a la teórica, tan dialéctica. Los cursillos revolucionaron el ambiente tanto eclesiástico como civil de Mallorca en los primeros años 50, lo que debe considerarse literalmente como una hazaña, en una sociedad tan cerrada, social e ideológicamente. Por entonces miles de jóvenes seglares manifestaban continua y crecientemente un entusiasmo desconocido en la Isla, que ha sido siempre globalmente escéptica y sardónica, y más aún en lo tocante a religión.

En el mundo de la enseñanza, por ejemplo, los Cursillos eran protagonistas indudables en el Instituto de Enseñanza Media -único entonces en Palma-, donde D. Juan Capó era profesor de religión, y donde sus clases constituían un acontecimiento semanal, que a veces terminaba en agrias polémicas y otras en entusiasmos colectivos.

Lideraban ese ambiente del Instituto, entre los seglares, primero los hermanos Pla y José Mª Calefat, y después los hermanos Adrover, en perspectivas de auténtico prestigio y cohesión.

También fueron los cursillos verdaderos protagonistas en el colegio La Salle, según ya hemos mencionado; y así sucedió también hasta en el colegio de los Jesuitas -Montesión-, donde Ventura Rubí y Victoriano López-Pinto generaron un liderazgo cursillista que rivalizaba con éxito con el tradicionalmente exclusivo que la Congregación Mariana ostentaba entre los alumnos de la «Compañía» en Mallorca; Juan Juan, entre los exalumnos de los jesuitas, era su referencia más próxima.

También se veía marcado por el hecho nuevo de los Cursillos el escaso ambiente universitario de Mallorca, que carecía por entonces de Universidad propia, y albergaba por tanto sólo a estudiantes «libres» que iban a examinarse a Barcelona y, durante las vacaciones, a estudiantes «oficiales» residentes de ordinario en Barcelona o Madrid. En este mundo universitario surgieron dirigentes de la talla de Andrés Rullán, Miguel Oliver y Pedro Servera, con influencia tanto en ambientes universitarios creyentes como en los crecientes clima de rebeldía que iban configurándose en la Universidad española de aquellos años.

Si hacemos referencia al ámbito militar, los cuarteles se convirtieron casi por ensalmo en uno de los mejores «viveros» de Cursillos en Mallorca, especialmente interesantes porque desde allí se conseguía una proyección inmediata en ambientes totalmente nuevos. La presión interna era tal en los cuarteles, que la asistencia a un cursillo era casi siempre motivo de permiso, si el oficial o suboficial quería seguir siendo popular ante su tropa. D. Antonio Cerdá y otros sacerdotes castrenses protagonizaron ahí la continuidad, junto con algunos oficiales jóvenes, como José Mª Thomás. También en la banca -con dirigentes muy destacados como Moncadas, Prohens, Roca, etc-, los cursillos generaron una profunda alteración del nivel y del modo de convivencia y trabajo.

En los ámbitos deportivos se contaba con algún dirigente destacado -«Pepín» Ramón, Eladio Sánchez, etc- y, sobre todo, con una gran masa que tanto en ambientes rurales como urbanos, practicaba el fútbol y se articulaba en la «obra marginal» de Acción Católica «OAR-Aguilas», que conscientemente exacerbaba la rivalidad tradicional entre pueblos, a lo que lógicamente se oponía Bonnín, hasta el punto de generarle algún serio roce con D. Jaime Capó -hermano menor de D. Juan-, a la sazón fogoso vicario parroquial en la Villa de Sóller, y entusiasta hasta las lágrimas de su equipo juvenil de fútbol.

En las escasas fábricas por entonces existentes en la Isla, también los Cursillos se hicieron acontecimiento clave. La «vidriera» de Ca’n Llofiíu, y el protagonismo en ella de Cristóbal Almendro -uno de los dirigentes más singulares y controvertidos del Movimiento en sus inicios-, puede ser un ejemplo paradigmático.

Al referimos a la incidencia de los Cursillos iniciales en la sociedad civil de la época, es curioso reseñar que, pese al apoliticismo del Movimiento que tantos criticaron, hubo presencia resonante en la política juvenil oficial -falangista-, donde además de figuras seglares destacadas, como Frau e Isasi, actuaban como jerarquías eclesiásticas del «frente de juventudes» franquistas, dos reverendos ya incorporados a Cursillos y que después tendrían un curioso protagonismo convergente en tiempos de crisis: D. Guillermo Payeras y el ya citado D. Jaime Capó. Pero también fue real la presencia de cursillistas de entonces en núcleos más o menos declaradamente antifranquistas; los casos de Juan Pla, Pedro Servera, Miguel Ferret o Baltasar Porcel así lo acreditan. La relación entre unos y otros, franquistas y antifranquistas, era sin embargo cordialísima en el seno de las Ultreyas, sin merma de las recíprocas ironías que se cruzaban.

A este respecto, quizá valga la pena recordar que el descontento político, en esos años 50, se expresaba en España muy especialmente a través de los innumerables chistes que sobre Franco u otros personajes de su régimen corrían de boca en boca. En el cursillo, los dirigentes cuidaban de no contar chistes ni irreverentes, ni «verdes», ni políticos; si bien era norma del método que si allí uno de los cursillistas incidía en estos campos, nunca se le vetaba, sino que inmediatamente después uno de los dirigentes salía a contar otro chiste «neutro», procurando que fuera bueno y borrara por tanto protagonismo al anterior. Lo cierto es que en ambientes cursillistas, fuera del cursillo propiamente dicho, e incluso entre los dirigentes en el propio cursillo, circulaban los mejores chistes políticos y picantes de la época, con toda naturalidad.

Esta incidencia masiva en los ambientes civiles o laicos juveniles, o con participación de jóvenes, que los cursillos alcanzaron velozmente en Mallorca, tenía un especial relieve en lo que a las familias se refería.

La eficacia indudable que los cursillos mostraban para convertir o cambiar radicalmente costumbres y criterios, hizo volcarse a numerosas familias para que los más problemáticos de sus jóvenes asistieran a un Cursillo. Otra cosa muy diferente era que inmediatamente después, o bien la admiración por el cambio polarizaba al conjunto de la familia en tomo a los Cursillos, o adoptaban una muy juiciosa actitud de «hijos fieles», entendiendo que el cambio había sido excesivo y coartando las frecuentes reuniones noctámbulas que caracterizaban al «postcursillo», como suelen caracterizar a todo movimiento juvenil autónomo.

Fue indudablemente ahí, en el seno de la convivencia de muchas familias, donde más trascendencia ambiental tuvo el incipiente movimiento en el ámbito que le es propio -el de la sociedad civil-.

Debe recordarse nuevamente ahora que el Movimiento en este fase histórica de eclosión era exclusivamente juvenil y masculino. De ahí que, por ser juvenil, no afectara casi en ningún caso a las personas que ostentaban auténtico poder de decisión estructural y organizativo en los diversos ambientes, lo que supuso una limitación sustancial, para poder saber si hubiera tenido en otro caso una auténtica fuerza revolucionaria no programada; pero esta limitación supuso al mismo tiempo una indudable garantía de autenticidad, ya que el fin de Cursillos se dirige a cambiar los ambientes, y no primariamente las estructuras, deseando deliberadamente huir de otros criticados planteamientos católicos de esa misma época -el Opus Dei en la derecha, los movimientos «especializados» en la izquierda, etc-, cuyo éxito estimaba Bonnín que sólo podía ser superficial y temporal al ligarse a soluciones «temporales» por definición. Y no es preciso añadir que, al ser estrictamente masculino, aquel Movimiento inicial tampoco alcanzó a dinamizar adecuadamente familias que fueran la encarnación de lo pretendido, ni a configurar un proyecto global de convivencia practicado siquiera a nivel de ensayo.

10 Impacto en la Iglesia-institución

Si en lugar de fijarnos en los ambientes laicos -que son los incluidos en el fin específico de los Cursillos-, nos referimos al ambiente eclesiástico de la Isla, debe resaltarse que ahí sí que los cursillos estuvieron generando una auténtica revolución -que pronto abortaría «la autoridad competente»-.

Los Cursillos catalizaron una ruptura generacional fortísima en el clero de Mallorca. Con muy pocas excepciones, los sacerdotes entonces menores de 40 años se adhirieron a Cursillos, muchas veces sin captar realmente su contenido, pero convencidos de que al fin contaban con un arma eficaz para conseguir todos sus objetivos e ilusiones pastorales.

Puede decirse sin lugar a dudas que, entre ellos, D. Juan Capó ejercía un liderazgo, un magisterio y hasta una autoridad indiscutidas. No he conocido, ni entonces ni después, un hecho similar en un ambiente tan cuajado de personalismos y protagonismos como es el clerical. Las excepciones entre los sacerdotes jóvenes, al menos que yo recuerde, correspondían como es lógico, a algunos que, como Capó, habían estudiado en Universidades Pontificias y se sentían llamados por ello a altos cometidos.

Pero frente a este fenómeno, también puede afirmarse que el clero de Mallorca mayor de 45 años se posicionó globalmente en contra de Cursillos, así como los «católicos de toda la vida», que empezaron a sentirse terriblemente incómodos con esos muchachos cursillistas, generalmente de escasa cultura y rotundas maneras, «que se creían más cristianos que nadie».

Así, mientras era evidente que en todos los ambientes de Mallorca con presencia joven se experimentaba un vuelco hacia un tipo de cristianismo antes desconocido, alegre, viril y hasta a veces insolente en la seguridad de su éxito, la sociedad bienpensante de la Isla los ridiculizaba, llamándoles «Mau-Mau» -como se denominaba a los africanos revolucionarios que por aquellos años iniciaron con métodos violentos el proceso descolonizador de Kenia-, y acusándoles de secretismo, de prácticas coactivas, de confesiones colectivas, de lavados de cerebro y de iluminismo milagrero.

La persecución social llegó a hacerse implacable, como difícilmente pueda imaginarse ahora en circunstancias más democráticas y posconciliares, y estuvo protagonizada visiblemente por el que sería Deán Catedralicio, D. Bartolomé Torres Gost y por un inquieto canónigo más joven, volcado en el apostolado de elites, D. Bruno Morey.

Bonnín mantenía positivas relaciones individuales con bastantes sacerdotes de edad ya avanzada, pero, salvo excepciones, aunque simpatizaran con sus planteamientos y con los Cursillos, o no se atrevían a oponerse a sus compañeros de generación en el sacerdocio, o sentían un singular rechazo ante el estilo personal de Hervás y Capó, que juzgaban autoritario y en exceso escolástico. Siempre he pensado que fue una auténtica pena que uno de estos sacerdotes, el Canónigo Lectoral D. Antonio Sancho -brillante orador, gran escriturista y magnífico traductor de Hans Wirtz y de otros teólogos alemanes «avanzados» para esa época- no consiguiera el hueco que merecía en Cursillos, por incompatibilidad con Capó. Pienso que Sancho y Capó eran sin duda las dos mejores cabezas del clero mallorquín de entonces, y que sólo su buen entendimiento, por el que mucho trabajó Eduardo, hubiera podido salvar ese abismo generacional que finalmente originó la crisis de los Cursillos de 1957.

11 Primeras polémicas

Las críticas que se hacían entonces a Cursillos en los ambientes católicos han quedado señaladas antes, muy en síntesis.

Capó las expuso, ampliamente, aunque a mi juicio algo sesgadas, en su brillante intervención en la Asamblea Diocesana de los jóvenes de Acción Católica de Mallorca de 1956.

Entiendo que estas acusaciones se sintetizan muy bien en los tres «infundios» que más circularon de boca en boca y que, como todas las calumnias con éxito social que he conocido en mi vida, eran «medias verdades».

Se acusaba a los cursillos de prácticas coactivas tanto hacia los propios cursillistas como hacia los no creyentes. En el primer aspecto se daba por cierto y se repetía hasta la saciedad, que estando un cursillista «descarriado» en un baile «de mala nota», «en un cabaret», a altas horas de la madrugada, entró un grupo de «fieles» empuñando en alto un crucifijo y afeándole la conducta a voz en grito. He podido comprobar que los hechos fueron totalmente distintos y que, sabiendo Antonio Darder y Eduardo Bonnín que uno de sus amigos de reunión de grupo se había «despistado» hacia tal baile, se limitaron a entrar en él como unos clientes más, y Darder aprovechó la ocasión para saludar a su amigo estrechándole la mano mientras mantenía escondido un pequeño crucifijo en la palma; lo que bastó para que con toda discreción el saludado decidiera abandonar el local y su actitud.

Para patentizar las supuestas coacciones a no cristianos, se insistía en que era práctica común entre los cursillistas, cuando veían a una mujer vestida «indecentemente» y descocada, escupirle en el escote. La tergiversación arrancó, según averigüé, de un pequeño incidente que mantuvo en los aledaños de la Catedral de Palma, Cristóbal Almendro con una extranjera residente en la Isla y que vestía muy escandalosamente para la época; Almendro, con su espontaneidad característica, al toparse con ella le afeó que se pasease «casi desnuda», a lo que la mujer respondió provocativamente destapando aún más parte de su anatomía, ante lo que nuestro hombre escupió despreciativamente en el suelo, gesto poco higiénico, pero tan frecuente en nuestra sociedad de aquellos años, que los tranvías y las oficinas públicas estaban repletos de carteles que advertían de la prohibición «de blasfemar y escupir en el suelo».

También se acusaba a los cursillistas de que el fanatismo religioso les impulsaba a considerarse en contacto directo con Cristo o con el Espíritu Santo, «saltándose» la intermediación obligada de la Iglesia ministerial, lo que actualmente puede sonar muy arcaico, pero que en aquella iglesia preconciliar y posbélica suponía un grave delito. Se ilustraba gráficamente este aspecto indicando que muchos cursillistas, para pedir al Señor lo que querían les concediera, en lugar de rezar, se dedicaban a aporrear las puertas de los Sagrarios.

Una vez más, el relato falso traía causa de un suceso concreto, ocurrido en Felanitx tras ingresar de urgencia médica un bebé, hijo de un cursillista; cuando los amigos de su padre terminaron, de madrugada, de rezar en la Parroquia con las fórmulas más tradicionales por la salud del niño, Juan Pla se adelantó y tocó con los nudillos las puertas del Sagrario urgiendo la curación -que por cierto se produjo-.

No es menos cierto que existía entre aquellos cursillistas iniciales un estilo muy peculiar, que siendo fruto del entusiasmo y la desinhibición, sonaba a exhibicionismo en ocasiones. El hecho de rezar en las celebraciones litúrgicas con voz alta, clara y pausada, contrastaba tanto con el fondo de bisbiseos ininteligibles que caracterizaba la sedicente oración colectiva de entonces, que no podía sino parecer exagerado a quienes bisbiseaban, aunque admirase a muchos «alejados», como reflejo de convicción.

Para agravarlo, la ridiculización que en el Cursillo se hacía del «beato», que resultaba pedagógicamente imprescindible, molestaba no sólo a los beatos propiamente dichos, sino también a muchos que sin serlo tenían en alto precio a sus madres u otras personas próximas, que sí lo eran, y asimismo a los sacerdotes tradicionales, que veían menospreciados de esta forma a sus fieles más fieles. Y para colmo, algunos cursillistas, con más entusiasmo que sentido común, exageraban la nota, convirtiendo la recia voz de rezo en casi un grito, y llevando a actos de asistencia pública, modos -como el rezo brazos en cruz- que, si eran normales en privado y en las reuniones exclusivas de cursillistas, nunca se recomendaron para otras circunstancias.

La división entre católicos tradicionales y cursillistas era cada vez más notoria en la Isla, y tenía una similitud tan clara con la reacción del hijo mayor de la parábola evangélica del hijo pródigo, que poco podían hacer los cursillistas para remediarlo sin renunciar a su identidad.

Ellos -los cursillistas- estaban convencidos de que los hijos fieles acabarían «convirtiéndose» y aceptando que esa su actitud crítica no era cristiana. El éxito que obtenía el Movimiento -después de más de 60 cursillos solamente se había producido un sólo caso de cursillista que no se convirtiera, al menos aparentemente-, y la expectativa de relevo generacional, les proporcionaban plena mentalidad de triunfadores en esta «lucha», que por otra parte interpretaban como una prueba querida por Dios, en línea con el evangélico «dirán toda suerte de mal contra vosotros», «y los enemigos serán los de su propia casa».

Deben destacarse los esfuerzos que por entonces realizaron algunos sacerdotes con profundo perfil pastoral, del talante que más tarde popularizaría Juan XXIII, como D. Miguel Femenías y D. Francisco Jaume, párrocos respectivamente del pueblo de Campanet y de Santa Catalina Thomás, de Palma, que consiguieron en los ambientes que pastoreaban, que la división apenas fuera más que una razonable tensión generacional. Pero el prototipo de sacerdote comprometido con Cursillos era mucho más dogmático que el de estos concretos reverendos, mientras el sacerdote no cursillista reaccionaba sintiéndose personalmente agredido y descalificado.

12 Primera expansión territorial

En este ambiente de pujanza y polémica se desarrollaban los Cursillos en Mallorca, que evidentemente constituía un marco excesivamente pequeño para tanta energía.

Sin embargo, el Doctor Hervás, muy celoso de las atribuciones episcopales, estableció que solamente podrían extenderse los Cursillos a otras diócesis si así lo solicitaba el Obispo de las mismas con carácter formal.

Por su parte, Eduardo Bonnín estaba persuadido de que los Cursillos necesitaban expansionarse sin demora, por su propia naturaleza y para trascender la creciente polémica interna de Mallorca.

Valencia

La condición episcopal impuesta para la «exportación» del método se dio por primera vez para la archidiócesis de Valencia, precisamente la de procedencia del Doctor Hervás, en 1953. Vale la pena explicar la circunstancia, porque desvela rasgos definitorios de la situación y de sus protagonistas.

El Obispo Hervás, como era común entre los prohombres eclesiásticos de entonces, tenía una mezcla de veneración y obsesión por los actos de masas, en los que se le veía disfrutar como en ninguna otra ocasión. El advenimiento del Papa actual ha vuelto a hacer inmediatamente comprensible este rasgo.

Es indudable que casi todos los mallorquines de mi generación o de las precedentes recordarán, por ejemplo, el amplio montaje que se organizó con la «Virgen Peregrina», a base de una réplica de la imagen de la Virgen de Fátima, que recorrió todos los pueblos y santuarios marianos de la Isla en los meses previos a 1952, para preparar la celebración del 35 aniversario de las apariciones portuguesas de Nuestra Señora, augurando la conversión de Rusia, entonces símbolo de todos los males de la España de postguerra.

Los cursillistas fueron parte importante en aquel montaje, y transportaban o acompañaban, ora a pie, ora en sus arcaicas bicicletas, la imagen en triunfal peregrinación; lo que les dio ocasión de ser más conocidos y apreciados por su Obispo, principalmente por ser cursillista- y de los más radicales -Guillermo Font, el chófer del Doctor Hervás. Con Font programaban los cursillistas los itinerarios de la peregrinación mariana, y, en ellos, los momentos en que el grupo se encontraría con el Obispo; lo que generó un aprecio y una identificación aún mayores de Monseñor Hervás hacia los Cursillos.

Pese a este aspecto positivo, entiendo que este protagonismo «cursillista» en la organización de los viajes por la Isla de la «Virgen Peregrina» fue quizá la primera instrumentalización del Movimiento de Cursillos en una acción concreta de pastoral diocesana que no respondía a las líneas básicas fundacionales; se abrió así una larga serie de bienintencionadas instrumentalizaciones de la energía de Cursillos, que no sólo no ha cesado aún, sino que sigue en aumento hasta confundirse a menudo con la propia dinámica de Cursillos, tantas veces convertidos en una suerte de «task force» a plena disposición de los estrategas de la pastoral loca, y poco menos que olvidados de su específico fin de acción ambiental en el mundo.

Pues bien, otro de los actos multitudinarios impulsados por el Doctor Hervás, en el que colaboraron masivamente los cursillistas fue la «Santa Misión», una llamada colectiva a la conversión en las plazas públicas, con resonancias de Medioevo, que tuvo lugar en Palma, también en 1952. Entre los «padres misioneros» predicadores en esa ocasión, figuraba D. Pedro Mauri, entusiasta sacerdote valenciano paisano y conocido de D. Juan Hervás desde antes de su consagración episcopal.

En las mismas fechas en que se celebraba la «Santa Misión» un joven amigo de Bonnín y relacionado con Cursillos, aunque alejado, en una conversación entre amigos, fue tocado por la Gracia. Enterados Bonnín y sus amigos en ese momento de que un sacerdote se encontraba cerca de donde ellos estaban, cenando en la casa de una tradicional familia mallorquina, pese a no conocerles, no dudaron en presentarse en esa casa y poner en contacto al «converso» con el sacerdote, que era precisamente D. Pedro Mauri. Éste se más que asombró del hecho, lo que dio pie a que nuestros amigos le hablaran largamente sobre Cursillos.

D. Pedro Mauri, convencido de la potencia de Cursillos, participó en varios en Mallorca y consiguió del Doctor Hervás y de su propio Obispo, que Valencia fuera la primera Diócesis en que se dieran cursillos fuera de Mallorca. El Monasterio de San Miguel de Liria fue sede del primer cursillo de Valencia, del que fue rector Eduardo Bonnín, directores espirituales D. Juan Capó y el propio D. Pedro Mauri, y «profesores», Juan Moncadas, Cristóbal Almendro y Guillermo Font; se celebró este cursillo con pleno éxito del 15 al 19 de agosto de 1953. A él le siguieron otros cursillos más en Valencia, impartidos con la colaboración de Mallorca, hasta que se cruzó la influencia del Consejo Nacional de Jóvenes de Acción Católica, a que luego nos referiremos, y cambió el sesgo y el signo del Movimiento en esa archidiócesis.

Terrassa y Tarragona

Después de esa primera «exportación» de Cursillos, vendría otra de mayor trascendencia sociológica.

Dada la prohibición del Obispo Hervás para que se dieran Cursillos en otras latitudes sin previo requerimiento formal del respectivo «Ordinario del lugar», cada vez era más frecuente que jóvenes inquietos de la Península se desplazaran a Mallorca para asistir a un Cursillo, y que practicasen después la reunión de grupo en su lugar de origen.

Especial relieve tuvo la ramificación de los Cursillos de Mallorca hacia Cataluña, por razón de proximidad geográfica y cultural. Y en Cataluña debe destacarse sin duda el núcleo que se formó en Terrassa, la importante villa industrial próxima a Barcelona. Allí, Ramon Bassiner, una de las personas más llanamente evangélica que he tenido la suerte de conocer, mantenía contacto frecuente con Eduardo Bonnín desde los tiempos «heroicos» de la preparación de la peregrinación a Santiago y de los Cursillos de Jefes de Peregrinos.

Por otra parte, dio la casualidad de que en 1949 se encontraba en Mallorca por motivos de servicio militar José Malgosa, Presidente de los jóvenes de Acción Católica de Terrassa, que movido por Bassiner se incorporó de inmediato al ambiente de Cursillos y participó como dirigente en varias ocasiones, aquel mismo año. Esto facilitó, a su regreso, que el grupo nucleado en torno a él y a Ramon Bassiner se configurara como una suerte de embajada de Cursillos en tierra firme.

Pienso que Bassiner merece figurar entre los auténticos fundadores de Cursillos, porque aportó a Bonnín, a través de sus cartas y en sus frecuentes encuentros en toda la fase preparatoria, muchas intuiciones y constataciones desde una singular seglaridad donde se mezclaba el «seny» catalán y el humor del «bon pagès» de esa tierra, desde un contexto urbano e industrial. Tengo por cierto que el tipo de humor que forma parte integrante (hasta diría que esencial) del método de Cursillos, es más una aportación de Bassiner que del propio Bonnín; aquél centraba su humor en la paradoja, y éste lo hace en la sorpresa y en el juego verbal; Ramon más inductivo, Eduardo más alusivo.

Bien; lo cierto es que desde un perfil humano que huía del protagonismo, Bassiner fue vertebrando, junto con Damián Vidal, Ramon Armengol y tantos otros, un amplio grupo que, básicamente en Terrassa, pero también en Sabadell y en la propia Barcelona (con Redaño, Hidalgo y Rodríguez de Mier), suponía un poscursillo sin cursillos propios, asistiendo a Mallorca los sucesivos candidatos, que en algún Cursillo llegaban a ser un núcleo amplio y significativo.

Algo similar sucedía con un grupo de alumnos y ex-alumnos del Colegio La Salle-Lesseps, de Barcelona, donde el mallorquín Hermano Antonio Martí, Valls, Forcano, Rifé y otros, generaron otro núcleo cursillista, que se desplazaban a la Isla para asistir a sus respectivos Cursillos, de «aspirantes», en ocasiones.

Era todo un acontecimiento conmovedor la despedida que los cursillistas de Mallorca dispensaban a los catalanes que habían asistido a un Cursillo en la Isla, cuando tomaban el barco de regreso, la noche siguiente a la «clausura», junto con los que habían venido expresamente de allá para asistir a dicha clausura. (Por aquel entonces el avión era un medio de transporte aún excepcional.) Aquellas noches, sobre los muelles del Puerto de Palma, el espectáculo de amistad y alegría sorprendía grandemente al resto de viajeros, que no podían lógicamente entender a qué aludía aquel canto del «De colores» que sonaba a la vez a bordo y en el muelle y que se repetía después de zarpar, cuando el barco enfilaba la bocana del puerto, y en tierra, encaramados en las rocas de la escollera que rodeaba la vieja «farola» de luz azul de «La Riba», un grupo de jóvenes volvía a cantar el De colores con toda su alma, mientras encendían cerillas y viejos mecheros de gasolina, cuyos puntos de luz destacaban sobre la noche y bajo la farola que parpadeaba.

Este espectáculo de unión colectiva, visualizable en el encendido de muchos y minúsculos puntos de luz -en local o paraje oscuro- que es hoy tan frecuente en los momentos culminantes de los conciertos de música joven, no sé si se produjo por primera vez en el ambiente de intensidad afectiva y simbolista de aquellos incipientes Cursillos, o si los cursillistas se limitaron a adoptarlo. Para mí, como el lector puede deducir fácilmente, fue una experiencia estética inolvidable en mi sensibilidad adolescente, probablemente la primera vez en que recibí la profunda unidad de lo bello, lo verdadero, lo colectivo y lo simbólico.

(Por cierto, este espectáculo de las minúsculas luces, en manos alzadas, en la noche y junto a la canción, se multiplicaba, al finalizar las Asambleas anuales, cuando todos los asistentes -más de un millar- despedían al Obispo que acababa de cerrar las sesiones. Al tiempo, los más atrevidos -creo que por dos años seguidos-, cuando el Doctor Hervás ya se había introducido en su episcopal automóvil, izaban a pulso el coche y lo transportaban por el aire en volandas, un considerable trecho, que en alguna ocasión cubrió todo el recorrido hasta el Palacio Episcopal, más de un kilómetro por las callejas de la ciudad renacentista. El gesto de miedo -casi pavor- y complacencia del Obispo en esos momentos no es fácil de olvidar. Dudo que ningún otro Obispo de ese tiempo se haya sentido tan querido de verdad por tantos jóvenes a la vez como en aquel momento aquel Obispo. Y que, al propio tiempo, haya traslucido una similar desconfianza hacia la sensatez de sus «fieles».) Los lazos con Cataluña estaban, por otra parte, reforzados por la integración en el núcleo inicial, como dirigente, de José Mª Llauradó, un arquitecto catalán destinado en Mallorca.

En 1953, Llauradó propició que asistiera a un cursillo en Mallorca uno de sus parientes, de familia acomodada del «Alt Camp» de Tarragona. Casi sin darle importancia, el nuevo cursillista mencionó que el Cardenal de Tarragona, Benjamín de Arriba y Castro, pasaba con frecuencia fines de semana en la «masía» de su familia. Bonnín cuidó de encargarle, muy encarecidamente, que tratara de «hacerle la corbata» al Cardenal, para que éste solicitara del Doctor Hervás la implantación de los Cursillos en su Archidiócesis, con lo que se conseguiría una base sólida en Cataluña, capaz de aglutinar a los distintos núcleos que ya existían, vinculados mar por medio con la Mallorca fundacional.

Pocos meses más tarde el Doctor Hervás, en una de sus reuniones con el Consejo Diocesano de jóvenes, les anunció que tenía una gran sorpresa para ellos, leyéndoles fragmentos de la carta en que el Cardenal tarraconense le solicitaba la iniciación de Cursillos en su territorio.

Como consecuencia, el 24 de abril de 1954 comenzó el primer cursillo en Tarragona, cuyos dirigentes fueron los reverendos D. Francisco Suárez, Mossén Cabré y Mossén Gebellí, y los seglares Eduardo Bonnín (rector), Bernardo Perelló, Rafael Salas, Manuel Suárez y Faustino Ascaso.

Desde el primer momento, en Tarragona el movimiento de Cursillos se estructuró en tomo a Faustino Ascaso y a Mossén Cabré, presidente y consiliario, respectivamente, de los jóvenes de Acción Católica de la Archidiócesis. Ascaso era un prototipo de hombre de Iglesia, con un esquematismo doctrinal mucho mayor que los seglares hasta entonces protagonistas de Cursillos, que compensaba con un trato cálido y abierto. Recuerdo mis escasas entrevistas con Ascaso como dificultosas, porque para él todo en los cursillos que había conocido era igual de importante: la Acción Católica, la reunión de grupo, los chistes, los cantos; todo ello con un sentido de la jerarquía eclesiástica enormemente desarrollado.

El sentido crítico no era su fuerte, por tanto; resultaba mucho más convencido que convincente.

Mossén Cabré coordinaba retórica y alegría casi infantil en grandes dosis.

Pero el protagonismo mayor del Movimiento de Cursillos en Tarragona, por la importancia que tendrían en aspectos históricos trascendentales, correspondió al Cardenal-Arzobispo, Benjamín de Arriba y Castro, y a su Obispo Auxiliar, el Doctor Castán Lacoma.

El Cardenal de Tarragona pasaba por ser -junto con Quiroga Palacios- uno de los eclesiásticos gallegos especialmente afectos al general Franco, que les promocionó hacia el cardenalato en uso de su «derecho de presentación» ante la Santa Sede, concordatariamente reconocido. Era un hombre afable y distante a la vez, en su trato. Conservador, sin duda, pero sin especial temor a innovaciones pastorales. Así lo demostró dando cabida en Cursillos no sólo a sus diocesanos, sino a los cursillistas de otras áreas de Cataluña que no encontraban en sus obispados un eco favorable, como era el caso del núcleo de Terrassa.

Menos encerrado, pues, en su papel jerárquico que el Doctor Hervás -pese a su rango cardenalicio-, Arriba y Castro asistió en varias ocasiones a retazos de un cursillo. Me resulta especialmente grato para su memoria, recordar que después de escuchar el «rollo» de Piedad, se mostró algo escandalizado, y partidario de suprimir las criticas a los «beatos» y «practicones», pero que ante las explicaciones de Bonnín y los demás dirigentes aceptó la «mejor experiencia» de éstos, y no planteó ante el Doctor Hervás ningún cambio metodológico, al que sin duda hubiera accedido éste, trastocando aspectos quizás esenciales. Instó asimismo a su Obispo Auxiliar a que asistiera a un cursillo íntegro, con lo que D. Laureano Castán se convirtió así en el primer Obispo-cursillista, como después D. Rafael Sarmiento, de Colombia, se convertiría en el primer cursillista-Obispo.

La figura de Castán Lacoma creo que refleja como pocas un determinado fenómeno eclesiástico característico en el contexto del Concilio Vaticano II. Cuando D. Laureano fue promovido a Obispo Auxiliar de Tarragona era un hombre claramente abierto y progresista para su época. Yo le recuerdo como un brillante defensor de la autonomía seglar, con un rigor lógico en la exposición de su pensamiento muy poco frecuente entonces, ya que las reiteradas citas «de autoridad» tendían a multiplicar las afirmaciones y a arrinconar las argumentaciones.

Sin embargo, frente a la renovación que supuso después el Concilio, Monseñor Castán experimentó sin duda un vértigo que le hizo variar su postura vital, encerrándose en un neo-conservadurismo que le ha hecho mucho más conocido que su postura previa, básicamente porque su nueva actitud alcanzó al plano de lo político, de forma que, ya en el contexto de un episcopado español aperturista hacia la democracia, en los últimos años del franquismo, él, junto con Monseñor Guerra Campos y algunos más, se manifestaron admiradores rendidos del anciano general y del «nacional-catolicismo» propio de su política.

En algún momento, el grupo seglar iniciador de cursillos pudo pensar que Monseñor Castán era su gran esperanza para el engarce de su pensamiento en el contexto jerárquico de la Iglesia. Después fuimos viendo que la evolución personal de este hombre, al que sin duda los Cursillos deben mucho, conducía hacia un modelo de «cristiandad» bien distinto al que latía en la esencia de Cursillos.

Como gesto humano, destacaría que Monseñor Castán, inmediatamente después de publicada la critica Pastoral del Doctor Enciso, en 1956, dirigió una carta a los iniciadores de Cursillos donde les transmitía, en nombre propio y del Cardenal, un mensaje de confianza que fue oportunísimo. Por las mismas fechas, en la clausura de un cursillo en Tarragona, Monseñor Castán no rehusó pronunciarse en público sobre lo sucedido en Mallorca, al comparar la situación de nuestro grupo, ahora casi proscrito, con el pasaje bíblico en que Jacob regaló a José, su hijo, «una túnica de colores», «lo que despertó la envidia de sus hermanos». Nos sentimos acogidos.

La gratitud de cursillos hacia Arriba y Castro y Castán es obligada también en el más riguroso examen histórico, ya que ambos tuvieron un papel positivo trascendental en el nacimiento de los Cursillos de mujeres, dentro de la polémica más profunda y dolorosa que entiendo se ha producido en toda la historia de Cursillos y de la que más tarde habremos de ocupamos.

Tarragona, al ser la sede eclesiástica capital de Cataluña, fue una excelente base para la implantación de los Cursillos en el resto de las diócesis catalanas con la excepción de Barcelona.

Así, desde Mallorca y Tarragona, los cursillos fueron implantándose en Vic, Lleida, La Seu d’Urgell, Solsona, Girona y Tortosa.

La Seu d’Urgell

De esta expansión catalana de Cursillos, que tuvo lugar entre 1954 y 1957, creo destacables algunos hechos. En La Seu d’Urgell, por ejemplo, se produjo un hecho que apenas trascendió fuera del ámbito de Cursillos, pero que en el interior del Movimiento sí tuvo ecos muy especiales.

En uno de los primeros cursillos de esa Diócesis, al que asistía D. Juan Capó como Director Espiritual y Antonio Darder como rector, uno de los asistentes mantuvo durante los tres días una especial resistencia al mensaje. En la clausura se levantó a hablar en tono patético, insinuando que él quería convertirse pero alguna misteriosa fuerza interior se lo impedía. Cristóbal Almendro le interrumpió, con energía, insinuando la posesión diabólica y augurando la intercesión de Santa María, lo que dio pie al rezo por toda la asamblea de un «Ave María» en gran tensión, durante la cual se produjo un llanto convulso y la «liberación» del joven en cuestión, mientras era asistido por D. Juan Capó.

He oído en una mala grabación magnetofónica esa impresionante escena, y me inclino a interpretarla en simple clave psicológica, pero no excluyo otras intervenciones más trascendentes. Lo cierto es que la narración del caso, especialmente en boca de los sacerdotes más jóvenes admiradores de Capó, generó una imagen taumatúrgica de D. Juan, que le hacía aún más temible y distante para los que le tratábamos ocasionalmente.

Entiendo que aquella fama de prodigio y exorcismo de Capó tuvo también que ver con que se le requiriera, en la Diócesis de Lleida, una especial gestión para reencauzar un singular movimiento que había calado en el Seminario de aquella Diócesis y en diversas comunidades religiosas locales, y que se conocía por «querismo», al estar protagonizado por un canónigo apellidado Quer.

Lo poco que conozco de ese movimiento, lo caracteriza como un anticipo de lo que en el posconcilio abundaría largamente bajo el plural paraguas semántico de «movimientos carismáticos». El sentimiento humano imbuido de iluminación del Espíritu, la espontaneidad afectiva de una caridad apasionada, y el gusto por lo infrecuente o inexplicable, eran según creo notas características de este movimiento, que Capó trató al parecer con gran dureza teológica y disciplinaria, consiguiendo al menos acallarlo. Los discípulos más próximos de Capó sugerían que la desviación era más de costumbres -de sexto mandamiento, obviamente- que doctrinales, y culpaban a las mujeres -religiosas en este caso- de esta floración. Siempre he creído que este episodio tuvo mucho que ver, históricamente, con la cerrazón que Capó y su grupo mantendría después hacia la apertura de Cursillos a las mujeres.

Barbastro

Otro hecho destacable es que la proximidad física de La Seu d’Urgell a la Diócesis aragonesa de Barbastro propició la entrada de los Cursillos en la misma. donde era Obispo Monseñor Jaime Flores, de los Operarios Diocesanos fundados por Mossén Sol, que había sido rector del Colegio Español en Roma, donde se había formado Capó. A mayor abundamiento, el entonces superior general de este peculiar instituto sacerdotal, D. Vicente Lores, era el director espiritual del propio Doctor Hervás. Son dos hechos que marcarán después importantes pautas y carencias en la expansión de Cursillos, como veremos más tarde.

Barbastro merece también mencionarse aquí porque fue el lugar donde conectó con Cursillos el hoy controvertido Obispo de Sao Félix, en la Amazonia brasileña, Pedro Mª Casaldáliga, que poco después sería destinado a Sabadell, donde se convirtió en el reverendo más caracterizado del núcleo que los cursillistas de allí y de Terrassa formaban, y que de hecho fueron quienes vertebraron en buena parte el movimiento en todas las diócesis catalanas.

Este núcleo, jurídicamente incardinado en la diócesis de Barcelona, no consiguió sin embargo convencer a los elitistas dirigentes de la Acción Católica barcelonesa, de la conveniencia de iniciar formalmente Cursillos. Resultó curioso que, ante la celebración en Barcelona, en 1952, del Congreso Eucarístico internacional, los dirigentes locales de la Acción Católica, para «demostrar» a los cursillistas que les faltaba calidad teológica, humana y cultural, montaron una especie de cursillo en régimen abierto, donde los temas de los «rollos» -Ideal, Piedad, Estudio, Acción, Dirigentes, Ambientes, etc.- serían tratados por los oradores seglares católicos más conspicuos del momento, como el poeta y académico José Mª Pemán, el presidente de «Las Cortes» o Parlamento franquista, D. Esteban Bilbao, etc.

Como la asistencia fue muy escasa y decreciente, para cubrir gastos tuvieron finalmente que sortear un «Biscuter» (el popular minivehículo español de la época) y aún cerraron la operación con un considerable déficit. Quedó así plásticamente de manifiesto que no son los temas ni la calidad cultural de los dirigentes la clave del éxito del Cursillo, sino su global y comunitaria realidad de comunicación.

Solsona

Vale sin duda la pena retener también que al iniciarse los cursillos en la minúscula y pirenaica diócesis de Solsona, su Obispo era el después Cardenal Vicente Enrique y Tarancón, personaje clave en la transición democrática de España en los 70, y que ya entonces -a través de los magistrales libros/cartas pastorales que anualmente publicaba- era una de las referencias más claras para cualquier intento «aggiornador» del catolicismo en nuestro país.

Creo que a Tarancón le describe bien su comentario de aquellos años, de que su principal fuente de inspiración para escribir sus célebres pastorales eran las conversaciones que mantenía con su barbero, un cursillista de gran luz y escasa cultura. Quien conozca a Tarancón, sabrá que su cerradísima barba exigía afeitado profesional diario; y quien conozca a Bonnín podrá imaginar cómo cuidaba Eduardo que el barbero del Cardenal estuviera al día como pocos de lo que en Cursillos pensaban y hacían.

Mientras se desarrollaba esta primera expansión de los Cursillos en las zonas más próximas geográficamente a Mallorca, afloró en numerosas ocasiones la distinta concepción que Capó y Bonnín tenían de lo que juntos estaban haciendo.

Capó, más imbuido de la autonomía de cada obispo diocesano y menos persuadido de la validez universal del método de Cursillos, tendía a «autorizan» adaptaciones locales del método que inevitablemente sugerían los consiliarios de cada lugar.

Ante el peligro que esta línea comportaba, Bonnín impulsó la redacción y publicación de «El Cómo y el Por qué», que apareció sin firmar en la revista «Proa» en esos primeros años 50, y que redactaron exclusiva e íntegramente D. Miguel Fernández y el propio Eduardo Bonnín.

Los autores de «El Cómo y el Por qué» consiguieron una síntesis brillante y escueta de todos los aspectos no polémicos de cursillos, pero indudablemente abordaron con timidez los temas que eran ya polémicos en el interior del propio Movimiento. Existen en su texto diversas alusiones al valor universal del método y a su vocación específica hacia la acción en ambientes laicos y no en estructuras eclesiásticas, pero apenas se explicitan las consecuencias lógicas que estos principios habrán de tener sobre la descalificación de los cursillos especializados -por edad, cultura, etc-, o sobre la apertura del movimiento a la mujer, o en relación a su desvinculación definitiva con la Acción Católica, etc.

Tan es así que años más tarde el propio Doctor Hervás y su equipo aseguraban que Capó (que fue realmente el destinatario directo de ese texto) era uno de los autores de «el Cómo y el Por Qué», y el propio aludido no hizo nada por desmentirlo. El documento se ha publicado después en diversas ocasiones unitariamente como folleto, por organismos del Movimiento de Cursillos, con un extraño interés de sus editores en cada ocasión, en orden a no mencionar a sus verdaderos autores, y hasta en eclipsar sus nombres, pese a que este texto constituye el más genuino documento fundacional que alcanzó publicidad.

13 Colombia y los cursillos de mujeres

La realidad se encargaría de plantear sin tardanza los temas que parecían inoportunos. En 1953 asistió a un cursillo en Mallorca el Padre Rafael Sarmiento, que sería consiliario nacional de las mujeres de Acción Católica de Colombia, y que realizaba un viaje para conocer la metodología pastoral más reciente en diversos países europeos.

Al participar en ese cursillo, el Padre Sarmiento quedó entusiasmado con el método, «tanto por su técnica como por sus resultados», como indicó en el acto de clausura, pese a que había sido previamente prevenido en contra de Cursillos por varios sacerdotes mallorquines al llegar a la Isla. Pocos meses más tarde recibieron los dirigentes de Mallorca una histórica carta desde Colombia, en la que el Padre Sarmiento indicaba que dadas las condiciones específicas de su entorno, en Colombia iban a celebrar pronto el primer cursillo, pero que éste sería para mujeres, «con algunas adaptaciones», tal y como reflejaba la revista «Proa» en su número 179 de octubre de 1953.

D. Juan Capó adoptó en esta encrucijada una postura de difícil comprensión para quien no le conociera de cerca, aprobando para Colombia lo mismo que rechazaba frontalmente para España, donde la masculinidad estricta de Cursillos era para él su único horizonte contemplable.

Las polémicas internas en tomo a este punto de la integración de la mujer en cursillos, entre Capó y su grupo más próximo de sacerdotes y seglares, por un lado, y Bonnín, D. Miguel Fernández y Herminia Mas -única dirigente de Acción Católica femenina de ese momento en Mallorca que apostaba por Cursillos, a los que conocía de cerca a través de su hermano Sebastián («Tin») Mas-, de otro, fueron las más álgidas de la historia fundacional de Cursillos, y no lograron saldarse ya nunca más, ni siquiera cuando el Concilio y la realidad, quince años más tarde, impusieron la lógica no discriminación de la mujer.

Se manejaron en esta polémica argumentos antiquísimos y consustanciales al tradicional machismo edulcorado de la Iglesia: a) la histeria femenina generaría toda clase de desviaciones en el clima de intensidad y presión psicológica del Cursillo; b) la incapacidad de guardar sigilo en la mujer, la inhabilitaba para la reunión de grupo, como la incapacitaba para ser sacerdote y oír en confesión; y c) la vida de acción, y de acción intramundana, a la que impulsaban los cursillos, no era indicada para la mujer, cuya santificación se debía centrar en ser esposa y madre. Yo recuerdo oír estos argumentos de personas muy próximas a D. Juan Capó y sentir vergüenza ajena por su aparente seguridad, ya que a mis pocos años el ambiente familiar moderadamente aperturista en que me movía me hacía inconcebible ese tradicionalismo.

Bonnín sintetizó entonces su postura en una frase afortunada: «No hay almos y almas».

El «frente clerical» replicaba con muy dudoso gusto -y en su ausencia- que el «emperramiento» de Eduardo en defender la apertura de Cursillos a la mujer no era otra cosa que un desvarío de solterón que quería encontrar novia.

Fue el grupo de Terrassa el más receptivo a los argumentos de Eduardo. Dos mujeres resultaron claves en esa encrucijada: Margarita Calders, esposa de Damián Vidal, que era el dirigente más polémico y extrovertido del grupo de Terrassa; y muy singularmente Maite Agustí -más conocida como Maite Humet-, la esposa de Esteban Humet Palet, una mujer de arrolladora personalidad, nacida en el seno de la burguesía catalana de la industria textil, dotada de una capacidad de comunicación y llaneza como no he vuelto a conocer, muy deportista a pesar de sus kilos, lo que junto a sus hábitos entonces poco frecuentes en una «señora católica», de fumadora empedernida y conductora de coches amante de la velocidad, dejaba perplejos a los reverendos que trataba. El hecho de que Esteban, su marido, fuera plenamente consciente de la excepcional personalidad de su mujer y le cediera gustoso y enamorado el protagonismo de la situación, no contribuía al fácil entendimiento, desde fuera, del sutil equilibrio existente, donde el marido serenaba, en humor y reflexión, la creatividad incesante de la mujer, en una armonía sin duda difícilmente repetible, rodeada además entonces de tres hijos que reflejaban en su alegría y en su sociabilidad un ambiente claramente positivo.

Maite y Margarita se sumaron en varias ocasiones a los viajes que sus maridos y otros cursillistas de su entorno hacían a Mallorca y, en contacto con Eduardo, fueron asimilando la concepción fundacional de Cursillos.

Iniciados en Colombia los cursillos de mujeres, y ante la visceralidad antifemenina de la cúpula clerical del movimiento en Mallorca, en alguna de aquellas reuniones se perfiló la idea de que para empezar los cursillos de mujeres en España sin romper con la jerarquía, la clave residía en convencer al Cardenal de Tarragona.

Finalmente Monseñor Arriba y Castro recibió en Audiencia a la embajada de Terrassa que iba con el objetivo de obtener luz verde para los cursillos femeninos. Prudentemente, los seglares habían programado que la exposición del tema debían efectuarla varios de los varones, ante el habitual escepticismo de los altos eclesiásticos hacia la mujer; pero los varones no consiguieron sacar al purpurado de su indecisión para iniciar en Cursillos algo no bendecido antes en Mallorca.

Cuando todos estaban convencidos de que regresarían con un fracaso, Maite Humet se saltó a la torera el plan trazado de discreción femenina, y tomó al Cardenal por el brazo: «Eminencia -le dijo-, ¡usted no sabe lo insoportable que es tener un santo en casa, y no poder compartirlo!».

A partir de ese momento, cambió 180 grados el rumbo de la conversación, y en poco tiempo pudo impartirse el primer cursillo de mujeres «sin adaptaciones» del mundo, en La Selva, Tarragona, los días 29 de abril a 2 de mayo de 1958. Previamente, Maite y Margarita tuvieron autorización para asistir «detrás de la cortina» y sin que el resto de participantes se apercibiera de ello hasta el acto de clausura, a un cursillo de hombres, para conocer el método más a fondo y en directo. Su conclusión fue muy simple: sólo era necesario cambiar de los esquemas el adjetivo «viril» por «enérgica» en el tema de Piedad, y exigir un enfoque menos machista de la explanación que el reverendo solía hacer en el tema de Sacramentos, al hablar del matrimonio, y uno menos sexista en «Obstáculos a la vida de Gracia», ya que la tendencia imperante en esa época, a identificar pecado y sexto mandamiento, se evidenciaba aún más improcedente ante un auditorio femenino adulto.

En el primer cursillo de mujeres actuó de rectora Maite Agustí -que como hemos dicho, ha sido siempre más conocida con el apellido de su marido, como Maite Humet, según costumbre muy catalana-; como dirigentes actuaron también Margarita Calders, Rosario Font y Feli Masa. Para suplir su falta de entrenamiento, los rollos fueron impartidos en ese cursillo y en los dos siguientes por seglares varones (Ascaso, Vidal, Cases, Figueras, Jané, Carbó y Roset), que acudían a la hora de su intervención y regresaban a su vida normal inmediatamente después de la misma. Los reverendos fueron Mossén Cabré y Mossén Castellá.

A partir del 4º Cursillo, las dirigentes comenzaron ya a impartir «rollos», y en el 5º celebrado del 22 al 26 de abril de 1959, fue el primero en que dejaron por completo de intervenir varones seglares.

A este grupo de mujeres, postergadas en su diócesis de residencia -Barcelona- como integrantes del «grupo de Terrassa» y después ignoradas oficialmente por Ciudad Real y por el Secretariado Nacional de España (ambas cosas por su proximidad conceptual con Eduardo Bonnín), deben los Cursillos uno de sus mayores avances históricos -su apertura a la mujer en tanto que persona y no como pareja-.

Poco a poco su línea y su idea han ido abriéndose camino en todas las latitudes, y los cursillos de mujeres que ellas iniciaron son ya una realidad prácticamente universal, pero a ellas les ha correspondido una ausencia total de protagonismo visible en el Movimiento. Unos siembran y otros cosechan.

Pero sería muy injusto que la historia de Cursillos no reconociera su creatividad y su valentía iniciales, y más aún que ignorara su generosidad posterior en aceptar su marginación personal dentro del Movimiento oficial, con tal de que su ilusión prosperara.

A raíz de aquellos primeros cursillos de mujeres, aunque ni Capó ni el Doctor Hervás se atrevieron a descalificar públicamente al Cardenal de Tarragona, en privado no dejaron de manifestar que la iniciación de los cursillos femeninos era un peligroso «gol» que Eduardo Bonnín había conseguido colar en el entramado del Movimiento. Para contrarrestarlo, comenzaron a trabajar en posibles vías «transaccionales», que se fueron concretando en unas Convivencias o Cursillos «para esposas y novias de cursillistas», uno de los inventos que más problemas artificiales ha creado al genuino Movimiento de Cursillos.

Las presiones para descalificar a los nacientes grupos de mujeres de Terrassa y Tarragona (al que se había sumado otro en Sabadell, liderado por Rosa Mª Monrás), fueron enormes, pero sobrevivieron por la sólida fe y la recia personalidad de las tres líderes iniciales y por el apoyo que les prestaron tanto Bonnín como los seglares varones de Terrassa y Sabadell, y algunos contados reverendos -entre los que destacó el después célebre representante de la teología de la liberación, Pedro Mª Casaldáliga-.

El clima eclesiástico de aquellos apasionantes años de preconcilio miraba con recelo todo lo seglar, pero muy especialmente todo lo femenino y más aún todo lo «mixto» entre seglares varones y mujeres que no fuera mera extrapolación de lo matrimonial. De ahí que el nacimiento de los cursillos de mujeres planteó como problema inmediato si los encuentros típicos del poscursillo -la clausura, la reunión de grupo, la Ultreya, la escuela de dirigentes y el Secretariado- debían ser comunes o segregados por sexo. Solamente mucho después -ya en los años 80- se planteó también el tema de hacer «mixtos» los propios cursillos, que volveremos a abordar en su momento, pero que entonces ni siquiera se consideró, por dos motivos básicos:

1º Porque solamente plantearlo hubiera supuesto el anatema jerárquico más fulminante; y

2º Porque se tenía muy interiorizado el principio de que el encuentro «con uno mismo» que exigía el Cursillo, conllevaba que en los tres días de convivencia no incluyera a personas que despertaran de forma casi automática en la cursillista la adopción de un determinado papel o «rol» social, enmascarador de su «mismidad». Y así había que evitar que coincidieran en un mismo cursillo el jefe y su subordinado, dos miembros de la misma familia, como también varios amigos íntimos o enemigos declarados. Con mayor razón, la convergencia de hombres y mujeres hubiera despertado -como estoy persuadido de que seguiría despertando ahora y seguirá provocando por mucho tiempo, pese al indudable y saludable proceso de desmitificación del sexo- la adopción del rol «varón» o «hembra» por delante y enmascarando el ser «persona» de cada cual.

Por tanto, ni siquiera se planteó la cuestión de los cursillos «mixtos», pero sí la procedencia de abrir a las mujeres las «piezas» del poscursillo o crear un movimiento femenino paralelo.

Las actividades programadas para quienes ya han experimentado el encuentro consigo mismos y el encuentro con Cristo (aunque de hecho las practiquen también muchos entusiastas de oído), no podían limitarse por razón de sexo, como tampoco por edad, nivel cultural o estado civil: tal fue el principio reafirmado por Bonnín y las iniciadoras de los Cursillos de Mujeres en ese delicado momento.

Tengo para mí que éste fue precisamente el «punto de no retorno» en las relaciones entre Bonnín y su equipo de una parte, y Capó y Hervás por otra. Estábamos en 1955 y los acontecimientos se precipitarían poco después, con la expansión internacional de Cursillos vinculada a la «diáspora» de reverendos que siguió a la Pastoral del Doctor Enciso, lo que no permitió confrontar con tranquilidad los respectivos puntos de vista; o, más exactamente, permitió a cada implicado -menos a Bonnín- ensayar en territorios distintos de Mallorca sus peculiares ideas, casi siempre centradas en que accedieran a cursillos tan sólo las esposas o novias de cursillistas varones, y que el poscursillo tuviera un enfoque familiarista del que aún adolece en casi todas las latitudes, consecuente con el enfoque tradicional de que la evangelización de la mujer pasa por centrarla en su rol de esposa y madre, y por ello de algún modo subordinada al varón.

Pero, por congruencia con la narración del desarrollo territorial de cursillos, hemos adelantado acontecimientos.

Regresemos a 1952.

 

14 El Consejo Superior de Acción Católica de España

Mientras los Cursillos se extendían fuera de la Isla fundacional «como mancha de aceite» en los territorios geográficamente más próximos y en otros «casualmente» convergentes, el Movimiento se mantenía estructurado aún en torno al Consejo Diocesano de los jóvenes de Acción Católica de Mallorca. Aquella expansión territorial supradiocesana y esta vinculación organizativa, no podían menos que inquietar al Consejo Nacional de los jóvenes de Acción Católica, enfrentado a una actividad interdiocesana en la que no estaba participando.

Desde la peregrinación a Santiago, la relación entre los jóvenes de Mallorca y los del Consejo Nacional, en Madrid, había sido escasa, pero positiva. La vitalidad de Cursillos hacía que la Isla y las demás diócesis donde iba implantándose el Movimiento fueran las únicas zonas donde crecía sensiblemente el número de suscripciones a la revista «Signo» que editaba el Consejo Nacional, y donde aumentaba el número de afiliaciones, lo que no podía sino despertar simpatía en el organismo central de la Acción Católica española.

Bonnín estuvo desde el principio preocupado por la relación del Movimiento con la Acción Católica central, que podía crear auténticos problemas de subsistencia a los Cursillos, o por el contrario potenciar su difusión con medios mucho más importantes que los disponibles entonces (y superar, de paso, los frenos que el Doctor Hervás imponía diocesanamente).

Con este objetivo consiguió Eduardo que, como apoderado de la empresa propiedad de su familia, le eligieran para representar a su vez al sector comercial en que trabajaban, por la provincia de Baleares, en el seno de la «Organización Sindical» única entonces, e incorporada a la estructura del Estado español. Esta elección suponía la posibilidad y la exigencia de viajar a Madrid con bastante frecuencia. Los viajes de Bonnín a Madrid se convirtieron en un largo forcejeo con el Consejo Nacional de los jóvenes de Acción Católica, en las horas que le dejaba libres su burocrática actividad de representante institucional de su sector empresarial.

Al iniciar estas visitas a Madrid, Eduardo trabajó convencido de que D. Manuel Aparici era la persona llamada a asumir el protagonismo de Cursillos a nivel nacional y quizá mundial. La admiración y gratitud que siempre ha sentido Bonnín hacia el líder indiscutible de la peregrinación a Santiago, así se lo hacía presentir y desear, con ese voluntarismo a la vez terco y providencialista que es uno de los rasgos evidentemente paradójicos del talante del iniciador de Cursillos.

Sin embargo, se encontró con un Manuel Aparici diferente, con salud quebradiza ya, que conservaba intacto su prestigio, pero cuya influencia real en la Acción Católica era muy inferior a la de 1949.

Había ya comenzado en la Acción Católica española el ambicioso proyecto de los movimientos especializados, con clara intención de constituir un entramado a la vez religioso y político-social, capaz de vertebrar la «Democracia Cristiana» que debía aflorar con fuerza -en el deseo de sus inspiradores- cuando el general Franco se decidiera a liberalizar su régimen o cuando falleciera.

Consistía el proyecto en la creación, en cada clase o núcleo social, de un grupo organizado que proyectara la visión cristiana hacia las «realidades temporales». Sin duda el proyecto era importante, pero evidentemente no coincidía con la estrategia de Cursillos, centrada en la persona y los ambientes, pero no en las estructuras -y menos en las estructuras de poder-, y contraria a cualquier especialización organizada en su seno.

Los políticos Fernando Mª Castiella y Joaquín Ruiz Jiménez, bajo la batuta de Alberto Martín Artajo (todos ellos, hombres de la Acción Católica), habían cincelado varios artículos de los acuerdos preparatorios del Concordato de 1953 que les tocó negociar, con la plena y lúcida intención de permitir a la Iglesia ser el refugio de la disidencia política tolerable, y no iba ahora a desaprovecharse la ocasión.

Sucedió más tarde que este refugio de libertad política que creó la Iglesia concordatariamente, lo aprovecharon mucho mejor el partido comunista -con sus Comisiones Obreras- y los núcleos nacionalistas de Cataluña y el País Vasco, que los mismos católicos que lo habían creado con intención de alumbrar en España una Democracia Cristiana a la italiana y un sindicato confesional a la holandesa.

Aparici recibía con gozo y con nostalgia la información que Eduardo le reportaba sobre el avance de los Cursillos en Mallorca, Cataluña y demás áreas. Ante la insistencia de Bonnín para que él -Aparici- y el Consejo Nacional de jóvenes de Acción Católica protagonizaran la consolidación del nuevo movimiento, porque el mensaje de Cursillos coincidía casi plenamente con la línea editorial de la revista «Signo» que inspirara el propio Aparici, D. Manuel le contestó con una frase que Eduardo recuerda con frecuencia: «te aseguro que ya están lejos los tiempos en que "Signo" se escribía de rodillas».

Pese a las fundadas reticencias de Manuel Aparici, se intentó poner en práctica el diseño de Eduardo. Se programó -en largas reuniones que terminaban muchas veces a las 4 de la madrugada- la celebración de dos cursillos que dirigiría el grupo de Mallorca y que estarían fundamentalmente destinados a dirigentes del Consejo Nacional de los jóvenes de Acción Católica. Estos cursillos se celebraron, respectivamente, en el Espinar (Segovia) y Toledo, entre los días 31 de marzo a 3 de abril y 14 a 18 de mayo de 1954. Sus dirigentes fueron, en el primero, los sacerdotes Capó, Arconada y D. Manuel Fernández, el rector Bartolomé Riutort y los demás seglares, Juan Moncadas, Cristóbal Almendro y Antonio Darder; en el segundo de estos cursillos, los sacerdotes fueron Capó y D. Manuel Aparici, el rector, Eduardo Bonnín, y los profesores, nuevamente Moncadas, Almendro y Darder.

Ambos cursillos aparentemente fueron un éxito, pero es indudable que adolecían de un defecto básico: su especialización, al impartirse mayoritariamente hacia líderes cristianos; es decir, la falta básica de universalidad en el universo -el colectivo, dirían hoy los sociólogos al uso- al que se impartieron.

La clamorosamente menor cultura de los dirigentes respecto de los cursillistas, especialmente en lo que a formación teórico-teológica se refiere, unida a hechos tan nimios como el alto acento mallorquín de los profesores, facilitaron el posterior desencanto de los inicialmente entusiasmados cursillistas, hábilmente asesorados al efecto por los sacerdotes -Arconada y Díaz de Rivera en primer lugar- y laicos -primero Riera, y después destacadamente Sánchez-Terán-, que habían apostado por la Acción Católica especializada, y estaban de algún modo comprometidos de antemano en la aventura concordataria del antifranquismo «amparado en góticas bóvedas y sagradas liturgias», como aludiría después a esta cobertura el propio aparato oficial.

Como consecuencia lógica del fenómeno descrito, los líderes del Consejo Nacional de Acción Católica de España llegaron a la conclusión de que los Cursillos contenían elementos metodológicos excepcionalmente valiosos, y se aprestaron a ponerlos al servicio de su estrategia predeterminada, de potenciar la Acción Católica especializada, antesala de militancia política y sindical.

Para hacerlo tuvieron que cambiar realmente pocas cosas del propio Cursillo; lo importante en cuanto al Cursillo propiamente dicho es que centraron el tercer día del método en obtener del cursillista un compromiso de militancia específica, en lugar del mero compromiso personal y ambiental que propician los Cursillos genuinos.

El poscursillo sí tuvieron que alterarlo radicalmente.

Para configurar un sistema diferente vino en su ayuda el prestigio que en los ambientes católicos progresistas franceses e italianos y singularmente en la JOC belga, estaba alcanzando ya por aquellos años la «pedagogía activa», con su metodología de «ver, juzgar y actuar».

En esa línea, substituyeron la reunión de grupo por una llamada «reunión de equipo» en la que se introducía la figura clave de un jefe de equipo -impensable en una estructura de amistad como es la auténtica reunión de grupo-, donde, tras relatar cada uno un caso real, propio o ajeno, que estimasen significativo, se seleccionaba uno de los casos expuestos, y sobre éste se definían criterios y medidas de actuación. Como puede fácilmente deducirse, el centro de gravedad estaba en la acción más que en la vida, como evidentemente corresponde a un método diseñado para alcanzar un proyecto de incidencia político-social.

A su vez, la reunión colectiva -la Ultreya del método fundacional- se parroquializaba y adquiría una clara naturaleza formativa, casi siempre enucleada en torno a la «doctrina social cristiana».

Tales alteraciones de método y finalidad eran sustanciales, y sus propios autores así quisieron subrayarlo alterando también el nombre.

El invento se llamó «Cursillos de Militantes», etiqueta muy adecuada a la realidad (la diferenciación entre simpatizantes, afiliados y militantes era uno de los rasgos comunes entre la D.C. y el P.C.I. en Italia).

Por otra parte, los autores de estos Cursillos estaban convencidos de que los Cursillos de Cristiandad originarios no tardarían en desaparecer por su falta de organización interna, su tendencia a lo sentimental más que a lo real, y por lo que estos dirigentes entendían era la escasa altura intelectual de los líderes seglares de Mallorca, y el escolasticismo a ultranza de Capó y su equipo de sacerdotes.

Entiendo que éste fue otro de los nudos esenciales del drama argumental de Cursillos, dada la potencia de medios que tenía el Consejo Nacional de la Acción Católica de España y la alta coherencia del diseño del nuevo método para el fin pretendido. Si el núcleo de Mallorca hubiera afrontado dividido esta desviación del Movimiento, la historia hubiera podido ser muy otra. Pero por fortuna Bonnín y Capó encararon esta encrucijada con unidad de criterios, y ni aceptaron el ensayo ni se enzarzaron en una polémica pública con los cargos nacionales de Acción Católica, que no hubiera tolerado Monseñor Hervás.

La historia de los Cursillos de Militantes (también conocidos después como Cursillos «de la JACE», anagrama de Juventud de Acción Católica Española) fue breve, como veremos, pero bastante intensa. En pocos años se dieron Cursillos de éstos en la práctica totalidad de las diócesis españolas donde no se habían celebrado Cursillos de Cristiandad, incluida Barcelona, y además, en Valencia, sustituyendo a los iniciales. El resultado fue una afiliación masiva a los nacientes movimientos especializados de Acción Católica, es decir, la JOC, la HOAC, la JEC, la JIC, la JUMAC, y demás anagramas a que Bonnín se refería como «la sopa de letras».

La «tentación» ulterior de Monseñor Hervás y su equipo, de pactar con este pseudo-movimiento un método híbrido, tuvo su máximo exponente, a mi entender, como después veremos, en el Encuentro Nacional de Dirigentes de Cursillos que se celebraría en Burgos en 1964.

Este intento tenía su lógica, ya que la concepción del laicado propia del Doctor Hervás -como del 99% de la Jerarquía de la Iglesia española de entonces, y quizá también de ahora- partía de la necesidad de que al laico se le forme, y de la conveniencia de que se le organice, y no acababa de entender que es más eficaz darle ansias de conocer y de actuar, para que sea él -cada seglar- quien libremente busque su modo y su vía, en un clima de realidades compartidas.

Como no entendía tampoco la Jerarquía eclesiástica que ese modo y esa vía personalmente alumbrados, llevaran al laico en la gran mayoría de los casos a dedicar sus energías a sus ambientes de procedencia y no a enrolarse en organizaciones confesionales.

Durante mi permanencia en Madrid, de 1959 en adelante, tuve numerosas ocasiones de contactar con los entonces protagonistas de estos Cursillos -los sacerdotes Díaz de Rivera, Aguilera y Adrover-. Nos molestaba que, ante el prestigio internacional creciente de los Cursillos de Cristiandad, hubieran amañado el nombre de su método, llamándolo ahora cursillos de cristiandad, y ya no cursillos de militantes, cuando no habían asumido ni la metodología ni mucho menos la finalidad de los genuinos Cursillos fundacionales.

Ellos nos replicaban socarronamente con citas del «Manual de Dirigentes», de triste recuerdo, y por ello solamente conseguimos tender puentes interpersonales, pero no metodológicos.

Es muy ilustrativo -entiendo- resumir la trayectoria del esfuerzo que indudablemente supusieron los Cursillos de Militantes; porque se trata de un error llamado por su propia naturaleza a repetirse cíclicamente en el entorno de los Cursillos. Cualquier observador de Cursillos, situado en el engranaje institucional de la Iglesia, tiende automáticamente a tener ante Cursillos una doble sensación critica:

-En primer lugar, se desconcierta observando cómo los Cursillos generan una enorme cantidad de energía evangélica que aparentemente tiende a desaprovecharse al no encauzarse hacia finalidades institucionales e históricas concretas.

-En segundo lugar, se desalienta, al verse rodeado de personas que tras vivir simplemente una experiencia religiosa sustancial, se expresan sobre lo humano y lo trascendente con una seguridad y una libertad «impropias» de su falta de cultura y formación.

Son dos perplejidades que tienden también automáticamente a producir un afán de «mejoran» el método para suplir estas aparentes carencias. Y a ello se han dedicado, se dedican y seguirán dedicándose numerosos reverendos y seglares de pro, sin advertir que la perdurabilidad del movimiento de Cursillos está vinculada a su acento en el ser y no en el hacer, y a su visión del hecho evangélico como encuentro amistoso -amoroso- y no como ciencia o doctrina a aprender.

de la hora actual del catolicismo, junto a Comunión Y Liberación.

pero, en una primera fase, los Cursillos de. Militantes constituyeron un revulsivo importante en el laicado español, de directriz opuesta y método casi idéntico al de los auténticos Cursillos de Cristiandad.

El hecho cierto es que los Cursillos de Militantes fueron pieza básica para poner en marcha en España lo que se ha llamado el antifranquismo católico. Al amparo de estos Cursillos y de los movimientos especializados que desde ellos se propiciaban, los verdaderos políticos obtuvieron un ámbito de libertad -reuniones en parroquias sin la intervención gubernativa que en otro caso era inevitable, archivos protegidos de registro, posible acceso a centros de poder- y un ámbito de proselitismo e influencia, a través de cursillistas recientes, crédulos y entusiastas.

Era el tiempo del diálogo católico-marxista, prolegómeno de la teología de la liberación, cuyas manifestaciones dentro de la Acción Católica cortarían más tarde los obispos españoles con más vehemencia que aparente comprensión.

Pero, curiosamente, en este pseudo-movimiento de Cursillos, los elementos progresistas tendían cada vez más a desarrollar planteamientos directamente políticos y sindicales, mientras eran los más conservadores los que seguían dirigiendo cursillos y facilitando nuevos prosélitos a aquéllos, ya desvinculados en la práctica del hecho religioso.

Sólo quienes hemos vivido estas paradojas estamos quizá capacitados para recordarlas como algo más rico que una simple manipulación de conciencias.

De aquellos Cursillos de Militantes queda aparentemente muy poco, y su subfruto más granado son sin duda los «grupos catecumenales» que lidera Quico Argüello, paradójicamente en línea con los movimientos más conservadores

15 Lo seglar

Aquellos esperanzadores viajes a Madrid de Bonnín para contactar con D. Manuel Aparici -que renunciaría enseguida a todo protagonismo con los Cursillos de Militantes, pero que nunca se atrevió a descalificarlos-, sirvieron también para otras realidades de trascendencia histórica. En concreto, me refiero a los contactos que en estos viajes entabló Eduardo con una seglar excepcional, cuyo pensamiento le marcaría de forma muy significativa: Lilí Alvarez.

La relación de Bonnín y Lilí Alvarez es reveladora de rasgos poco conocidos del talante y del pensamiento de Eduardo, y por tanto del contenido fundacional de Cursillos.

Como lector atento y empedernido de todo lo que se publica en temas de espiritualidad, filosofía y psicología, Bonnín era, ya a principios de los años 50, uno de los pocos estudiosos que a través del primer libro publicado por Lilí Alvarez -«plenitud», apenas un opúsculo- intuyó en ella una auténtica profundidad de pensamiento sobre la seglaridad, un tema que le preocupaba radicalmente.

Como es sabido, Lilí Alvarez, arquetípica mujer de mundo en su primera juventud, aristócrata y tenista de élite, campeona en Wimbledon en los años 30, tuvo una evolución personal hacia una profunda conversión, desde un entramado de ideas muy próximo a la filosofía de Zubiri, sin perder ni el talante deportivo, ni su natural elegancia y su encantadora ironía.

Cuando Bonnín tuvo oportunidad de conocer a Lilí Alvarez, ella acababa de publicar su gran obra sobre la seglaridad, «En tierra extraña», y Eduardo estaba inmerso en una tensión cruzada, empeñado en afirmar la línea seglar dentro de cursillos ante la Iglesia institucional, que en la práctica ansiaba disponer tan sólo de laicos dóciles como tradicionales «hombres de iglesia», y al mismo tiempo enfrentado sobre el contenido de la seglaridad con el Consejo Nacional de Acción Católica, es decir, con los más «conspicuos» seglares del momento, que aspiraban muy al contrario a disponer de muchos laicos dedicados al quehacer directamente político y sindical.

El encuentro con Lilí Alvarez, al menos para Eduardo, fue una bocanada de aire fresco en este panorama. No estaba sólo en la concepción de una seglaridad profundamente enraizada en lo trascendente y radicalmente unida a la libertad de ser persona. El pensamiento de «Doña Lilí» -como siempre la ha llamado Bonnín- no sólo era coincidente con el suyo, sino que le llegaba en el momento más oportuno.

Años después fui testigo de algunas conversaciones entre ambos -verdadero regalo para mi espíritu- tanto en la casona familiar de Lilí Alvarez en Madrid, como en un chalet donde pasó algún verano, en «Sant Agustí», de Mallorca.

Pienso que la abstracta precisión conceptual de Lilí Alvarez necesita el lúcido entusiasmo por lo concreto de Eduardo.

Doña Lilí estudiaba nuestros esquemas de mentalidad, a incorporar a «Vertebración de Ideas», y se maravillaba de la precisión y de lo condensado de su contenido. «Entonces -preguntaba a Eduardo con auténtica socarronería-, ¿qué pasa? ¿no te entienden o no te creen?». La carcajada típica de Bonnín, hecha de agudos, finalizó con un rasgo de esperanza: «no se preocupe, algún día preguntarán, ¿y cómo decíais que era?».

Es innecesario recordar que, como pasa con otras personas realmente originales en su pensar y en su vivir, tanto Lilí Alvarez como Bonnín han sido tachados tantas veces de excesivamente avanzados como de retrógrados, y muchas de esas veces ha sido la misma persona, años o meses más tarde, quien con el mismo aplomo ha emitido uno y otro dictamen. Como le gusta repetir a Bonnín, «sólo hay dos cosas infinitas: la misericordia de Dios y fa tontería de los hombres».

Lo cierto es que aquella polémica sigue más presente que nunca. Entre quienes desean que el seglar sea un noclérigo dedicado a los quehaceres de la Iglesia, y quienes anhelan que el seglar sea quien se ocupe de llevar las directrices de la Jerarquía a la política y demás esferas de poder, el pensamiento sobre la seglaridad de Eduardo Bonnín y Lilí Alvarez continúa siendo un mensaje inédito.

16 Los sacerdotes: Salamanca y Roma

Por ese tiempo, la expansión de Cursillos, su fuerza realmente asombrosa, y la oposición al Movimiento que se producía tanto por parte del alto clero de Mallorca como por el Consejo Nacional de Jóvenes de Acción Católica de España, aconsejaron al grupo fundacional la conveniencia de emprender una serie de actividades orientadas a darlo a conocer en su autenticidad a los sacerdotes en los centros de formación de mayor nivel del clero español: la Pontificia Universidad de Salamanca y el Pontificio Colegio Español de San José, de Roma.

Ambas instituciones estaban entonces confiadas a los Operarios Diocesanos, Instituto Sacerdotal fundado por Mossén Sol, del que había sido figura destacada el entonces Obispo de Barbastro, D. Jaime Flores, que ya mantenía Cursillos en su Diócesis, y que era un hombre de trato encantador, extrovertido, alegre y sencillo, al estilo de Juan XXIII.

El Superior General de los Operarios, D. Vicente Lores, era de talante humano muy distinto al del Obispo de Barbastro; enormemente elegante y diplomático, «daba» el tipo de Monseñor de Curia, frente al aspecto de párroco de pueblo de Monseñor Flores. La relación entre el Doctor Hervás y D. Vicente Lores superaba, por otra parte, las coincidencias de paisanaje valenciano y amor a las formas, para ir mucho más allá, ya que D. Vicente era el director espiritual de D. Juan Hervás, y este hecho sin duda explica muchas de las cosas que con el tiempo sucederían en Cursillos.

En la época de nuestro relato -1953/54- se producía en España y en Iberoamérica una auténtica explosión de vocaciones sacerdotales, y los Operarios estaban absolutamente centrados -al menos en España- en el trabajo que fundacionalmente les era más propio: ayudar a los obispos en la dirección y gestión de los Seminarios y demás centros de formación sacerdotal. Desarrollaban su labor en las coordenadas del más tradicional espíritu tridentino, con una profunda religiosidad personal, y además con una apertura a muy determinados rasgos de modernidad -como el deporte y el cine- que Mossén Sol sin duda había captado en Dom Bosco. Mallorca, en concreto, acababa de inaugurar su «Seminario Nuevo» obra a la que Monseñor Hervás dedicó sus mejores esfuerzos, que se encontraba repleto, en sus más de 400 plazas, y procedía anualmente a la ordenación de más de 15 nuevos presbíteros.

Al regentar los Operarios tanto la Pontificia Universidad de Salamanca -en su aspecto administrativo y de asistencia-, como el Colegio Español de Roma, donde había residido D. Juan Capó durante sus estudios en la Universidad Gregoriana, la oportunidad estaba servida.

En Salamanca se preparó un programa muy propio de la mentalidad de aquellos años; como parecía que los clérigos no recibirían bien enseñanzas de seglares, se montaron unas sesiones teóricoprácticas sobre Cursillos a cargo exclusivo de D. Juan Capó, que tras explicar los principios conceptuales y metodológicos de Cursillos -según testigos, con gran brillantez-, realizó una suerte de escenificación de los «rollos» del Cursillo, no sólo los sacerdotales o «místicos», sino también los seglares, que lógicamente no pudieron tener la carga de veracidad y diversidad que es consustancial al método.

Para Roma la experiencia tuvo el defecto de planteamiento ya aludido al comentar los impartidos a los dirigentes nacionales de Acción Católica: la homogeneidad religiosa y sociológica de los asistentes impide en un Cursillo, casi siempre, la vivencia plena del mensaje. Sin embargo, tengo la sensación, por mis entrevistas posteriores con asistentes a una y otra experiencia, que la de Roma fue mucho más fructífera que la de Salamanca.

Sucedió, en cualquier caso, que estas actividades crearon una imagen de identificación entre Cursillos y Operarios Diocesanos en los ambientes eclesiásticos españoles del preconcilio.

Y esta asimilación aceleró algo que a la larga pienso hubiera sido inevitable también en otro caso: la actitud reticente con Cursillos por parte del Opus Dei.

Chocaba, por aquel entonces, que mientras los cursillistas de Mallorca y demás diócesis iniciadoras, meditaban con auténtica veneración los textos de «Camino» del fundador del Opus, el Padre Escrivá, y de «El Valor Divino de lo Humano» del Padre Urteaga, las personalidades próximas al Opus hablaban despectivamente de Cursillos, cuando no los ignoraban olímpicamente. En el entorno de Cursillos, tan sólo a Bonnín le oí por entonces algún comentario irónico sobre el Opus, su riqueza y sus textos; pero tanto Capó y su equipo como Gayá, eran absolutamente defensores del estilo y el mensaje del Padre Escrivá, de por sí tan distinto del de Cursillos.

Lo que sí era patente a todo observador cercano, era la controversia entre Opus y Operarios. Estos habían optado claramente por una acción incardinada en las diócesis, y trabajaban sólo por mandato y a las órdenes de cada Obispo que quisiera acogerles -o por encargo de la «Conferencia de Metropolitanos» en los centros interdiocesanos de Salamanca y Roma-, mientras que el Opus Dei, y muy especialmente su rama sacerdotal superior, el Instituto de la Santa Cruz, marginaba en todo lo posible lo diocesano, manteniendo fuertemente centralizadas la organización y la disciplina.

Opus y Operarios eran, en esa época, prácticamente los únicos dos modelos dinámicos reales que se proponían para la formación del clero joven en España.

Por otra parte, era indudable que el Nuncio Pontificio de aquel momento en España, monseñor Hildebrando Antoniutti, era claramente proclive a los planteamientos del Opus Dei.

Como ya hemos indicado, la postura anti-cursillos en Mallorca estaba liderada por el canónigo mallorquín y Rector de su Seminario Mayor, D. Bartolomé Torres Gost, que no se recataba de decir en público y en privado que estaba preparando un amplio dossier sobre los errores y desviaciones de los Cursillos. Pues bien, un hermano seglar de Torres Gost, ingeniero y residente en Madrid, era una notoria personalidad del Opus, y entiendo que fue el cauce para que aquel dossier llegara a la Nunciatura con el apoyo más o menos explícito del Opus Dei, alarmado como organización ante la vinculación aparente entre Cursillos y Operarios Diocesanos, y sin duda convencido además de que los Cursillos contenían peligrosos errores «modernistas».

17 El primer Secretariado

En el clima descrito de tensiones intraeclesiales se fraguó, según mis datos, la remoción del Doctor Hervás como Obispo de Mallorca, encaminada según todos los indicios a desbaratar el naciente movimiento de Cursillos.

Pero antes hemos de regresar a Mallorca, ya que en 1954 se produjo en Cursillos un hecho institucionalmente relevante: se creó en la Diócesis fundadora el primer Secretariado de Cursillos.

Entiendo que las causas básicas de este paso institucional están inmersas en la propia naturaleza del Movimiento, cuya vinculación histórica a la Acción Católica distorsionaba su verdadera personalidad, que se centra en promover «lo fundamental cristiano», y no por tanto una de sus legítimas derivadas, como es la militancia en Acción Católica, necesariamente inscrita en lo específico o vocacional, y no en lo fundamental.

Esta inducción del Secretariado desde la propia esencia de Cursillos se produjo sin embargo en una determinada encrucijada del tiempo, por dos motivos básicos. De un lado, como ya se ha dicho, los jóvenes iniciadores de Cursillos se iban volviendo mayores por pura ley biológica, y su relación con un Consejo Diocesano de Jóvenes era artificial, provocando la incomodidad de los implicados y no menos la de los dirigentes diocesanos de los hombres de Acción Católica, nada proclives a Cursillos. El traje juvenil se quedó corto, y el de los adultos de Acción Católica estaba ya ocupado por gentes ajenas al Movimiento.

Pero, como sabemos, al propio tiempo se había iniciado un profundo distanciamiento entre los Cursillos fundacionales y la línea oficial de la Acción Católica española, que promovía los reformados Cursillos de Militantes. La ruptura más formal entiendo que se produjo en este campo cuando el órgano nacional de la juventud de Acción Católica, la revista «Signo», se negó a publicar sin cortes ni apostillas la recensión de la intervención de D. Juan Capó en la Universidad Pontificia de Salamanca.

Aunque los principales protagonistas de los Cursillos en Mallorca en 1954 coincidían en la necesidad de crear un órgano diocesano propio del movimiento, las diferencias de criterio en cuanto a su composición y funciones eran muy serias.

En primer lugar, se discutía el peso de sacerdotes y seglares en el nuevo organismo. La línea clerical del Movimiento y el propio Doctor Hervás se inclinaban porque un sacerdote, en concepto de «delegado episcopal», fuera quien ostentara la máxima -en realidad, única- autoridad dentro del Secretariado de Cursillos. Frente a esta concepción, D. Miguel Fernández y Eduardo Bonnín insistían en que la delegación episcopal debía corresponder al conjunto del Secretariado y no a una persona concreta dentro del mismo, y que la estructura del organismo tendría que reproducir lo más fielmente posible la que se mantiene en el Cursillo, donde la dirección real corresponde a un seglar -el «rector» del Cursillo- y los sacerdotes se limitan a su concreto y espiritual rol de «directores espirituales»; ésta era, además, una estructura muy similar a la que tenía el Consejo Diocesano de Acción Católica que hasta entonces mismo había coordinado el movimiento en la diócesis sin que se crearan problemas de funcionamiento en la relación de los Cursillos con el Obispo. Como es sabido, los Consejos de Acción Católica tenían su máxima representación y fuente de decisión en el Presidente seglar; y los sacerdotes, que tuvieron siempre gran influencia, eran sin embargo estatutariamente meros «consiliarios» o asesores.

Por otra parte, la discusión se producía en el contexto de dos polémicas de aún mayor calado: si debían existir cursillos de jóvenes y cursillos de hombres, separadamente, era la polémica más notoria; y si se autorizaban o impedían o limitaban los cursillos de mujeres era la más importante y enconada, como ya hemos visto.

Ambas polémicas condicionaban evidentemente la composición del Secretariado a crear. D. Juan Capó puso todo su peso en la balanza para que el primer Secretariado tuviera un representante o vocal de los «hombres» y otro distinto y específico de los «jóvenes», y para que bajo ningún concepto se incluyera a ninguna mujer entre los miembros del Secretariado.

En este último punto, Capó contaba con una baza importante de hecho, ya que al no haberse autorizado aún los cursillos de mujeres en Mallorca, sólo existía en la Isla un pequeño núcleo que los había hecho en Tarragona, o que sin haber practicado el Cursillo estaban colaborando casi clandestinamente con el grupo de Terrassa y con Bonnín: Herminia Mas, María Mesquida, Juana Mª de Roca, etc.

Estas mujeres jóvenes carecían aún de relevancia sociológica dentro del Movimiento, y eran consideradas por parte de la Jerarquía local casi como modernas sufragistas del espíritu, «manipuladas» por Eduardo.

En definitiva, el triunfo de la línea de Capó en esta ocasión fue aplastante. Tan sólo semánticamente se accedió a que uno de los seglares del Secretariado fuera llamado presidente, ya que el sacerdote que se designaba como Delegado Episcopal no fuera directamente D. Juan Capó, sino el Vicario General de la Diócesis, D. Pedro Rebassa, hasta entonces no vinculado a cursillos y que por sus demás ocupaciones evidentemente no podía ni deseaba restar protagonismo en el Secretariado a Capó, designado en el mismo como Director Espiritual. En cuanto a la presidencia seglar, no se nombró a Bonnín, como todos esperábamos, sino a un cursillista casi desconocido en el ambiente de la Ultreya mallorquina, y muy próximo a Capó, Pedro Sala; un hombre de indudable buena voluntad, cuya elevada situación social y económica fue el argumento que se esgrimía para justificar su nombramiento, ya que así la relación de Cursillos con los demás movimientos católicos de la Diócesis y con el clero -se argüía- sería más positiva y menos cuestionada que si se encomendaba a Bonnín.

Casi exagerando la «suerte de castigo», como se diría en argot taurino, Eduardo Bonnín fue incluido en este primer Secretariado como último vocal del mismo, y precisamente como vocal representante «de los jóvenes», lo que a sus 37 años y desde su postura contraria a la misma existencia de cursillos específicos para jóvenes, sonaba a auténtico sarcasmo.

Sin embargo, entiendo que ni los más próximos al iniciador de Cursillos pudieron oír de él en ese momento expresiones de disgusto o decepción, sino sólo subrayar las ventajas que suponía la definitiva emancipación de Cursillos de la Acción Católica.

La breve vida de este primer Secretariado, disuelto en 1956 por el Doctor Enciso, presenta a mi juicio más carencias que aciertos: no acertó a proteger jurídicamente el nombre y la metodología de los Cursillos de Cristiandad, ni los derechos de autor de la Guía del Peregrino y demás material impreso del Movimiento, como evidentemente era su deber histórico primario; tampoco permitió la iniciación de los cursillos de mujeres en Mallorca; ni produjo la publicación de los esquemas y normas metodológicas básicas, que sin duda hubieran evitado muchas improvisaciones y adaptaciones inadecuadas (Conviene quizá decir aquí que esta publicación estaba preparada ya por el equipo o «laboratorio» de Bonnín al crearse el Secretariado, y que de ella realizó Herminia Mas varias copias mecanografiadas en papel de correo aéreo para enviarlas a Colombia, único país entonces, fuera de España, donde se celebraban Cursillos. El dictamen que oí de Capó era que, si se publicaba este libro, se acabaría el factor sorpresa del que asiste a Cursillos, y hasta los párrocos de pueblo darían en la misa dominical, como homilías, los «rollos» del Cursillo, tergiversándolos; añadiendo que aprendiéramos del Opus Dei a guardar los secretos del método).

La labor del Secretariado inicial tuvo también como es lógico sus aspectos positivos: para mí, dos fueron sus grandes virtudes, ya que por una parte permitió que las graves disensiones de criterio existentes en el núcleo fundacional se localizaran allí, sin trascender ni a la masa -ya- de cursillistas, ni mucho menos a los adversarios del Movimiento; y en segundo término, que se convirtió en un referente para las restantes diócesis, lo que indudablemente facilitó que muchos obispos estuvieran mejor dispuestos a autorizar los Cursillos en su diócesis, al no depender ya el Movimiento de la Acción Católica, cuya evolución reciente por lo general no compartían. Este aspecto fue especialmente importante en los países de América donde la Acción Católica nunca había conseguido una importante implantación.

La etapa que se desarrolló entre la primera expansión territorial de Cursillos y el cambio de Obispo en Mallorca, además de caracterizarse por las tensiones ya descritas dentro del pequeño núcleo fundacional, se condensó en un afianzamiento importante del Movimiento donde ya estaba implantado. La imagen tanto interior como exterior que se proyectaba era de un gran grupo en constante crecimiento y sin fisuras, centrando su afirmación colectiva en un formidable entramado de reuniones de grupo que suponían un caudal humano y una penetración en el tejido social como nunca más he conocido, que se mostraba en la Ultreya y en los actos de Clausura de los Cursillos con un estilo muy peculiar, natural, amistoso, alegre, recio, seguro de sí hasta ser triunfalista, muy conservador en lo que a práctica y moral individual se refiere y muy avanzado en modos y criterios, y donde el nivel de culturización era cada vez más importante, por el vivo afán de lectura que se daba en casi todos.

Ahora, tras la aceleración histórica que hemos vivido, pueden evidentemente señalarse defectos y carencias en aquel estilo colectivo, pero en aquel momento entiendo que el nivel de autocrítica era suficientemente alto, y que por ello la gran cantidad de prácticas individuales y colectivas de oración que mantenían los cursillistas no les hacían incurrir en pietismo; que la preponderancia de la moral sexual sobre el resto de valores de la ética cristiana se daba en Cursillos, pero mucho menos que en el resto de grupos católicos del momento; que la agresividad y el proselitismo de los cursillistas era la misma que los grupos políticos, o incluso de defensa del idioma local, practicaban como fruto de la época y signo de los tiempos, y que en Cursillos en cambio se daban enormemente impregnados de respeto y afecto cuando incidían en cada persona concreta.

Sin embargo, como esta acción «apostólica» o «proselitista» tenía un éxito y una eficacia social imparables, aquella imagen de enfrentamiento como grupo, tanto frente a los católicos tradicionales como frente a los no creyentes o no practicantes, era una apreciación muy generalizada.

18 El nombre del Movimiento

Es curioso constatar que la imagen «agresiva» y «defensiva» de los Cursillos ha estado largo tiempo entreverada con el problema del propio nombre del Movimiento -aún no solucionado satisfactoriamente, según pienso-.

Al iniciarse los cursillos, en 1944, no se sintió la necesidad de diseñar un nombre propio específico para el método.

Se convocaban «cursillos», sin decir de qué o sobre qué, y quienes iban practicándolos se llamaban «cursillistas» aun después de los tres días, pero también sin adjetivos ni genitivos.

No es menos cierto que en ese período inicial, algunos comentaristas, en «Proa» o en documentos particulares, se referían a estos Cursillos como «de Jefes de Peregrino» o «de Peregrinos»; pero lo cierto es que sólo el Consejo Nacional de Acción Católica impartió cursillos de jefes de peregrino, y que los de Mallorca eran muy diferentes de aquéllos en su metodología y en su finalidad, como ya vimos. Se trata de una confusión por inercia, explicable sin duda en gente próxima al método pero no compenetrada con sus iniciadores.

Esa carencia inicial de nombre propio para el Movimiento, refleja a mi juicio dos aspectos destacables: en primer lugar, es expresión clara de la falta de triunfalismo y presunción con que Bonnín puso en marcha su proyecto, que también se reflejó en la ausencia de un organismo propio de dirección, o en su disposición a aceptar retoques metodológicos sugeridos o impuestos durante bastantes años (falta de triunfalismo ésta, claramente compatible con una fe plena en la potencia y en la universalidad del método); y en segundo lugar, la ausencia de nombre específico y emblemático del método en los primeros años, refleja un rasgo concreto de la personalidad de Bonnín, a quien siempre le ha costado mucho menos desarrollar o escribir un trabajo que encontrarle un título que le satisfaciera, y a quien siempre le han importado muy poco los títulos y las nominaciones.

Pero esta situación de carencia de identidad semántica, no podía durar ante las dimensiones que tomó el Movimiento.

Según mis noticias, en la «Vigilia de Pentecostés» que celebraron en Mallorca los jóvenes de Acción Católica en 1950, D. Sebastián Gayá tuvo una brillante intervención, muy en su estilo vibrante y casi épico, en la que propuso denominarles «Cursillos de Conquista». La propuesta tuvo su resonancia y su éxito en el clima de proselitismo y expansión que se vivía, y el nombre fue adoptado casi oficialmente, con reticencias sin embargo por parte de Bonnín, que se sentía cada vez más incómodo con una divisa tan agresiva.

Consecuentemente con esta sensación de incomodidad, Eduardo planteó el tema en una entrevista personal con el Doctor Hervás a principios de 1952, indicándole que debía cambiarse ese nombre «porque a nadie le gusta ser conquistado», y proponiéndole definir un nuevo nombre para el Movimiento, que indicase más claramente el contenido del método. Así, pensaba que podían denominarse «Cursillos de Evangelio», «Cursillos de Cristianismo» o «Cursillos de Cristiandad».

Sin que volviera a tratarse expresamente este tema entre los indicadores, el Doctor Hervás, en una de sus intervenciones más memorables y comprometidas, ante la Asamblea Anual de jóvenes de 1952, proclamó solemnemente que el nombre justo para el Movimiento era el de «Cursillos de Cristiandad».

De inmediato, la revista «Proa» y todos los dirigentes asumieron con entusiasmo el nuevo nombre, que se perennizaría y recibiría sanción papal años más tarde.

Es indudable que, para la cultura de los años 50, el nombre propuesto era un acierto. Los cursillos aspiran a contribuir a cambiar la realidad del mundo mediante el mensaje del Evangelio. Y en la concepción tradicional y escolástica, mientras la sociedad propiamente religiosa es la Iglesia, la sociedad civil cuando ha sido impregnada por el cristianismo se designa como Cristiandad.

Tiene por tanto el nombre adoptado un aspecto netamente positivo: el de subrayar que los Cursillos no centrarán su finalidad en mejorar o potenciar a la Iglesia-institución, sino en fermentar evangélicamente la vida civil y laica de los ambientes humanos.

El momento era especialmente sensible además a este planteamiento, ya que las reiteradas llamadas de los Papas Pío XI y Pío XII a un mundo mejor edificado sobre la fe, a un orden nuevo con el sello de lo divino, etc, se complementaban con voces de nueva esperanza, como la de Jacques Maritain en «La Nueva Cristiandad», que centraba democráticamente ese orden nuevo en la adhesión libre y personal de los ciudadanos, en las antípodas del principio medieval «cujus regis eius religio» -de tal rey, tal religión-.

Pensamiento, el de la Nueva Cristiandad de Maritain, muy en línea con el planteamiento del canónigo belga Jacques Leclercq (tan próximo conceptualmente a D. Juan Capó), al anunciar que el objetivo ya no era «el estado confesionalmente católico, sino el estado socialmente cristiano».

Pero ninguno de estos planteamientos de una cristiandad avanzada, propios del renacer democrático tras el fin de la II Guerra Mundial, pudo sobrevivir con fuerza a los debates necesariamente simplificadores del Vaticano II, aún más simplificados por los medios de comunicación social. En ellos, y especialmente en el posconcilio, quedó identificada «la Iglesia de Cristiandad» con la concepción constantiniana y medieval de la «conjunción de la Cruz y la Espada» y de la «alianza entre el trono y el altar», cuya versión actualizada al siglo XIX y XX sería el fenómeno descrito como «nacional-catolicismo», desde Maurras a Franco y Lefèbvre.

El descrédito de imagen y comunicación que desde el Concilio hasta hoy ha supuesto el genitivo «de cristiandad» ante muchos, entiendo que es tan evidente como injustificado, ya que en ningún momento ha pretendido nadie en Cursillos alumbrar una nueva Edad Media; ni siquiera los más tradicionalistas de entre sus iniciadores transmitieron nunca un mensaje similar, sino el de la evangelización del mundo por la evangelización de las personas. Pero la confusión estaba servida.

De ahí que desde los años 70 Eduardo Bonnín haya planteado de nuevo la conveniencia de modificar y actualizar el nombre oficial del Movimiento, para hacerlo más fácilmente inteligible a la mentalidad de este tiempo. Tanto Bonnín como yo mismo hemos sugerido que quizás el nuevo nombre podría ser el de Cursillos de Cristiania («Evidencias olvidadas» pág. 119). Pensamos que, al carecer este apelativo de significación expresa anterior, y sugerir claramente su raíz erística y su proyección en el tiempo, podría tener mejor suerte histórica que sus precedentes. Pero entendemos también que un cambio de nombre no puede llevarse a cabo ahora ya, si no es sobre la base de un amplio consenso dentro del Movimiento, y singularmente en sus organismos de coordinación internacional.

19 Los dirigentes históricos

En este contexto llegó el Movimiento en Mallorca a la celebración del cursillo nº 100, del 19 al 23 de mayo de 1954.

Es sin duda significativo hacer un breve balance estadístico de los 100 primeros cursillos de Mallorca (que en realidad, como queda explicado, fueron 105); es decir, del período comprendido entre abril de 1944 y mayo de 1954.

Este análisis nos permite ver que quien dirigió como rector más cursillos en la etapa inicial, fue con mucha diferencia Eduardo Bonnín: 65 veces; le siguen Bartolomé Riutort, rector en 18 ocasiones y Rullán, en 12. Mucho después, Andrés Vidal, que actuó de rector en 4, Antonio Ruiz (2) y Guillermo Estarellas (2), más tres seglares que fueron rectores una sola vez (José Ferragut, Bartolomé Arbona y Miguel Fiol).

Si descendemos al nivel de los seglares que actuaron de «profesores» en estos 105 primeros cursillos, observamos que quien actuó más veces como tal fue Cristóbal Almendro, que lo hizo en 39 ocasiones, seguido de Miguel Fiol, que participó en 32, y por Juan Moncadas que lo hizo en 20. A continuación volvemos a encontrarnos a Eduardo Bonnín, que participó como dirigente, sin ser rector, en 11 ocasiones, al que siguen muy de cerca José Luis Prim (10) y tres personas que actuaron en 9 ocasiones como profesores en este período más significativo: Antonio Darder, Juan Pla y Guillermo Font -de quién sólo he computado las listas en que aparece como profesor y no las que figura como «auxiliar», que son muchas más-. Considero también muy significativos a tres dirigentes que aparecen con seis intervenciones de este tipo cada uno de ellos: Andrés Rullán (aparte de sus 12 cursillos como rector), Bernardo Perelló y Jaime Moranta.

El análisis sobre participación de los sacerdotes arroja cifras aún más significativas y de algún modo sorprendentes.

Quien más veces actuó de Director Espiritual en este período inicial -hasta el cursillo nº 100- fue D. Miguel Fernández, que lo hizo en 30 ocasiones, seguido por D. Juan Capó que intervino como tal en 21. Como directores exclusivamente del Retiro inicial, D. Miguel intervino 3 veces y D. Juan, 2.

No menos curioso es que en esta fase fundacional D. Sebastián Gayá aparece como Director Espiritual de un sólo cursillo, el designado como nº 13, si bien «Proa» menciona también la visita que realizó la tarde del segundo día del cursillo, al designado como Cursillo nº 2, siendo Consiliario Diocesano. Con participación mucho más frecuente que D. Sebastián aparecen D. Jaime Capó, D. José Estelrich, D. Francisco Suárez, D. Jaime Davíu, D. Miguel Siquier, D. Guillermo Payeras, D. Antonio Cabot, D. Bartolomé March y D. Sebastián Jaume. No aparece en la relación quien sería el primer Delegado Episcopal en el Secretariado de Cursillos, D. Pedro Rebassa.

Esta relación permite extraer algunas conclusiones e invita a identificar y describir brevemente a las más significativas de estas personas que participaron en los orígenes de Cursillos de forma destacada.

Eduardo Bonnín tomó parte, entre 1949 y 1954, como queda dicho, en 76 cursillos, lo que supone una dedicación media a este concreto quehacer de 60 días al año; si a ello se une su participación semanal en un mínimo de cuatro reuniones de grupo; su presencia activa cada semana en la Ultreya y la Escuela de Dirigentes de Palma, y con gran frecuencia en las de los restantes pueblos y ciudades de la Isla; y se incrementa todo ello con sus periódicos e intensos viajes a Madrid y su trabajo profesional en la empresa titularidad de su padre, resulta sorprendente hasta extremos casi impensables para quien no haya sido testigo directo de su vida en esos años, que tuviera después todo el tiempo y el sosiego necesarios para atender sus más queridas actividades: el contacto individual, directo o epistolar, extenso y profundo, con cursillistas seglares y sacerdotes; las largas y diarias sesiones de mentalidad, elaborando o puliendo fichas y esquemas, solo o en grupo, en los entrañables -para mí- «festivals del pensament», que aún siguen teniendo lugar bajo este título, extraído de un verso del poeta Costa i Llobera, esmaltado en un baldosín siempre presente en el despacho-biblioteca de Eduardo; y finalmente, las largas horas diarias que dedicaba y sigue dedicando a la lectura de prácticamente todo lo que se publica en castellano y catalán sobre religión, filosofía y psicología, hasta el punto de que alguna librería mallorquina le utiliza para primer lector de todas las ofertas editoriales y, según su criterio, cursa un pedido mayor o menor de cada obra.

La clave de tanta intensidad hay que buscarla en la capacidad física y psicológica del propio Bonnín, y en su entrega personal a esta obra, pero también en datos aparentemente accesorios, que resultan trascendentales en la práctica para hacer posible lo extraordinario.

Así, la irrepetible forma de ser y de vivir de Jordi Bonnín, hermano de Eduardo, siempre consciente de que su callada misión era suplir con larga dedicación a la empresa familiar todas las horas que pudiera, para liberar algo más a su hermano, y que, al volante de su clásico Fiat «balilla» tantas veces sirvió de enlace y acompañante de todos.

Junto a la abnegada asistencia de Jordi, no menos trascendental resultaba la discreción y la caridad hecha cortesía de Dª. Mercedes Aguiló, la madre de Eduardo, y de sus hermanas, que se limitaban a sonreír cuando cuatro o cinco grupos distintos «invadíamos» al mismo tiempo y en horas intempestivas otras tantas estancias de su amplia pero no ilimitada casa familiar de la calle Sindicato de Palma. Debo añadir, finalmente, que quienes hemos vivido de cerca esa intensidad existencial de Eduardo, nunca hemos necesitado explicaciones de por qué permaneció soltero y nunca tuvo proyectos en contrario.

Desde una perspectiva «pía» se me indicaría que sugiero explicaciones demasiados «naturales» a algo que responde básicamente al soplo y a la fuerza del Espíritu. Entiendo que el Espíritu se complace casi siempre en actuar a través de lo natural y lo humano; verle o no, es cuestión de fe. Al fin y al cabo, como suele decir Bonnín, tendemos a olvidar que «el Dios creador es el mismo que el Dios redentor y que el Dios santificador. Los tres integran una reunión de grupo que se llama Trinidad».

Por lo que respecta a los demás dirigentes de cursillos más relevantes en sus inicios, algo queda dicho ya y más debe decirse: De Andrés Rullán, junto a su capacidad organizativa, destacaría su precisión conceptual, que le hacía especialmente temible en las controversias, siempre a medio camino entre un «cabeza cuadrada» y un especialista del arte de la esgrima; lo que tan bien engrana con su consistencia profesional de abogado.

Guillermo Estarellas, en cambio, da el perfil de un pragmático pedagogo, y tenía una pasmosa capacidad de improvisación.

Toméu Riutort personificaba la proverbial bonhomía isleña, con una insólita capacidad para una oratoria quizá decimonónica a ratos, que hasta salpicaba de citas en latín para pasmo de reverendos, y que contrastaba con su alegría meridianamente infantil.

En Juan Moncadas se une la brillantez personal con una singular capacidad de transmitir confianza. Juan es la simpatía inteligente. Chocaba, dentro de su brillantez, la velocidad que imprimía a sus palabras cuando hablaba en público: algunos discutían si la celeridad verbal era mayor en él que en D. Juan Capó.

Cristóbal Almendro ha sido un personaje arraigadamente español, pícaro y converso, genial y desigual, capaz de electrizar ambientes como pocos.

Antonio Darder es quizá -con Jaime Moranta- quien más encarnó la condición de amigo personal de Eduardo Bonnín en todos esos años. Su enorme cordialidad, cuajada de humor sentencioso, le da una irrepetible capacidad de seducción para la amistad, tanto con reverendos como con seglares.

De Antonio hay que decir también que tenía una real incapacidad de exposición escolástica de los temas; si al iniciar su intervención enunciaba el título de su «rollo», uno podía estar convencido de que hablaría de cualquier cosa menos de «aquello», pero que no habría forma de dejar de prestarle una atención maravillada.

Bernardo Perelló destacaba como un ejemplo difícilmente repetible de seglar-seglar, con una desbordante actividad que transmitía algo así como radioactividad evangélica.

Tan distinto a Jaime Moranta, hecho de sosiego y sentido común.

De entre los reverendos, como queda dicho, D. Juan Capó descollaba desde una personalidad compleja y admirable.

Se consideró y se le consideró siempre autoridad.

Para aproximarse a la figura humana y religiosa de Capó hace falta recordar el momento histórico. La Iglesia, con Pío XII, buscaba mantener la seguridad doctrinal que la escolástica había cincelado, y al propio tiempo proyectarla en los nuevos horizontes de la ciencia, de la realidad y del hombre modernos. Algunas personas, como Capó y Guardini, pienso que estuvieron a punto de combinar ambos aspectos, en una línea que el Vaticano II haría olvidar después rápidamente, al dinamitar el prestigio de la escolástica.

Capó encarna en la historia de Cursillos el papel institucional de aquella Iglesia de Pío XII, de forma irrepetible.

Por una parte dice sí -y un sí gozoso- a todo lo nuevo que nace con los cursillos, y por otra, siente como su primera misión la de preservar la ortodoxia del naciente grupo, para la que ve peligros en cada esquina.

La mirada electrizante, la palabra precisa y arrolladora y la risa contagiosa de Juan Capó nos transmitían una curiosa seguridad intelectual por persona interpuesta, y a la vez nos inspiraban una admiración rayana en el miedo al gran hombre.

Eso último era algo que flotaba especialmente en el ambiente con motivo de sus iras bíblicas ante una pregunta o un comentario que no era de su gusto -iras que solían ir seguidas de una de sus fortísimas jaquecas, durante las cuales hasta andábamos de puntillas para no turbar su descanso-.

Tras esas reprimendas colectivas de Capó, el ambiente sólo se distendía por alguna ironía de D. Miguel Fernández o de Bonnín.

Recuerdo ahora una intervención de Eduardo tras una de estas filípicas de Capó, que me parece reveladora de la personalidad de ambos: tras unos segundos de espeso silencio contrito de los dirigentes reñidos por Capó al haber preguntado una nimiedad, terció Bonnín: «D. Juan, una vez más le pedíamos un vaso de agua y usted nos ha soltado las cataratas del Niágara».

Junto a esto, la atención pormenorizada y personalísima con las personas que le rodeaban, su sensibilidad siempre abierta ante cualquier drama personal, su riguroso sentido de lo sacro y su dedicación múltiple, día y noche, a su quehacer en cursillos durante todos esos años.

En resumen, me atrevería a decir que Capó fue en esta primera etapa de cursillos algo así como el Ratzinger del movimiento, un Ratzinger vivo, activo y esperanzado, que resultaba tanto más asombroso en plenos tiempos de Ottaviani.

D. Miguel Fernández ofrecía, desde una irrepetible perspicacia, la condición de identificar con maestría tanto los problemas como las soluciones. Su tensión interior, que a veces se traslucía en su gesto, no restaba sino que añadía lucidez a sus diagnósticos.

D. Francisco Suárez destaca evidentemente por su inteligencia, que expresa a la vez con enorme contundencia y con el equilibrio y la suavidad de tono propios de su «romanidad», y que creo alcanza siempre su mejor dimensión en su innata vocación de ejercer como poder moderador.

De éstos y de otros sacerdotes tendremos nuevas ocasiones de hablar en capítulos sucesivos.

Baste quizá decir que después de bastantes años y búsquedas, sigo pensando que aquél fue el mejor equipo humano que ha emprendido y sostenido un proyecto en nuestro tiempo. Tan rico y diverso en sus integrantes, que sólo parece aglutinable en tomo a una gran idea, simple y profunda.

Tras este breve, incompleto y subjetivo «dramatis personae», hemos de retornar al relato histórico de los Cursillos al celebrarse el nº 100 de la Diócesis fundadora.

Ese Cursillo fue, según creo, la segunda ocasión en que el Doctor Hervás asistió a la clausura de un Cursillo. La primera había sido la del cursillo nº 25, donde dijo que más que en Monte-Sión de Porreres le parecía estar en el Monte Tabor, y entusiasmó a los cursillistas al afirmar que «diría que en la peregrinación a Santiago arrebatasteis la espada del Apóstol, haciendo un desgarrón en el Cielo por donde se derrama toda clase de Gracias». Después, en privado, no dejó de comentar que el acto había terminado tarde en exceso.

Por ello, en este cursillo nº 100, ante el anuncio de la presencia del Obispo en la clausura, tuvo que adelantarse la hora de celebración de todos los actos del tercer día, lo que supuso un madrugón metodológicamente absurdo para los cursillistas que asistían al mismo.

Todos esperaban que el Obispo tuviera una intervención tan vibrante y defensora de Cursillos como las que había realizado en el Cursillo 25 y en varias Asambleas anuales.

Pero monseñor Hervás, seguramente conocedor de la inquietud de la Nunciatura en España sobre Cursillos, desarrolló su discurso por unos cauces de moderación exquisita y de solemne llamada a la sumisión a la Jerarquía, que decepcionó a casi todos y se prestó a interpretaciones, no del todo sesgadas, sobre un distanciamiento entre él y Bonnín, que había intervenido -como «rector»- inmediatamente antes, y que era como todos sabían el dirigente que más defendía sus propios criterios ante los sacerdotes y el Obispo, cuando eran discrepantes.

20 Relevo episcopal

D. Jesús Enciso Viana, Obispo hasta entonces de la Diócesis de Ciudad Rodrigo, fue el designado para suceder al Doctor Hervás en la sede mallorquina.

Vasco de porte ascético, con un sentido de la autoridad poco común, guardaba las distancias tanto en público como en privado y hablaba con gestos mínimos en ese tono de voz baja pero inapelable, tan frecuente en los altos eclesiásticos.

En los ámbitos eclesiales españoles de aquel entonces era bastante más conocido su hermano Emilio, mentor de la Institución Teresiana, el Instituto secular femenino de enseñanza de espiritualidad indudablemente afín a la del Opus Dei, fundado en los años 20 por el Padre Poveda y Mª Josefa Segovia, como respuesta católica a la laicizante Institución Libre de Enseñanza. Esta era prácticamente la única «pista» que se nos ofrecía ante el anuncio del nuevo Prelado, y para Cursillos evidentemente no era ese un dato esperanzador.

A poco de su toma de posesión como Obispo de Mallorca, el Doctor Enciso participó en el acto de clausura de la Asamblea anual de 1955, la misma en que D. Juan Capó -sin duda viendo venir la riada- desarrolló una brillante y polémica ponencia analizando y rebatiendo las diferentes acusaciones teológicas que contra Cursillos se iban formulando, que publicó después y contrapesara así los argumentos contrarios a Cursillos que a buen seguro le habían llegado ya.

Entiendo que aquel acto fue el primer contacto del Obispo Enciso con el grueso del Movimiento de Cursillos. Por su carácter tan poco expresivo, me resultó imposible adivinar si la manifestación grandiosa de fe y entusiasmo que constituyó aquella Asamblea, le impresionó mínimamente. Sonrió y ladeó la cabeza cuando, al efectuar su entrada en el salón de actos del Instituto Ramon Llull de Palma, le recibió la salva de aplausos más cerrada que posiblemente hubiera escuchado en su vida; pero la sonrisa había desaparecido totalmente cuando, ya en el escenario y de pie, enfrentó a los cerca de tres mil jóvenes y menos jóvenes que también de pie seguíamos dándole un apabullante aplauso de bienvenida.

La decepción colectiva fue difícilmente describible cuando, en su monótono discurso a la Asamblea, el nuevo Obispo no dijo ni una sola palabra relativa a Cursillos, ni para censurarlos ni para apoyarlos, y se centró en desmentir acremente a un periodista local que le había atribuido mayor proximidad a las Congregaciones Marianas que a la Acción Católica, para terminar glosando la necesidad de una espiritualidad profunda y de mantener el espíritu jerárquico, recomendando singularmente la práctica de los ejercicios espirituales ignacianos.

Los equilibrios mentales que refleja el ejemplar de «Proa» nº 205 que relata la Asamblea y su acto de clausura, son fiel reflejo de los que por aquellas fechas intentaban muchos en el ámbito de Cursillos, perplejos ante la extraña actitud del nuevo Obispo.

En este clima de perplejidad siguieron celebrándose Cursillos en Mallorca normalmente, durante un año más, período que estuvo marcado por un objetivo cuidado como muy pocos: la iniciación del Movimiento en la nueva diócesis confiada al Doctor Hervás, Ciudad Real.

El Obispo Hervás se había llevado consigo a Ciudad Real a cuatro sacerdotes de Mallorca. Dos de ellos -D. Pedro Rebassa, que sería Vicario general, y D. Bartolomé Miquel, Secretario particular o «familiar» del Obispo, en terminología canónica-, apenas habían tenido participación en los Cursillos (pese a ser D. Pedro su primer «delegado episcopal»), mientras que los otros dos eran personas ya muy cualificadas en el Movimiento. Se trata de D. Jaime Davíu, que estaba considerado por muchos como el mejor discípulo de D. Juan Capó, de quien tenía evidentemente su rotundidad pero no su brillantez, y de D. Francisco Suárez, prestigioso canonista y persona de un alto rigor intelectual, con un estilo comunicativo muy diverso al de Capó y Davíu, menos efectista sin duda, pero no menos profundo e incisivo.

Davíu y Suárez habían coincidido en Mallorca en su dedicación a la «rama de aspirantes» o adolescentes de Cursillos, de la que ya hemos hablado. D. Jaime había sido Consiliario de este submovimiento, mientras que Suárez, al ser director espiritual en el colegio de enseñanza media de La Salle, había incidido también preferentemente en esta franja de edad, lo que se manifestaba claramente en el grupo que lideraba asimismo en la Parroquia del Sagrado Corazón, de la que fue Vicario. Davíu tenía indudablemente mucha mayor solera cursillista que Suárez, pero la mayor capacidad organizativa de éste fue decantando hacia él el protagonismo de futuro.

Muy poco después, algunos seglares de Ciudad Real se desplazaron a Mallorca para asistir a un Cursillo, y éstos, con aquellos reverendos, prepararon la iniciación del Movimiento en la nueva diócesis del Doctor Hervás.

La implantación de los Cursillos en Ciudad Real se hizo ya con criterios mucho más conservadores que los que presidieron su iniciación en Mallorca y en las diócesis periféricas de Cataluña. Se centraron inicialmente en hombres maduros, y concretamente en varones de cierta relevancia social. La presencia de jóvenes o de personas realmente alejadas antes de la Iglesia, pasó de ser la tónica a ser la excepción.

Por otra parte, la experiencia previa del enfrentamiento dentro del clero de Mallorca, motivó que el Doctor Hervás optase entonces por parroquializar al máximo el Movimiento, de modo que no se admitirían candidatos al Cursillo si pertenecían a una circunscripción donde el párroco no aprobara el Movimiento y no hubiera asistido previamente a un Cursillo. Se programaron para un segundo momento cursillos de mujeres, pero limitados a esposas o novias de cursillistas. Se implantó un perfil formativo a las Ultreyas.

Se comprimió el programa del tercer día del cursillo para que la clausura finalizara a una hora más «civilizada», etc.

Se inició la actuación en Ciudad Real con tres cursillos en que participaron dirigentes de Mallorca. Así, el primero se celebró del 17 al 21 de diciembre de 1955, con D. Jaime Davíu de director espiritual, Eduardo Bonnín de rector y de profesores el mallorquín Juan Moncadas y los ciudadrealeños Santamaría, de la Peña, Calahorra y Sánchez de la Nieta.

La vivencia y el estilo, pese a todas las cautelas antedichas, correspondió básicamente al genuino contenido fundacional de los Cursillos, al menos en una primera fase. Entiendo que así queda de manifiesto en el tono y el contenido de la primera publicación que efectuó el Secretariado de Cursillos de Ciudad Real, «Realidades y Experiencias», que vio la luz muy poco después de la Pastoral del Doctor Enciso, que consumó la incomunicación oficial entre los Movimientos de ambas diócesis, parcialmente salvada por la vigencia de las relaciones interpersonales ya existentes entonces.

Habrá que volver sobre las características y especialmente sobre la evolución de los Cursillos en Ciudad Real, pero en este momento debemos centrarnos nuevamente en Mallorca, donde está a punto de publicarse la célebre Pastoral del Obispo Enciso.

21 La «Pastoral» del Doctor Enciso

Apareció el critico documento episcopal, bajo el título de «Carta Pastoral sobre Cursillos de Cristiandad», en el Boletín Oficial de la Diócesis de Mallorca, el 25 de agosto de 1956. Tuvo especial trascendencia que el Obispado ordenara que el texto fuera también publicado -y por entregas, durante una semana- en el «Diario de Mallorca», sin comentarios ni apostillas editoriales, en uso de la facultad que correspondía a la Iglesia Diocesana como accionista mayoritario de dicho popular periódico.

Se convirtió así la Pastoral no sólo en un instrumento doctrinal y disciplinario interno, sino en un auténtico escándalo social, en el que todos los adversarios de Cursillos en la Isla convertían las palabras del Obispo en menosprecio y humillación para los cursillistas, y con motivo del que muchos cursillistas de convicción aún poco arraigada, se sintieron o bien defraudados, o bien liberados de previos compromisos interiores.

Al repasar ahora el contenido de esa Pastoral, sorprende su patente superficialidad argumental. Los Cursillos -viene a decirse- han generado frutos buenos y frutos malos. Se menciona como fruto bueno, en escasísimas líneas, la conversión de muchos alejados; y se detallan ampliamente numerosos «frutos malos», como la división de los fieles -que se imputa gratuitamente sólo a Cursillos-, el uso de vocabulario inapropiado, el olvido de las postrimerías y el abandono de determinadas prácticas piadosas. Por lo anterior, ordena suspender toda actividad del Movimiento en la Diócesis hasta que, tras mayor reflexión, el propio Obispo dicte nuevas normas.

El Secretariado en pleno acudió a cumplimentar al Doctor Enciso, acatando la Pastoral y disintiendo de su contenido.

El Obispo les dio a entender que no contaba con ninguno de ellos para la reanudación de los Cursillos «readaptados». A la salida de esta entrevista, las reacciones personales fueron dignas de comentario. Pedro Sala no podía creer que no estaba soñando; «Pep» Monjo -deslenguado como pocos- pedía a los reverendos que le absolvieran, pero después de decir algunos tacos a la salud de su Ilustrísima; D. Juan Capó, ensimismado, indicaba que no hay mal que por bien no venga, y que así en adelante «podré dedicarme a lo mío», con lo que D. Miguel Fernández y Eduardo Bonnín se preguntaban entre risas qué seria «lo suyo», si no eran los Cursillos.

La Pastoral se publicó un jueves, que era el día de la Ultreya en Palma. Acudió a la cita una multitud de jóvenes pasmados y dolidos, en un silencio impresionante; Capó tuvo una intervención memorable, la única de la reunión, indicando que había llegado el momento de «crecer por dentro».

Eduardo Bonnín creyó su deber solicitar audiencia privada con monseñor Enciso para transmitirle el drama de muchos cursillistas, desconcertados ante la Carta Pastoral.

Según me contó, planteó socráticamente al Doctor Enciso la siguiente cuestión: «si un obispo me afirma que he estado en tal fecha en tal país, y no es cierto, mi deber como católico, ¿es decir que he estado o no?». La lógica respuesta negativa del prelado, fue apostillada por un terminante «entonces lo que dice en su Pastoral no es verdad, Sr. Obispo»; a lo que el Doctor Enciso replicó que se atenía íntegramente a su Pastoral: «¡esto es lo-que-yo-quie-ro!», precisó, y dio por concluido el diálogo.

Esta frase, pronunciada con marcado acento del Norte.

-«lo que yo quiero»-, la repetiría tantas veces en público y privado el obispo, que llegó a hacerse chascarrillo entre los cursillistas, que procurábamos no perder el sentido del humor.

A partir de esos momentos, se generaron una serie de hechos realmente trascendentales en la historia subsiguiente de Cursillos.

22 La «Pastoral» del Doctor Hervás

Una de las consecuencias del «baculazo» del Doctor Enciso fue que, al menos momentáneamente, el centro de gravedad de Cursillos se trasladó automáticamente desde Mallorca a Ciudad Real, recién nacida al Movimiento. Esta traslación geográfica coincidió además con un período de enfermedad (una afección cutánea grave, según creo) del Doctor Hervás, que aprovechó su forzado reposo para preparar junto con su equipo de colaboradores -y especialmente de D. Francisco Suárez- la obra más completa que sin duda se haya escrito hasta la fecha sobre Cursillos, «Los Cursillos de Cristiandad, instrumento de renovación cristiana» (Euramérica, 1957), a la que con plena valentía dio también el rango magisterial de Carta Pastoral.

Este libro, cuya relectura recomiendo sin reserva alguna, junto con su apoyo de siempre, hace del Doctor Hervás sin duda alguna y con toda legitimidad «el Obispo de Cursillos», como tantas veces se le ha llamado, aunque no le convierta en fundador, como sus allegados pretendían hacerle creer y hasta quizás él llegó a creerse.

A Ciudad Real «le tocó» un protagonismo para el que sin duda sus sacerdotes más caracterizados en Cursillos -Suárez y Davíu-, estaban plenamente capacitados, pero que sorprendió a sus seglares en plena adolescencia metodológica, lo que inevitablemente escoró el Movimiento al estribor clerical consiguiente. Vicente Santamaría, Pepe Calahorra, Calatayud, Carretero y Pedro Martínez eran sin duda «gente encantadora», pero como rectores de Cursillos en la diócesis referencial del Movimiento, presentaban un déficit de seglaridad -entendida aquí como realidad dialécticamente integrada con la Iglesia institucional- que resultaba evidente.

En esta época nos tocó oír de estos seglares con afán de liderazgo nacional e internacional, los mismo argumentos, las mismas llamadas a la cautela -al bien posible y al mal menor- que tan avezados estábamos a escuchar de nuestros reverendos.

En el grupo dirigente de Ciudad Real destacaban sin duda algunos dirigentes de personalidad más singular, como el matrimonio Caro -Juan y Amalia-, después finalmente diluidos en el ambiente clerical reinante. El caso de Paco Menor, una suerte de Cristóbal Almendro de la Meseta, era pintoresco y no significativo.

Téngase en cuenta que la Pastoral del Doctor Hervás, por su profundidad y su claridad, supuso un visado nacional e internacional de primer orden para Cursillos. Casi de inmediato, las diócesis españolas de Vitoria, Pamplona, Albacete, Teruel, Murcia, Málaga, Guadix y algunas más, «llamaron» a Ciudad Real para que implantara allí los Cursillos, pese a haber albergado en el pasado, en su mayoría, al Movimiento reformado de los «Cursillos de Militantes». En estas diócesis cuajarán dirigentes que tendrán un peso indudable en los años siguientes, en el Movimiento: José Mª Casanovas y el Padre Victoriano Arizti de Vitoria, el juez Belloch en Teruel, etc... son aquí de referencia obligada. Y después hablaremos de la proyección internacional.

23 Sanciones episcopales y éxodo sacerdotal

En Mallorca, el hecho crucial de la Pastoral del Doctor Enciso generó dos órdenes muy diferenciados de efectos: la diáspora clerical y la profundización seglar.

En efecto, los sacerdotes más caracterizados en el Movimiento de Cursillos de Mallorca llegaron a la conclusión, masivamente, de que mientras en su diócesis no se les ofrecería ya ninguna posibilidad seria de proseguir su verdadera línea pastoral, en otras muchas latitudes eran requeridos y apreciados precisamente por tener la experiencia que en Cursillos habían adquirido. Sin duda hubo dos hechos disciplinarios que les confirmaron en la creencia de que el Doctor Enciso no cedería ni un ápice en su línea de excluir cualquier acción expresamente cursillista o simplemente no disciplinada, y que les confirmaron en su tentación de cambiar de aires.

El primero de estos hechos fue la expulsión de la diócesis del Hermano (de La Salle) Miguel Royuela.

Como ya he dado a entender, por esas fechas era yo el líder más conocido de Cursillos entre el alumnado del Colegio La Salle de Palma, en un trabajo que llevábamos en equipo con Pablo Vallbona, Antonio Doménech, Juan Aguiló y tantos otros, junto con el Hno. Miguel -un lúcido profesor de filosofía, especializado en pedagogía de la moral, alegre como un chiquillo y tozudo como un buen aragonés-, y el Hno. Jaime Mestre, muy unidos a D. Sebastián Jaume, que había sucedido a D. Francisco Suárez como Director Espiritual del Colegio.

Como consecuencia, me tocó vivir de cerca el incidente Enciso-Miguel Royuela. Este creyó su deber de conciencia enviar al Obispo, tras la Pastoral, una larga carta explicando su experiencia en Cursillos y los «buenos frutos» que el Movimiento había causado en él mismo, en su Comunidad religiosa, en el alumnado y en sus familias. Enjuiciaba la Pastoral con respeto, pero cualquiera entendía que el escrito descalificaba rotundamente los argumentos del Obispo.

La respuesta del Obispo, aunque indirecta, fue fulminante.

Hizo saber a los superiores de La Salle en España que el Hno. Miguel era persona no grata en la Diócesis de Mallorca, por lo que debían darle de inmediato otro destino, lo que lógicamente el Provincial hizo con pesar y prontitud, enviándole de Director al Colegio de Paterna, cerca de Valencia, donde más tarde volvería yo a vivir con él algunas curiosas peripecias en Cursillos.

Miguel Royuela era un hombre de símbolos; siempre recordaré que después de leernos el pasaje evangélico en que Cristo indica a sus discípulos que «cuando os echen de alguna ciudad, sacudid el polvo de vuestras sandalias y seguid camino», nos invitó al grupo de más confianza a acompañarle hasta la Catedral. Y allí, casi frente a la gótica Puerta «del Mirador», encarando al mar, muy junto al Palacio Episcopal, se quitó los zapatos y los sacudió con fuerza contra la piedra de siglos, mientras tras sus gafas anticuadas su emoción se hacía demasiado visible. Salió a la noche, en el barco, y nos prohibió cualquier despedida sonora o notoria.

Le cantamos muy bajito el «De colores» a pie de escalerilla.

Al poco tiempo me tocó ser protagonista involuntario de un nuevo incidente episcopal seguramente relacionado con esta expulsión. El Doctor Enciso, sin duda agradecido a la institución lasaliana por su disciplinada respuesta, visitó nuestro colegio oficialmente muy poco después. La florentina diplomacia que tan a menudo rige las relaciones intraeclesiales, hizo que la Dirección acordara que fuera yo quien pronunciara las palabras de bienvenida al Obispo. Preparé una intervención en la que expuse que en el Colegio y singularmente en Cursillos habíamos aprendido a querer a la Iglesia, y por tanto al Obispo. El Doctor Enciso, visiblemente malhumorado, se volvió hacia el Hno. Director y hacia D. Sebastián Jaume, y preguntó en voz alta, que lógicamente me dejó cortado: «¿quién le ha escrito el discurso al muchacho?».

Puedo asegurar que no había recibido ninguna instrucción, ni siquiera una sugerencia, para mencionar a Cursillos.

Y quizá fue casualidad, pero unas semanas más tarde D. Sebastián fue trasladado como Vicario a un pueblo del interior de la Isla, Alaró, donde seguí colaborando con él bastante tiempo.

La segunda medida disciplinaria individual del Doctor Enciso «versus» Cursillos tuvo mucha más repercusión histórica.

D. Francisco Suárez vino a pasar sus vacaciones de verano a Mallorca, como hacía desde que se fue a Ciudad Real, y a sus misas veraniegas solían acudir cursillistas ansiosos de noticias de la diócesis ahora depositaria del carácter «nutricio» del Movimiento. En su primera homilía de ese verano, era inexcusable alguna referencia al drama que estaban viviendo los cursillistas de Mallorca. Con su acostumbrada precisión de canonista, Suárez recordó la viejísima doctrina de que el Magisterio corresponde al conjunto de los Obispos en comunión con el Papa, pero no a cada prelado individualmente considerado, mientras que la autoridad de cada Obispo sí es plena en su territorio, dentro de sus competencias canónicas, pero no existe fuera de ellas, y en concreto en el fuero interno de cada cual.

El autoritario Doctor Enciso no podía tolerar tanta osadía, y fulminó a Suárez con un «Monitum» en el que le suspendía «a divinis» en su jurisdicción. Lo que equivale a prohibirle administrar cualquier sacramento -Eucaristía incluida- y predicar, indefinidamente en el tiempo.

La respuesta de D. Francisco fue mucho más sonada y propia de un canonista de nota como es él: se acogió a la jurisdicción castrense, ya que al menos en España los militares constituyen una diócesis personal, exenta, en sus recintos, de sumisión al ordinario del lugar, por tener su propio Obispo -el Vicario General Castrense-, con jurisdicción en toda España.

En uno de los cuarteles del ejército próximos a Palma continuó D. Francisco Suárez diciendo Misa, predicando y administrando confesiones, con total naturalidad. Pese a la expectación de muchos, se negó sin embargo a convertir sus actos ministeriales en núcleos de rebeldía.

Estos hechos crearon sin duda el clima determinante de la diáspora clerical a que he hecho referencia.

D. Sebastián Gayá, por ejemplo, aprovechó de inmediato la invitación del Cardenal de Tarragona para incorporarse a la dirección del Secretariado Episcopal de Migraciones que el purpurado presidía, y que suponía residir en Madrid, con gran movilidad por los países de Europa a donde en aquellos años acudían en masa trabajadores españoles emigrantes; lo que posteriormente facilitó la introducción de Cursillos en Centroeuropa, un tanto lastrada por centrarse en una población marginal y transitoria.

El propio D. Juan Capó tomó parte en una oposición a canónigo de la diócesis de Córdoba, que conllevaba cátedra de teología en su seminario, y la ganó brillantemente, lo que supuso su traslado a Andalucía.

D. Antonio Cerdá, capellán Castrense, pese a no caer bajo la jurisdicción canónica del Doctor Enciso, quedaba privado de su amplia actividad en todo el ámbito no militar, en Cursillos, por lo que pidió su traslado a Lleida. El incidente Suárez no fue ajeno a esta decisión, seguramente.

Por otra parte, un amplio grupo de sacerdotes jóvenes de Mallorca, más o menos vinculados hasta entonces a Cursillos, bajo el liderazgo de D. Miguel Fernández, se trasladó a realizar su misión pastoral a la República de Perú, al amparo de la entonces dinámica Obra de Cooperación Sacerdotal Hispano Americana. La trayectoria de este grupo es digna de mención, aunque con ello adelantemos acontecimientos; después de una etapa en la que estos sacerdotes implantaron y dirigieron cursillos en algunas diócesis peruanas -Piura, Trujillo y Lima- tuvieron como grupo una pronunciada evolución en el entorno del Vaticano II, muy en línea con la naciente teología de la liberación, que les llevó a posicionamientos muy críticos o revisionistas sobre el Movimiento.

Del grupo, además de D. Miguel -el gran olvidado de la historia de Cursillos hasta ahora-, destacan Fernando Bonnín, hermano menor de Eduardo, hoy cura-obrero (taxista) en Mallorca, que mantiene una línea de compromiso socialista democrático, y que hasta su etapa peruana iba adquiriendo una incidencia creciente en Cursillos, pese a las reticencias de Eduardo ante lo que pudiera parecer la germinación de núcleos de protagonismo familiar; y por otra parte, Jaume Santandréu, un incansable y originalísimo sacerdote, hoy volcado hacia los sectores más marginales de la sociedad mallorquina (vagabundos, drogadictos, etc).

En otros casos se produjo, entre los sacerdotes procedentes de Cursillos, una especie de exilio interior, reconduciendo su dedicación a labores eclesiales de menor riesgo coyuntural, permaneciendo en la Isla y disgustándose visiblemente si los cursillistas seglares pretendíamos seguirles frecuentando.

Lo cierto es que esa diáspora facilitó grandemente la expansión territorial de Cursillos, pero dio al proceso de exportación un tinte de acusado protagonismo sacerdotal, que marcaría los contenidos y las formas del Movimiento en muchas latitudes, privándolo de la tensión creativa entre sacerdotes y seglares que fue tan característica de la etapa fundacional de Cursillos, y sin la que -a mi juicio- el movimiento no consigue nunca ser genuino.

24 El grupo seglar en la crisis

En la otra cara del proceso, los seglares cursillistas, en Mallorca, nos quedamos, como suele decirse, más solos que la una. Salvo casos aislados de «curas de pueblo» que seguían mostrándose cursillistas sin ambages -como el ya citado D. Sebastián Jaume o su párroco en Alaró, D. Bartolomé Bennásar, o en Manacor primero y Artá más tarde D. Mateo Galmés, y como D. Miguel Femenías en Campanet y Siquier en Buger-, la tónica fue de retirada incondicional y temerosa, especialmente en Palma Capital, donde el aspecto ministerial que precisásemos, y hasta la búsqueda del simple consejo privado en la tribulación, nos exigió aprovechar lazos casi siempre ajenos a Cursillos, como D. Pedro Amorós y el Padre Reynés. Caso aparte fue el capuchino Padre Francesc de Barcelona, que al atendemos quedó evidentemente desbordado, incómodo con nosotros y más incómodo aún con el Obispo.

Pero lo cierto es que el grupo de seglares que trabajábamos cerca de Bonnín, acertamos a aprovechar esa época de crisis como pocas otras ocasiones. La supresión de la acción corporativa del Movimiento -Cursillos, Ultreyas, Escuelas, Clausuras, etc-, por una parte nos daba tiempo y reposo para profundizar en los planteamientos básicos de concepto, de estilo y de método, y por otra, suponía un reto a nuestra creatividad, no inferior al de la etapa realmente fundacional.

En este último aspecto, debemos recordar una vez más que nos movíamos entonces en el marco de la legislación de la España de Franco, y que por tanto, si no era la Iglesia-institución la que acogía nuestras reuniones, no disponíamos de libertad civil para reunimos al margen de ella, sin depender del arbitrio discrecional de la autoridad gubernamental en cuanto a la celebración, teniendo que exponerle con antelación el orden del día, y aceptando en todo caso la presencia de un «delegado gubernativo». Y ello siempre que la reunión implicara a más de 6 personas, aunque fuera a celebrarse en locales privados o casas de familia.

 

a) actividad local

Nuestra primera reflexión fue admiramos de que, por su propia metodología, la reunión de grupo quedaba a salvo de cortapisas disciplinarias, tanto eclesiásticas como civiles, al tener un máximo de 6 miembros. Y ahí, en tomo a las reuniones de grupo, debíamos orbitar toda nuestra estrategia.

Pero las reuniones de grupo necesitan para su plena viabilidad moverse en el marco de interacción e intercomunicación que supone la Ultreya.

Habíamos dicho a menudo que lo menos importante de la Ultreya son los «rollos» o charlas colectivas, y éste era el momento de demostrarlo.

La Plaza Mayor de Palma de Mallorca, como la de tantas ciudades en el mundo latino, es un rectángulo porticado, donde existe una considerable concentración de bares y cafeterías.

Si cada reunión de grupo acudía a la Plaza Mayor el mismo día de la semana, a hora similar, y ocupaba una mesa de alguno de sus bares para celebrarla, no hacía falta después sino comenzar un movimiento entre mesas, de grupo en grupo.

Resultaba todo un espectáculo ver la precisión con la que de una mesa se levantaban dos de las seis personas, que acudían a saludar a los componentes de otra mesa de otro bar, de la que automáticamente dos salían de nuevo hacia un tercer grupo, y así hasta cerrar el ciclo.

Cuando, después de nuestra reunión de grupo propiamente dicha, acudíamos a otras mesas, contábamos el «momento más cerca de Cristo» de cada uno en la semana, y comentábamos la marcha y las inquietudes del otro o de los otros grupos en que habíamos participado.

Al mismo tiempo algunos paseaban bajo los pórticos, de dos en dos, cuando alguien necesitaba una mayor atención.

Cerca teníamos siempre localizado a algún reverendo por si surgía alguna petición de confesión o consulta.

El éxito de esta «Ultreya silvestre» -como alguien dio en llamarla- fue trascendental para mantener la cohesión del conjunto de cursillistas y la ilusión colectiva. El número de asistentes creció en poco tiempo hasta un nivel en que ya nos era difícil encontrar mesas disponibles en los bares, con gran satisfacción de sus dueños, aunque los camareros poco menos que alucinaran ante el problema de saber qué clientes correspondían a cada mesa y consumición.

Se disolvió esta experiencia el día en que levantaron el veto para que Bonnín pudiera volver a asistir a las reuniones que también con el nombre de Ultreya organizaron más de un año más tarde los nuevos responsables de Cursillos nombrados según directrices del Doctor Enciso, como después veremos.

El entramado de la Ultreya de la Plaza Mayor requería a su vez el funcionamiento de un grupo más reducido que vertebrara el conjunto, como corresponde a una verdadera Escuela de Dirigentes. La presencia de Bonnín en distintas reuniones de grupo de dirigentes, permitió que sin realizar reuniones colectivas de Escuela, los más decisivos sincronizaran su actuación mientras al propio tiempo examinaban los avances que se realizaban en mentalidad y criterios, y que quedaban informados de la actividad y los contactos exteriores.

Como puede deducirse, la pujanza de este movimiento nada clandestino pero absolutamente extraoficial, puso cada vez más de manifiesto la necesidad de contar con un instrumento que, como el cursillo, facilitara el encuentro básico a quienes estuvieran en búsqueda consigo mismos y con el Evangelio, ya que la acción de cada uno en su ambiente seguía fructificando en muchos, y el no poder invitarles a un cursillo nos suponía una frustración considerable.

Como «la caridad es ingeniosa» -según frase de S. Pablo que le gusta repetir a Bonnín-, se nos ocurrió diseñar, al fin indicado, el «Cursillo de a uno», obra de artesanía, evidentemente sólo útil en tiempos de una crisis como la que estábamos atravesando.

Se dieron varios cursillos individuales, con pleno éxito, procurando seleccionar al máximo los candidatos. Se iniciaba cada uno de los tres días con una misa muy temprana, normalmente en la iglesia de los padres capuchinos, a la que asistían según lo previsto el cursillista en cuestión y el equipo de dirigentes en pleno, y a la que solíamos unimos bastantes otros cursillistas, sin identificamos al candidato, pero testificando así la «intendencia» que estábamos realizando.

Tras un desayuno en común -equipo directivo y cursillista- en un bar próximo, el encargado del primer «rollo» del día quedaba a solas con el candidato; tras la charla, necesariamente dialogada, acudían al domicilio o al lugar de trabajo del dirigente a quien correspondía el siguiente rollo. Las comidas se hacían en pequeño grupo -el candidato y dos o tres de los dirigentes-, procurando transmitir en ellas toda la alegría y animación del ambiente que el clima colectivo de un cursillo normal expresa tan fácilmente. Combinar qué charlas o rollos se desarrollaban paseando o en local cerrado dependía de las costumbres de cada quien y del clima atmosférico, pero era un elemento importante. La colaboración del Padre Francesc de Barcelona en estos cursillos individuales fue muy destacada.

El equivalente a la clausura era la incorporación del nuevo cursillista a la Ultreya de la Plaza Mayor, en un clima a la vez catacumbal y distendido, a Dios gracias irrepetible.

Pero el panorama no se despejaba sólo con estas medidas, ya que la situación era realmente compleja.

Por una parte, fueron muchos los seglares cursillistas que ante la descalificación del Movimiento por el Obispo, y la pérdida de contacto a través de las reuniones colectivas, más la no disponibilidad de los sacerdotes con que anteriormente se comunicaban, simplemente se fueron alejando, o procuraron olvidar su anterior y esforzada actitud. Era una reacción muy humana y comprensible, pero que exigía una respuesta.

Diseñamos al efecto con Bonnín un esquema sobre «técnica de la repesca», y nos propusimos irlo aplicando a los cursillistas «despistados» a raíz de la Pastoral del Obispo Enciso; consistía en unos criterios muy flexibles, a desarrollar una vez más como labor de artesanía, desde un grupo a una sola persona, que renunciamos a aplicar a los que por razón de la circunstancia habían pasado de actuar en Cursillos a hacerlo en otra obra o institución de la Iglesia, no fueran a acusamos nuevamente de dividir a los fieles.

Creo recordar que este concreto proyecto hizo posible, en su primer año, la reincorporación a la participación activa en Cursillos de 14 seglares.

De otro lado, iban surgiendo personas que mostraban actitud y aptitud para ser dirigentes, pero no podíamos contar con los resortes propios del método para promoverlos interiormente, ni con el contacto con sacerdotes que históricamente habían servido para la maduración de los criterios personales (y también, en ocasiones ¿por qué no decirlo?, para su deformación).

Como ahí, en la renovación de los equipos dirigentes, está siempre la clave del futuro, se dio a este proyecto la máxima importancia. Se diseñaron dos baterías de esquemas; una, la «Guía de los que se vuelcan» era aplicable con carácter más general a quienes mostraran inquietudes de «más y mejor»; el otro conjunto de esquemas, que denominamos «Tratamiento individual», es un proyecto muy denso, de cuya eficacia en la maduración personal y evangélica, en las contadas ocasiones en que ha llegado a aplicarse correctamente y sin recortes, puedo dar fe.

Eramos conscientes de que ambos instrumentos metodológicos -la Guía y el Tratamiento- tenían plena validez también en los lugares y momentos en que los Cursillos no estaban en crisis o perseguidos, por lo que trasladamos nuestra experiencia a los grupos más afines, e incluimos después ambos trabajos en la parte final de Vertebración de Ideas. El esfuerzo para personalizar el mensaje -con éstos y otros instrumentos- será siempre una exigencia básica que, como todas en Cursillos, es conveniente reducir a método.

Con el tiempo, cuando la diócesis intentó montar «otros» Cursillos -como después veremos- nos encontramos con que de ellos surgían con alguna frecuencia personas con gran inquietud, próximas ambientalmente a alguno de los cerca de 400 que manteníamos el Movimiento fundacional en Mallorca durante la crisis. La relación con ellos era muy delicada, y por nuestra parte teníamos plena fe en que la crisis sería pasajera y se produciría una convergencia de lo más vivo de ese «pseudomovimiento» oficial con el grupo que mantenía el espíritu y el criterio iniciales. Para afrontar esta cuestión, se elaboraron los esquemas de «Cursillistas en rodaje», a aplicar aproximadamente un mes o dos después del cursillo o experiencia similar. Lo cierto es que algunos de los dirigentes mallorquines de mayor proyección posterior -como Jaime Radó y Miguel Sureda- surgieron de este planteamiento, también evidentemente aconsejable para cualquier contexto, de crisis o expansión, en Cursillos.

b) actividad exterior

Todos los esfuerzos que hemos descrito, dirigidos a mantener vivo, activo y en punta el Movimiento en la Mallorca del Doctor Enciso, se realizaban muy vertebrados en torno a Bonnín, sin descuidar otra dimensión que nos parecía esencial: la acción y proyección exterior.

Ya que en la Isla fundacional se nos cerraban tantas posibilidades, habíamos de volcarnos en lo posible hacia otros territorios. La actividad epistolar de muchos de nosotros en esos años fue muy amplia, dentro de esa finalidad. Pero, aparte de las cartas, hubo varios frentes geográficos concretos en los que se volcó la ilusión y la actividad.

El más importante de estos frentes, sin duda alguna, fue el de los Estados Unidos de América.

Se daba la circunstancia de que al último de los cursillos celebrados antes de la Pastoral del Doctor Enciso, asistió como cursillista un joven teniente de aviación, Bernardo Vadell; un hombre de una enorme simpatía personal, listo e irónico como pocos, que aprovechó el cursillo con total intensidad.

Al poco tiempo se le confirmó que dentro de los acuerdos de cooperación militar España-USA, participaría en un curso de especialización en el manejo de reactores de combate, en una base militar próxima a Laredo, en Texas.

Cerca de allí -en Waco, diócesis de Austin- residía entonces el Padre Gabriel Fernández, un franciscano mallorquín que había contactado con Cursillos en la Isla años atrás y que estaba deseando poderlos implantar en las tierras misionales de Junípero Serra.

El curso militar en que iba a participar Vadell podía ser la oportunidad buscada por el Padre Fernández. Con esa idea, Vadell se sometió a una intensísima preparación sobre metodología de Cursillos en el poco tiempo que le quedaba hasta su marcha a Norteamérica. Su capacidad de asimilación era muy alta, y además, como buen aviador, mostraba una capacidad de improvisación considerable. Al partir, en su maleta había más «material» de Cursillos que enseres personales.

Al llegar a Texas resultó que al mismo curso asistía otro oficial español, Agustín Palomino, Cursillista de Ciudad Real, hombre de gran espíritu, de temperamento menos optimista y arriesgado que Bernardo, y que por entonces -como era natural- desconocía por completo la metodología de Cursillos.

La labor previa que Vadell, Palomino y el Padre Fernández realizaron con gran intensidad, cuajó en la celebración del primer cursillo en Estados Unidos, en la diócesis de Austin, en mayo de 1957. A este cursillo siguieron otros muchos, en varias diócesis norteamericanas. El nuevo mundo.

La correspondencia entre Texas y Mallorca en esta época fue un elemento decisivo para mantener e impulsar el ambiente de los proscritos cursillistas de Mallorca.

La convergencia en este esfuerzo de gente de la Isla y gente de Ciudad Real hizo que se reprodujeran allí, al cabo de un tiempo, las tradicionales tensiones del Movimiento de Cursillos entre línea seglar y línea oficial, que hicieron sufrir bastante en ocasiones al bueno del Padre Fernández, más proclive a los criterios del grupo fundacional de Mallorca.

Quizá valga la pena mencionar ahora que la peripecia personal subsiguiente de aquellos dos seglares españoles que iniciaron los Cursillos en Estados Unidos, no ha podido ser más divergente.

Bernardo Vadell, a su regreso de América, fue experimentando -como otros muchos españoles en los últimos años del general Franco- una evolución de sus criterios políticos claramente escorada hacia la izquierda; evolución que propiciaba especialmente su esposa, Carmen Nadal, y que le hizo progresivamente insostenible su permanencia en el ejército, aún sólidamente posicionado durante aquellos años en el franquismo más conservador. Como consecuencia de ello, Vadell se convirtió en piloto civil de las líneas aéreas españolas, y en sus frecuentes viajes a Latinoamérica tuvo algún contacto con grupos revolucionarios del Cono Sur americano. Su nueva ideología entiendo que en ningún momento le llevó a acciones directas y revolucionarias, sino que se limitó a gestos de solidaridad.

El gobierno del general Franco en sus últimos años tendía a considerar como terroristas a la práctica totalidad de sus opositores, según un «reflejo» típico de todos los regímenes dictatoriales. En este contexto, y dentro de una complicadísima y kafkiana serie de casualidades y malos entendidos, Vadell fue encarcelado, acusándosele en la prensa de colaborador con terroristas vascos, lo que, según todas mis informaciones, era simplemente infundado, pero sin ser sometido a juicio; situación que se prolongó durante casi dos años.

Por fortuna, la amnistía que se otorgó en España tras la muerte de Franco para los supuestos delitos políticos, permitió que Vadell recobrara la libertad. En mis contactos posteriores con Bernardo, pude ver la honda huella que deja una experiencia tan traumática como una prisión prolongada, injusta y sin posibilidades de defensa; los dolorosos recuerdos, le llevaban a un gran escepticismo sobre el ser humano, que anunciaba ya de alguna forma el posicionamiento relativista y posmoderno que al parecer mantiene actualmente Vadell.

Muy al revés, cuando hace ya algunos años tuve la oportunidad de reencontrarme con Palomino, que también había pasado de la aviación militar a la civil, comprobé una evolución de su mística y su criterio hacia posiciones muy conservadoras.

No me precisó si se había integrado en el Opus Dei o solamente estaba anímicamente identificado con ese Instituto, pero su inclinación era evidente.

Muchas veces he reflexionado sobre estas dos trayectorias humanas, tan paradójicas después de su común esfuerzo americano, donde realizaron una tarea que probablemente les superaba por lo difícil que resulta siempre de digerir un protagonismo en un plano a la vez humano y trascendente, donde todo es gratuito aunque cueste, «y precisamente porque cuesta».

Aparte de Estados Unidos, otro de los escenarios de la proyección exterior del grupo de Mallorca en esta fase fue Madrid.

En la residencia universitaria de los Padres Jesuitas de la capital de España, sita en la calle Zorrilla. vivía un grupo de cursillistas mallorquines, antiguos alumnos de Montesión: José Oliver, Victoriano López-Pinto, Ventura Rubí y Miguel Ferret, a los que se había unido Pedro Servera, un hombre de gran inteligencia analítica, que fue adquiriendo el liderazgo, junto con Ventura.

Los Cursillos «ofíciales» en Madrid eran los «de militantes», como ya sabemos, con cuyos dirigentes no fue posible acordar una acción coordinada o complementaria. Pero Madrid es suficientemente amplia para que dos actividades diversas no se interfieran, y en ese momento era posible ya que personas de Madrid se desplazaran a Ciudad Real (a 150 km) a realizar el cursillo, por lo que, sin organizar Cursillos, se procedió a «montar» en Madrid el poscursillo según la línea fundacional.

Se comenzó por montar o contactar reuniones de grupo y por convocar una Ultreya que se celebraba semanalmente en la propia residencia de la calle Zorrilla, bajo la protección del gran prestigio eclesiástico y civil de su Director, el Padre Landecho. Allí acudían junto a los universitarios mallorquines estudiantes en Madrid, gentes que habían hecho cursillos de cristiandad en las diversas diócesis donde estaban implantados, y que por razón de estudio o de trabajo vivían ahora en Madrid. El éxito hizo que el local se hiciera insufíciente, y las reuniones se trasladaron a las dependencias del Parque Móvil, en cuya parroquia -regentada por los Operarios Diocesanos- prestaba servicios D. Santiago Nogaledo, una excelente persona de hablar redicho, que procedía de los Cursillos de Militantes pero que, sin duda siguiendo instrucciones de sus Superiores, se incardinó entonces en los de Cristiandad.

Este grupo, promovido por mallorquines, fue ampliándose con gentes de la Isla -Jaime Prohens, Mateo Ballester, Franco Llobera, etc- y por gente vinculada de algún modo a Ciudad Real, lo que permitió contactar con personas de la A.C.N. de P. («Propagandistas», germen de la Democracia Cristiana) como Guijarro, Herranz y Echánove, y con personalidades tan curiosas como el antiguo diputado radical de la República Joaquín Pérez-Madrigal, conocido en los años 30 como «el jabalí de las Cortes» por su agresividad parlamentaria absolutamente indomesticable por el reglamento, y que ahora se había convertido en un católico atípico, que de repente quería fundar «el partido de Dios», como un precursor de Ayatolás, mientras poco después resucitaba su antiguo anticlericalismo, y pasaba a la crítica mordaz de todo «tinglado» católico.

Algunos conocidos dirigentes de Cursillos de Ciudad Real, como Vicente Santamaría, y de Vitoria, como Eduardo Pérez-Bajo, destinados entonces en Madrid, se fueron incorporando también a este grupo, que cobró por tanto una importancia objetiva considerable, y que era aún más significativo al ser un interlocutor próximo y permanente del grupo fundacional con la vecina Ciudad Real, y que, estando situado en Madrid, podía razonablemente aspirar a nuclear algún día el estamento seglar del futuro «Secretariado Nacional» que desde Mallorca creíamos imprescindible, y cuya simple mención causaba entonces en el Doctor Hervás y en su entorno una auténtica alergia.

A este grupo me incorporé yo en 1959, al iniciar mis estudios de Derecho, tras obtener una beca del Colegio Mayor san Pablo, precisamente la institución universitaria de los propagandistas de la A.C.N. de P. Pero no adelantemos de nuevo acontecimientos.

La atención que desde Mallorca se prestaba a este grupo de Madrid era muy intensa. Sus noticias eran casi tan valoradas y analizadas como las de Estados Unidos, y sentíamos que ambas proyecciones podían ser el futuro, centrado en nuestro País y proyectado al Nuevo Mundo; este horizonte nos pareció que se completaba con una nueva aventura geográfica que se inició por entonces: Guinea Ecuatorial, en el corazón de Africa.

La entonces colonia española de Guinea mantenía en su organización eclesiástica una clara preeminencia de la Congregación Cordimariana que fundara el Padre Claret; es decir, la institución a la que pertenecía el Padre Casaldáliga, por entonces indudable líder sacerdotal del grupo de Terrassa y Sabadell que funcionaba dentro de la diócesis de Barcelona de forma similar a la de «nuestro» grupo en Madrid: manteniendo las estructuras del poscursillo, pero enviando fuera de la diócesis a los candidatos para participar en el cursillo.

En cierta ocasión, a mediados de 1959, en que un nutrido grupo de cursillistas de Terrassa se encontraban de visita en el Monasterio de Montserrat, coincidieron casualmente con el entonces Obispo de Guinea, que quedó impresionado de la alegría que percibió en ellos, hasta el punto de preguntarles el motivo que la inspiraba, para terminar urgiéndoles -tras sus explicaciones- a que iniciasen Cursillos también en aquella zona de Africa.

En Guinea, al frente de la Jefatura Agronómica, estaba Juan Alonso, un ingeniero agrónomo que había realizado Cursillos en Castellón, y cuya esposa, Mari-Angeles Echánove, sin ser aún cursillista, los conocía muy bien, ya que al propio tiempo era hija del coronel Echánove, uno de los «personajes» de la A.C.N. de P. vinculados al grupo del Parque Móvil de Madrid. Eran una base de apoyo interno inmejorable.

El grupo de Terrassa, y singularmente Damián Vidal y el Padre Casaldáliga, llevaron la iniciativa en este proyecto de implantar el Movimiento en Guinea, muy en contacto con Bonnín.

Como consecuencia, en 1960 comenzaron los Cursillos en Guinea Ecuatorial, impartiéndose ese mismo año cuatro de hombres y dos de mujeres en los que, junto al Padre Casaldáliga, Eduardo Bonnín, Damián Vidal, José Mª Cases, Margarita Calders y Maite Humet, intervinieron varios dirigentes locales -Alonso, Biyang, etc- rápidamente promocionados.

La realidad interracial de estos Cursillos añadía para Bonnín un apasionante elemento de contraste más, en su convicción de la validez universal del método. Creo que esta actuación en Guinea, tanto por el factor interracial ya mencionado, como por la penosa circunstancia que vivíamos en Mallorca desde el punto de vista «oficial», fue el mayor consuelo real de Eduardo -a quien no recuerdo haber visto más ilusionado en ninguna ocasión que con este proyecto-: su ilusión se contagió lógicamente una vez más a todo el amplio grupo que colaborábamos con él.

Pedro Mª Casaldáliga, el actual y conocidísimo Obispo de Sao Félix en Brasil, escribió poco después un apasionante folleto con el título de «Africa de Colores», que publicó la editora PPC, entonces tan en boga, y que personalmente considero que es, de entre los documentos testificales de Cursillos que se han publicado, uno de los más vivos y sin duda literariamente el mejor. Parece digno de recuerdo que el primer contacto profundo de Casaldáliga con el Tercer Mundo se diera en el seno de Cursillos.

El movimiento de cursillos estuvo vivo y pujante en Guinea, como en muy pocas otras latitudes, hasta que las convulsiones internas que siguieron a su proceso de independencia truncaron al menos temporalmente el proyecto.

Una de las consecuencias indirectas de la actividad en Guinea tuvo singular trascendencia.

En los viajes entre la España continental y Guinea era obligada una escala en el aeropuerto de Las Palmas, en las Islas Canarias. La omnipresente inquietud de Damián Vidal no podía dejar de incitarle a contactar, durante esas escalas técnicas, con los dirigentes de aquella diócesis insular que hasta entonces habían protagonizado Cursillos de Militantes, según la línea de la Acción Católica oficial.

Se encontró Damián allí con dos personalidades de una talla humana y evangélica de gran envergadura: el sacerdote D. Tomás Naranjo y el médico radiólogo Antonio Luis Giménez, a quienes tendría yo el privilegio de poder tratar después ampliamente.

Estaban entonces Antonio y D. Tomás realmente decepcionados de que su mucha actividad en los Cursillos de Militantes no cuajara plenamente en resultados duraderos.

Vieron, en la exposición de Damián primero y de Eduardo después, «el cielo abierto», y dieron un vuelco de 180 grados al rumbo de su actuación, con el pleno respaldo del entonces Obispo de Canarias. el célebre Doctor Pildáin.

Era monseñor Pildáin un obispo casi legendario, curiosamente conocido por rasgos tan contradictorios como haber dictado la excomunión en su diócesis contra el gran pensador vasco Miguel de Unamuno por su «Agonía del Cristianismo» y por haber impuesto otras graves sanciones canónicas a sus diocesanos que participaran en bailes «de agarrao» -dos temas que le hacían aparecer como el colmo de lo conservador-, mientras al propio tiempo destacó por enfrentarse al general Franco al no permitir los derechos de libre sindicación y de huelga a los trabajadores- que le catalogaba al mismo tiempo como símbolo de avanzada-.

El Doctor Pildáin, curiosamente, se encontraba de visita «ad limina» en Roma, residiendo en el Colegio Español, cuando en 1955 se dio allí un Cursillo por el equipo de Mallorca, y asistió a varios actos de dicho cursillo, en cuya clausura calificó entusiásticamente al método como «síntesis viva de todo el dogma cristiano y Pentecostés de la Acción Católica»; pero después actuó convencido de que el movimiento «de Militantes» que le llegó de Madrid era el mismo que había conocido en Roma, hasta que el Padre Naranjo pudo sacarle de su error.

Como después veremos, el Padre Naranjo y Antonio Giménez no se limitaron a reconstruir los Cursillos en su diócesis, en las vecinas Islas y en el antiguo Sahara español, sino que intervinieron activamente también en los durísimos planteamientos nacionales que se producirían poco después en el Movimiento de Cursillos de España.

Quedan así enunciados los principales frentes de actividad interior y exterior que mantuvo abiertos, durante la fase que siguió a la Pastoral del Doctor Enciso, el grupo de seglares de Mallorca bajo el liderazgo de Bonnín. Junto a estas proyecciones exteriores hubo muchas otras, por aquel mismo tiempo, aunque de menor trascendencia histórica; personalmente participé en sendos intentos, en Barcelona y en Valencia, para, a través de acciones juveniles, intentar reconducir el Movimiento en tales diócesis, con resultados muy curiosos y polémicos, especialmente en Barcelona, con Ramón Ramón, Ignacio Puig y tantos otros.

25 «Vertebración de Ideas»

Lo cierto es que en esa etapa y en nuestro grupo, tan importante como la actividad fue la reflexión. Hemos hecho referencia ya a muy diversos conjuntos de esquemas de mentalidad que se ahormaron en ese período en el «laboratorio de ideas» que constituía el despacho-biblioteca de Bonnín.

Pero la labor de profundización y sistematización principal fue sin duda la elaboración del libro «Vertebración de Ideas».

Era muy difícil ponerse a elaborar en esos años un texto que aspirara a reflejar los criterios fundacionales de Cursillos, que careciera de tono polémico con el documento del Doctor Enciso, y que al mismo tiempo no se centrara en reivindicar los aspectos controvertidos que Bonnín había defendido frente a los criterios de Capó y Hervás sobre la universalidad del método, el carácter vivencial y no expresamente formativo de las Ultreyas, el protagonismo seglar, la necesidad de constituir organismos interdiocesanos -nacionales e internacionales-, la exigencia de abrir el Movimiento a la mujer, etc.

Creo que se consiguió; y pese a alcanzar ese difícil equilibrio de no mantener un tono polémico, Vertebración tuvo ya desde antes de nacer considerables problemas. Las posibilidades de publicarlo en España fueron fallando una tras otra. También acabó en nada el ofrecimiento que creímos óptimo y definitivo, que nos llegó del Padre Fernández, desde Texas, para publicarlo allí (y que nos hizo variar algún aspecto tan significativo como el de incluir a Bernardo Vadell entre los autores nominalmente identificados en la portada o cubierta, pese a que su colaboración no fue superior a la de muchos otros apenas citados en el prólogo), y que entiendo se frustró a causa de suaves presiones ejercidas desde España, y en concreto desde Ciudad Real. Finalmente fue el recién creado Secretariado Nacional de México -el primer Secretariado Nacional de Cursillos que se creó en el mundo- quien se atrevió a imprimir y distribuir Vertebración, atendiendo una sugerencia de D. Francisco Suárez.

Inmediatamente después de elaborada la Vertebración de Ideas, su texto había sido acogido por los dirigentes de Ciudad Real con enorme interés, y diríase que con auténtico entusiasmo, hasta el punto de que hicieron una edición a ciclostil del libro, que convirtieron en texto para su Escuela de Dirigentes.

Sin embargo, poco después esta postura se cambió por el silencio más opaco. Un seglar dirigente en Ciudad Real me indicó que la causa de esta mutación fue un «pliego» que llegó a Ciudad Real desde Córdoba, elaborado por Capó, que al parecer enumeraba hasta 34 inexactitudes teológicas que contendría «Vertebración». Siempre he tenido mucho interés en obtener ese documento incriminatorio, pero siempre se me ha negado su existencia.

26 «Manual de Dirigentes»

El radical cambio de actitud de Ciudad Real hacia la Vertebración de Ideas coincidió con la preparación primero y la publicación después, por parte del Secretariado de Cursillos de aquella Diócesis, del desafortunado «Manual de Dirigentes» (Euramérica, 1962).

Es cierto que resultaba ya imprescindible, por la expansión de los Cursillos, publicar los esquemas oficiales de los «rollos» y la relación de criterios y de requisitos metodológicos básicos tanto del precursillo, como del propio cursillo y del poscursillo. Ya he dicho que el documento apto para este fin estaba preparado en Mallorca desde 1953, nueve años antes.

También es cierto que, en línea con las posiciones que todos habíamos mantenido en el Movimiento, correspondía al Doctor Hervás «promulgar» ese material básico; pero entendíamos que no debía hacerlo sin consensuar previamente entre los iniciadores, al menos dos tipos de temas los puntos que supusieran innovación respecto de aquel documento fundacional de 1953, y las cuestiones que habían provocado polémicas, metodológicas o de criterio, aún no resueltas (Cursillos de mujeres, papel de los seglares -singularmente en la Escuela de Dirigentes y los Secretariados-, existencia de Secretariados nacionales e internacionales, esquema del «rollo» de Seglar en la Iglesia, etc).

Y lo peor no fue que el Manual de Dirigentes ofreciera para estos puntos nuevos o polémicos el singular criterio del equipo ciudadrealeño como criterio oficial y definitivo del Movimiento, sin previa consulta; lo realmente grave fue el enfoque básico del trabajo.

Siempre hemos creído que una de las potencialidades de Cursillos es facilitar que el cristiano pase del plano de la norma al plano del criterio; y en el Manual de Dirigentes se producía expresamente lo contrario: los propios Cursillos, en su metodología, pasaban del criterio a la norma; se encerraban en preceptos juridicistas, en una línea de ordenancismo que podía amenazar el espíritu básico del Movimiento.

Posiblemente sirva para reflejar de un modo gráfico ese clima ordenancista que generó el Manual de Dirigentes, lo sucedido con Juan Pardo poco después de «promulgado» el Manual.

Juan Pardo, como a buen seguro sabemos casi todos los hispano-hablantes es uno de los cantantes y compositores de música joven más populares de España. Coincidí con él en el Colegio La Salle de Palma, en los últimos cursos del bachillerato, precisamente en los años inmediatamente posteriores a la Pastoral del Doctor Enciso, cuando no se celebraban Cursillos en la Isla. Establecimos una amistad profunda; su sensibilidad ante todo lo humano y ante lo trascendente, y su capacidad de comunicación, daban el perfil exacto de los mejores candidatos para Cursillos, pero no había posibilidad de invitarle, y su edad aún muy joven tampoco propiciaba organizar para él uno de los artesanales «Cursillos de a uno» que se impartían. Pero había una clara oportunidad de futuro, ya que seguidamente ambos íbamos a iniciar nuestros estudios universitarios en Madrid, y desde allí podía «hacer» el cursillo en Ciudad Real.

Entre tanto, formamos ya una reunión de grupo de la que guardo algunos recuerdos imborrables por la transparencia humana y la profundidad de Juan.

Una vez instalados ambos en Madrid él empezó a destacar claramente más en la música que en los estudios de ingeniería, y seguimos preparando su participación en un cursillo de Ciudad Real. Para ir a la casa donde se celebraba el cursillo debía juntarse con los demás que asistirían desde Madrid, a la entrada de una de las estaciones ferroviarias de la capital; le reconocerían por su guitarra al hombro.

Mi sorpresa fue grande cuando mi contacto para despedirles en la estación me llamó con la noticia de que el tren acababa de arrancar y Juan Pardo no se había presentado.

Inmediatamente después me llamó él: se había equivocado de estación de salida.

Le encaucé para que alcanzara el tren siguiente, lo que hizo que llegara a la Casa de Cursillos de Daimiel quince minutos más tarde de que se hubiera iniciado el «rollo preliminar».

Tuve una nueva llamada de Juan, ya claramente molesto, indicándome que por haber llegado un cuarto de hora tarde no le dejaban entrar en el cursillo. Conseguí que se pusiera al teléfono el rector del cursillo, a quién expliqué lo excepcional del caso, tanto por la persona como por su propio «entrenamiento», ya que llevaba más de dos años viviendo ya la reunión de grupo. Me cortó bruscamente con el argumento de que el Manual de Dirigentes decía que no se podía admitir a nuevos asistentes al cursillo una vez iniciado el «rollo» preliminar, y que como ésa era una norma dictada por su Obispo, sólo se la saltaría si se lo mandaba el propio Obispo.

Ambos sabíamos que el Doctor Hervás estaba fuera de España en aquellas fechas, pero no hubo forma de que sugiriera ningún otro eclesiástico capacitado a su juicio para autorizar la excepción. Finalmente sólo pude conseguir que le dejaran dormir allí esa noche, ya que su idea era ponerle en la calle aunque sabía que ya no circulaban trenes de regreso a Madrid.

Como es fácil imaginar, Juan Pardo no quiso volver oír hablar de asistir a un cursillo, y yo vi lamentablemente confirmadas en hechos nuestras críticas al juridicismo del Manual.

La caridad y el sentido común se posponían a la norma, como tantas veces en la historia de la humanidad y de la Iglesia institucional.

Al tiempo que nos disgustaba el ordenancismo del Manual de Dirigentes, nos alarmaba el clericalismo que transpiraba su texto, porque en esa normativa el diseño entero de Cursillos se clericalizaba hasta extremos impensables hasta entonces, en un contexto de parroquialización; se definía un enfoque formativo y escasamente vivencial de las piezas del poscursillo y se diseñaba la instrumentalización del Movimiento al servicio de las demás obras, organizaciones y actividades de la diócesis. Fue el paso de los Cursillos, instrumento de renovación cristiana, a los Cursillos, instrumento de pastoral diocesana.

Conformaba el Manual de Dirigentes la línea de conclusiones que poco después impondría sin debate el Encuentro Nacional de Dirigentes de Cursillos que se celebró en Burgos, organizado en una línea de aproximación entre los Cursillos de Cristiandad de Ciudad Real y los Cursillos de Militantes de Madrid, que supuso una grave amenaza para el futuro de unos Cursillos genuinos, y que venturosamente se corrigió después, en el Encuentro de Guadalajara (España) en 1967, con la colaboración -crucial en ese momento- de D. Sebastián Gayá.

Los años 60 fueron por tanto de gran tensión entre los iniciadores más significados del Movimiento. En los anteriores capítulos queda apuntada la diferente concepción metodológica que representaron entonces, respectivamente, Monseñor Hervás y Eduardo Bonnín, o -para expresarlo más exactamente- Ciudad Real y el grupo seglar de Mallorca, y que se plasmó a su vez en dos textos emblemáticos: el Manual de Dirigentes y Vertebración de Ideas.

Algunos pensábamos que esta bipolaridad suponía una llamada evidente a que el otro gran nombre de los primeros años del Movimiento, D. Juan Capó, terciara en la polémica y propulsara soluciones integradoras. Pero no se produjo ningún intento -que yo conozca- de Capó en tal sentido.

D. Juan Capó limitaba por entonces su acción externamente visible a la diócesis de Córdoba, donde se generó un movimiento muy a su imagen y semejanza, entre cuyos seglares destacaba el que sería después Ministro de Hacienda en el último gobierno del general Franco, Rafael Cabello de Alba. Seguía existiendo, indudablemente, una fluidísima relación personal entre Capó y el Doctor Hervás y su equipo de colaboradores, y alguno de los posicionamientos metodológicos más singulares de Ciudad Real en esta época llevaban el sello característico de Juan Capó; pero a cambio de esta influencia directa y discreta dio la sensación de que Capó renunció a cualquier protagonismo externo extradiocesano, Mallorca incluida.

Resultaba auténticamente penoso, durante las vacaciones de verano que D. Juan Capó pasaba en la isla tras su incardinación en Córdoba, seguir los persistentes intentos de Bonnín para mantener alguna entrevista con él -para explicarle la intensísima actividad que desarrollábamos él y su grupo, y sin duda también para dialogar sobre los aspectos más polémicos del método, nunca consensuados finalmente entre ellos-. Las evasivas de Capó para no recibirle, o recibirle solamente en grupo y con prisas, no podían sino responder a una voluntad expresa de excluirle de sus contactos y de su entorno.

27 Los «Cursillos» del Doctor Enciso

Los extrañísimos comportamientos de Capó hacia Bonnín en esos años hay que analizarlos en el contexto de lo que estaba sucediendo con Cursillos en el plano institucional, en Mallorca.

Varios meses después de publicar su Pastoral, el Doctor Enciso nombró Delegado Episcopal para Cursillos a D. Miguel Amer, un reverendo que ni siquiera había practicado cursillos, ya mayor, que había sido previamente nombrado director espiritual del Seminario para depurarlo de todo «cursillismo», y que desde hacía muchos años se caracterizaba por ser capellán de monjas y hospitales, y uno de los latinistas más destacados de la diócesis, nunca relacionado con el mundo seglar.

D. Miguel Amer intentó sin éxito conectar con alguno de los seglares que habían tenido algún protagonismo en Cursillos y que después se habían distanciado de alguna forma de Bonnín, como Estarellas y Rullán. Tras aproximadamente un año de intentos infructuosos de reiniciar alguna actividad en ese entorno, dimitió de su cargo.

En ese momento se produjo una jugada de alcance mucho mayor. Se designó Delegado Episcopal para Cursillos a D. Guillermo Payeras, un sacerdote con gran solera en cursillos, que fue en 1949 director espiritual del cursillo designado como nº 1 y que, tras la Pastoral, se había centrado -como tantos otros reverendos que no emigraron- en obras pastorales totalmente ajenas al Movimiento; por entonces formaba equipo D. Guillermo con un hombre de destacada espiritualidad el después obispo de Menorca y Solsona D. Miguel Moncadas -ya fallecido-, que a su vez era hermano del dirigente seglar histórico en cursillos, Juan Moncadas; ambos sacerdotes dirigían la Casa de Ejercicios Diocesana.

Es D. Guillermo Payeras un hombre de trato encantador, con un sentido del humor socarrón y apacible, diríase que muy británico, cuya honda relación con la Institución Teresiana le servía sin duda de inmejorable aval ante el Doctor Enciso. Al recibir su nombramiento tuvo Payeras, por otra parte, el inesperado detalle de consultar a Bonnín si su nombramiento sería aceptable para las bases seglares del Movimiento, lo que obtuvo una respuesta positiva y condicional al mismo tiempo, como era lógico en atención respectivamente a la persona y a la línea a seguir.

Le entendimos entonces a D. Guillermo que los únicos límites en la reimplantación de Cursillos serían los de evitar el protagonismo de Eduardo, Juan Moncadas, Almendro y otros seglares concretos, y el reconducir varias expresiones de vocabulario «atrevido» a juicio del obispo. Por ello se produjo una actitud de expectante ilusión inicial frente a la nueva etapa como Estarellas y Riutort, y reiniciar de alguna forma los cursillos.

Pronto pudimos ver, sin embargo, que la línea de acción, centrada en el apostolado de elites, y las rotundas manifestaciones de condena que se hacían hacia la línea anterior y fundacional, convertían aquel «tinglado» en algo muy distinto a Cursillos.

El ambiente se enrareció mucho más, cuando D. Guillermo Payeras, conservando su cargo, fue cediendo todo el protagonismo en la dirección de aquel pseudomovimiento a D. Jaime Capó, el hermano menor de D. Juan, que ya había formado tándem con Payeras años atrás, en su común actuación en el Frente de Juventudes franquistas aquel conglomerado político que aspiraba a ir «por el imperio hacia Dios», y se proyectaba en la búsqueda de un ciudadano ejemplar «mitad monje, mitad soldado», característico del atípico fascismo español de posguerra.

D. Jaime Capó tiene a mi modo de ver una personalidad bastante distinta a la de su hermano mayor. Singularmente, su menor preparación intelectual, su escaso sentido del humor, y su distanciamiento personal, hacen de él un hombre que siendo indudablemente valioso, convierte en polémicos los asuntos más solubles en otro ambiente de cordialidad y tolerancia. Si D. Juan era el sentido de la autoridad personificado, con todos los ingredientes de autoexigencia casi universal que ello comporta, D. Jaime se quedaba en autoritario.

Baste quizás una anécdota para ilustrar éste mi criterio: de muchacho tuve ocasión de ayudar a misa como monaguillo más de cien veces a lo largo de dos años seguidos, a D. Jaime; y creo que en total me dirigió entonces unas diez o doce palabras, y todas ellas para ordenarme algo. Ya más tarde, cuando nos relacionamos ocasionalmente en Cursillos, pude observar que no se acordaba en absoluto de su antiguo monaguillo de la calle Antillón.

Bien, lo cierto es que D. Jaime Capó quiso en esa etapa alumbrar en Mallorca un movimiento de Cursillos radicalmente «otro», sin apenas conexión con el pasado. Y que tuvo un considerable éxito entre la burguesía mallorquina, que antes había repudiado tanto al Movimiento en su globalidad.

En este planteamiento, la reunión de grupo quedaba claramente postergada; las Ultreyas tenían un sesgo de reunión social y escuela de teología para laicos, siempre dirigida por el propio Jaime Capó; y las Escuelas consistían en la exposición de unos esquemas con la evidente factura de D. Juan en tomo a los conceptos de «metanoia» y «kerigma», tan identificados por el mayor de los Capó como entraña teológica de los Cursillos, que dejaban pasmados a unos seglares satisfechos de su rol pasivo y su condición de minoría selecta y elegida.

Dentro de este contexto se produjo en 1965, el fallecimiento de Monseñor Enciso.

D. Jesús Enciso, uno de los numerosos obispos tradicionales que según un agudo periodista fallecieron del «síndrome del Concilio», mantuvo hasta el final sus peculiares obsesiones.

Alguien próximo a la curia mallorquina me relató que ya en su lecho de muerte, con fases de inconsciencia, preguntó si Bonnín había asistido a la Ultreya Nacional de Tarragona, y al saber que sí, levantó la voz para increpar: «¡¿pero no habrá intervenido?!»; quedando más tranquilo cuando le dijeron que no, pese a que la realidad fue que al comentarle a Bonnín el Cardenal Arriba y Castro que «por fin volveremos a oírte hoy en la Ultreya», y replicarle Eduardo que él tenia prohibido intervenir en Ultreyas y Clausuras, el Cardenal indicó lacónicamente «aquí, no»; y fue llamado después a intervenir, lo que hizo sin acritud ninguna.

El nuevo obispo de Mallorca, nombrado al fallecer el Doctor Enciso, fue a mi juicio un auténtico hombre de Dios.

Monseñor Alvarez Lara ya conocía íntimamente los Cursillos por su experiencia en la que fuera su anterior sede episcopal, la andaluza Guadix. Tenía un sentido del humor alegre, lo que es menos frecuente de lo que parece, y un respeto muy fuera de lo común por la persona concreta que tenía enfrente en cada ocasión.

No era nada fácil «pastorear» en aquel momento una diócesis cuarteada de grupos hostiles, descapitalizada de su mejor clero joven -que había emigrado-, y crítica por naturaleza, como siempre es Mallorca.

Monseñor Alvarez Lara entabló con Eduardo Bonnín una relación muy singular. Ambos coincidían en que era preferible que Eduardo aún no recuperase su protagonismo en los Cursillos oficiales de Mallorca, porque ello hubiera sonado a una «vuelta de tortilla» por segunda vez. Por ello entendían ambos que Bonnín debía centrarse ahora en la proyección externa, y concretamente internacional, del Movimiento.

En esta línea Eduardo contó en todo momento con la comprensión de su nuevo Obispo, que le resultó especialmente valiosa, porque los problemas en este frente «exterior» eran tan o más dolorosos que los ya casi superados en Mallorca.

Por tanto, en lo que se refiere al Movimiento dentro de la diócesis de Mallorca, debe tenerse en cuenta que el fallecimiento del Obispo Enciso no supuso un inmediato regreso a la línea fundacional, sino que originó un lento y evolutivo retorno a las fuentes, desde aquella realidad que con el difunto prelado habían protagonizado Payeras y Jaime Capó, junto a seglares como Jordá, Sevilla y Gual.

La primera medida normalizadora fue que se levantó el veto para que Bonnín y su grupo pudiéramos asistir a la llamada Ultreya. Nos pareció que debíamos acceder, en lo que quizá fuera una decisión equivocada, ya que en el entorno catacumbal de la Plaza Mayor, que ya he descrito, el grupo obtenía mucha mayor pujanza de la que mantuvo después, frecuentemente trabado en discusiones conceptuales y metodológicas, y desde luego tácticas, con los protagonistas de la situación.

Poco después tuvo también una incidencia considerable la marcha de D. Jaime Capó a Puerto Rico, aprovechando la invitación en principio cursada a Payeras a causa de las relaciones que allí mantenía uno de los dirigentes seglares de esa extraña y dolorosa fase de los Cursillos en Mallorca.

En San Juan de Puerto Rico ha venido realizando desde entonces D. Jaime Capó una importante labor cursillista, que entiendo progresivamente más convergente y menos polémica que la de aquellos años en Mallorca, donde su marcha y la posterior actuación más abierta en Cursillos de reverendos históricos, como D. Miguel Siquier, o nuevos en el Movimiento como D. Juan Soler y D. José Noguera, fue permitiendo la reincorporación a los Cursillos ofíciales de dirigentes de «nuestro» grupo, como Ramón Rosselló, Jaime Bernat, Antonio Darder o Cristóbal Almendro, pero sin «desalojar» a los anteriores, en una perspectiva que intentaba un sincretismo que no podía ser eficaz, al partirse de dos concepciones divergentes de los Cursillos y al pretenderse privar de todo protagonismo local a Bonnín, cuyo prestigio y cuya constancia casi porfiada y machacona le hacen siempre condicionar pronto o tarde el entorno; a Bonnín puede privársele -como así ha sucedido siempre- de toda autoridad en el Movimiento, pero no puede marginarse su influencia.

Este era en mi visión el confuso panorama de los Cursillos en la isla fundacional cuando Monseñor Alvarez Lara se jubiló por edad, angustiado por no haber conseguido el afecto de su clero mallorquín -tan resabido por los vaivenes pastorales recientes-, y purgando su incomprendido pecado político de no ser oriundo de territorio de habla catalana.

Solamente después, durante el mandato pastoral del sucesor de Monseñor Alvarez Lara, el actual obispo de Mallorca D. Teodoro Ubeda, se ha hecho posible de nuevo la plena normalización del movimiento de Cursillos en la diócesis fundadora. Pero volvamos a principios de los años 60.

28 La gran expansión internacional

Al mismo tiempo que se producía la peor situación de Movimiento en la diócesis fundacional, se desarrolló, y a un ritmo vertiginoso, la definitiva expansión internacional de Cursillos.

Lógicamente fue Latinoamérica el área donde la internacionalización de Cursillos tomó cuerpo y velocidad. Además del factor cultural e idiomático, facilitaba este proceso la enorme vitalidad e inquietud de la Iglesia latinoamericana de los años 60.

Inmediatamente después de que el Doctor Hervás publicara su Pastoral, fueron docenas los obispos latinoamericanos que se dirigieron a él solicitando la implantación de Cursillos en sus respectivas diócesis.

En ese momento, pudo detectarse a su vez un evidente interés por parte de los sacerdotes Operarios Diocesanos que trabajaban en Latinoamérica por adquirir el máximo protagonismo y liderazgo en esta expansión territorial de Cursillos.

Es fácil suponer un previo acuerdo al respecto entre D. Vicente Lores y el Doctor Hervás, ya que Monseñor Hervás a buen seguro quería cerciorarse de que el Movimiento en el extranjero tuviera en el futuro la docilidad y disciplina que siempre -desde la etapa fundacional- constituyó su máxima preocupación; y ninguna garantía podía parecerle mejor, en principio, que la de unos responsables locales sometidos a obediencia de un Superior General de su absoluta confianza; y a su vez, en ese momento ya se detectaba la importante crisis de vocaciones sacerdotales que se desataría fulminantemente tras el Concilio, y que amenazaba con reducir drásticamente la actividad principal que venía desarrollando el Instituto de los Operarios. En consecuencia, su Superior, el Padre Lores, debió recibir la propuesta del Doctor Hervás como una auténtica bendición, al poder trasvasar a la dedicación de Cursillos al menos parte de los efectivos que le resultarían excedentarios en los trabajos de dirección de seminarios y formación sacerdotal, que eran los característicos de su institución.

La operación se puso en práctica tanto en España como en diversos países latinoamericanos, pero entiendo que no tuvo el efecto pleno que buscaban sus promotores -el Doctor Hervás y el Padre Lores- a causa de la gran personalidad de dos de los sacerdotes Operarios implicados: el Padre Pedro Fernández, en Méjico, primero, y el Padre Cesáreo Gil, en Venezuela, después; y a causa también de la integración en Cursillos de destacados obispos y sacerdotes no Operarios, en el área.

Junto a esta peculiaridad histórica, la expansión internacional de Cursillos tuvo otra que creo necesario reseñar: la coexistencia de dos modelos de implantación. En unos países los cursillos se implantaron «de abajo arriba», tal y como surgieron en sus orígenes, en la diócesis fundacional; en otros territorios -en la mayoría de países, en realidad- se implantó el Movimiento «de arriba abajo».

El primer modelo, que, como puede comprenderse fácilmente, era el que propugnábamos en el grupo seglar de Mallorca, suponía que para iniciarse con éxito el Movimiento en un nuevo lugar, un pequeño grupo de seglares y al menos un sacerdote residente en ese nuevo territorio hubieran ya practicado Cursillos y vivido el poscursillo en otra latitud, y obtuvieran los «visados» episcopales correspondientes para implantarlos en el nuevo lugar.. En cambio, el modelo defendido desde Ciudad Real por el Doctor Hervás lo centraba todo en el requerimiento episcopal; lo único necesario era que el obispo de una diócesis se dirigiera al de otra donde ya estuvieran implantados los Cursillos, solicitándole ponerlos en marcha. La diócesis «veterana» se cuidaba de todo, «apadrinando» el nacimiento de Cursillos en el territorio del obispo solicitante.

La diferencia entre ambos sistemas puede parecer pequeña, pero no lo es. Pienso que todos los obispos -los que se han limitado a autorizar los Cursillos y los que han sido directamente responsables de su implantación- sentirán en algún momento la tentación de instrumentalizar toda la energía y el caudal de conversiones que alumbran los Cursillos, al servicio de las restantes obras pastorales de la diócesis, casi siempre faltas de nuevo empuje y de caras nuevas. Y que lo harán de buena fe, convencidos de que esa actuación intraeclesial del cursillista no tiene por qué restarle posibilidades ni interés para su vivencia grupal del poscursillo ni para su actuación ambiental en «el mundo» -en sus relaciones seculares de amor, familia, trabajo y diversión, básicamente-.

Y lo cierto es que el aserto de compatibilidad de la proyección intraeclesial y la genuinamente seglar no es verdadero a la larga más que en un reducidísimo porcentaje de casos específicamente vocacionales. Pero el éxito inicial de todos los intentos de potenciar la acción intraeclesial de los cursillistas viene haciendo prácticamente imposible convencer de lo contrario a sacerdotes y obispos implicados en el intento; muy singularmente, cuando son ellos los que han protagonizado la implantación de los Cursillos en aquel lugar y sienten por tanto un cierto derecho de patente sobre el «invento».

Así creo que ha sucedido, en líneas generales. Donde los Cursillos han nacido de abajo arriba, tienden a mantener su esencia; donde se han implantado de arriba abajo, tienden a irse convirtiendo de ser un elemento fermentador de la realidad a ser un mero instrumento de acción pastoral lo que no es en absoluto lo mismo, aunque pueda parecerse.

Ya hemos descrito de alguna forma el nacimiento «de abajo arriba» de los Cursillos en diversas latitudes. Por lo que respecta a la línea oficial, «de arriba abajo», es indudable que el primer país clave en la expansión de Cursillos fue México, desde la macroarchidiócesis del distrito Federal.

Pero allá, como en tantas otras naciones, la realidad superó el diseño, y los dos modelos teóricos se hermanaron.

México

En México inició o apadrinó los Cursillos la diócesis española de Ciudad Real en el momento en que la polémica en tomo al Manual de Dirigentes todavía no se había agriado.

De ahí que la actuación diseñada al efecto por D. Francisco Suárez incluyó el contar para este proyecto no sólo con seglares de su diócesis, sino también de Mallorca, y en concreto con Bonnín.

La acción convergente de Ciudad Real y Mallorca en México dio un resultado inicial de éxito imparable, que coordinó desde el primer momento allá el Padre «Pedrito» Fernández, Operario Diocesano.

El resultado fue espectacular, y México D.F. no solamente «contagió» los Cursillos a las restantes diócesis de aquella República, sino que sirvió de base para su expansión a toda Centroamérica.

La personalidad del Padre Pedrito y de los restantes componentes de su equipo determinó que México mantuviera una cierta vía propia, y que, conservando una gran vinculación con Ciudad Real, diera sin embargo pasos concretos que manifestaban una clara independencia y un excelente criterio.

En concreto hay tres hechos a destacar al respecto: en primer lugar, que México patrocinó «finalmente», como ya queda dicho, la edición de Vertebración de Ideas, con «nihil obstat» teológico incluido; después. que en México se constituyó el primer Secretariado nacional de Cursillos, en contra del parecer de Monseñor Hervás, que desde una lógica preconciliar proclamaba la máxima autonomía de lo diocesano, salvo Roma. (Fue curioso observar cómo el Doctor Hervás aceptó entonces la constitución del Secretariado Nacional de México como un hecho consumado que le desagradaba profundamente, mientras después cambió de criterio incluso antes de que se instauraran las Conferencias Episcopales, impulsando la constitución del Secretariado Nacional de España mediante acuerdo de la antigua Conferencia de Metropolitanos, dos años más tarde que el de México. Ignoro si el cambio de criterio se produjo al garantizársele al Doctor Hervás que el liderazgo del Secretariado de España, como obispo director, le correspondería a él, o por impregnación de los renovadores aires conciliadores. Quizá su oposición anterior a los Secretariados Nacionales era ya meramente táctica, pero hubiera sido muy positivo para nosotros que nos hubiera hecho llegar que su oposición frontal a nuestras propuestas de crear organismos nacionales de coordinación era por motivos de oportunidad y no por razones teológicas de fondo, y tal como nos afirmaban él y sus colaboradores.) El tercer indicativo de la independencia de criterio con que actuó México fue que los dos Padres Fernández (el de Texas y el de México) no dudaron en presionar al Doctor Hervás para que Bonnín mantuviera una presencia activa en la expansión internacional de Cursillos, en un doloroso proceso al que más adelante me referiré.

Así, pues, puede afirmarse que los Cursillos deben a México, y singularmente al Padre Pedrito Fernández y a su equipo, que el diseño oficialista que representa el Manual de Dirigentes no se consolidara irreversiblemente en la generalidad de los territorios donde se impartían Cursillos, sino que se adoptara el Manual como un instrumento de trabajo más, sin quebrar la conexión del movimiento real con la línea fundacional. Es de justicia indicar aquí que este proceso de mantenimiento del genuino perfil de Cursillos a través de México no hubiera sido posible sin la flexibilidad y el diálogo que prodigó en esta etapa D. Francisco Suárez.

De México nos han ido llegando durante todos estos años a los seglares del «grupo de Mallorca» -principalmente a través de los viajes que ha realizado hacia allá Bonnín- los ecos de sus Cursillos, tanto de la capital federal, como de muchos otros de sus Estados y diócesis: Tampico, en donde lideraba el Movimiento su propio obispo, Monseñor Corripio, hoy arzobispo en el Distrito Federal y Presidente de la Conferencia Episcopal de México; Tlalpan; Morería; Puebla (en cuyo Encuentro de Dirigentes de 1962, los cinco obispos que asistían -de los que recuerdo ahora a Monseñor Márquez, Monseñor Abascal y Monseñor Zarza- preguntaron a Eduardo qué más podían hacer ellos en un Cursillo o en una reunión como este Encuentro, y aceptaron encantados la sugerencia de que fueran precisamente ellos quienes sirvieran la cena a los seglares y reverendos «de a pie», en un gesto definitorio como pocos del genuino estilo de Cursillos, y que -como puede suponerse- nos apabullaba de alegría en el contexto de proscripción jerárquica que vivíamos); y también Yucatán Zacatecas, Durango, Saltillo -de donde nos llegaba la imagen del «Cristo de Colores» que tanto promocionó el Padre Molina-; o de Monterrey, que nos sugiere el recuerdo especial de Fernando Treviño, del Padre Camacho, del matrimonio Chaves y de Cristina Fernández Pozas, con quien, sin conocerla, vivimos de cerca el dolor esperanzado del accidente de su padre, también cursillista; o de Laredo, que no puedo mencionar sin aludir al Padre Manente, a Alfredo Santos y a Roberto Benavides; o Tijuana y su admirable experiencia de labor de Cursillos en el interior de su pobladísima cárcel, con el recuerdo especial del Padre Ramón; o Guadalajara y los ecos de Amancio J. Padilla, de Francisco Trías Rivera y del Padre Librado, y de la voz amiga en el «cassette» del irrepetible «speaker» Ignacio Cárdenas; y de Torreón, desde las «rancheras» cantadas por su obispo, Monseñor Fernando Romo.

Norteamérica

Por nuestra participación directa como grupo en la génesis de los Cursillos en Estados Unidos, siempre ha sido ese país algo muy sentido en nuestra vivencia internacional de Cursillos. Y este hecho se ha arraigado aún más al haber sido la nación a la que más veces ha viajado Bonnín entre 1963 y 1991 -doce en total-, trayéndonos en cada ocasión ecos de hechos y de nombres clave en la historia de sus Cursillos.

Desde la despedida en Lubbock (Amarillo) del Padre Quintero y la Convención de Austin, celebradas en 1963, comenzaron a ser para nosotros mucho más que meros nombres el Padre Petrus de Houston, el Padre Beach de Pecos, el Padre Sullivan de Dallas, el Padre Durán de Phoenix-Arizona, el Padre Dussan de San Antonio, Víctor Berlanga de New York, o Monseñor Joseph Green, de Nevada -que impulsó la edición en inglés de Vertebración de Ideas-, al igual que Monseñor Moreno -hoy en Tucson- y singularmente el Obispo Mc Manus que impulsó la constitución en EE.UU. del Secretariado Nacional, o el entonces seminarista y hoy Obispo en Colorado, Monseñor Tafalla y el ya fallecido Cardenal Maning, de Los Angeles.

En años posteriores y también básicamente por los viajes de Bonnín, sabríamos del Movimiento de Cursillos en Miami con el Padre Angel de Arrillaga y Senén y Elena Borges; o en Chicago, con el escoramiento carismático de Steeve; o en el Boston del Padre Genest; o en Los Angeles, con el «otro» Padre Durán y la gran humanidad de Luis Balmaseda, a quienes después se han sumado nuevos nombres: Enrique A. Freire, Enrique y Mona Viramontes, Juan y Conchita Ruiz, el Padre Juan Matas y tantos otros; como viviríamos en New York Brooklin los afanes de los dos hermanos Padres Arias, del Padre Nicolás Mas, del Padre Brown y del amigo Kalbfleist, entre muchos. 0 contactaríamos en Nuevo Laredo con la rotunda locuacidad de Ana Mª Rabaté, en un encuentro en que participó también el «histórico» Palomino, en 1983.

Creciente siempre, en todo este ámbito, la labor seria y difícil de dos seglares que juzgo claves en su Secretariado Nacional y en el conjunto del Movimiento: Gerald Hugues -Jerry, en el coloquio y la plegaria- y Beto Villarreal, quienes junto a sus restantes miembros de equipo han arraigado la realidad de Cursillos, en Norteamérica, en sus dos ámbitos anglo e hispano, y la han trascendido por su proyección hacia Asia y hacia la europea Irlanda.

Por lo que respecta a Puerto Rico, he de indicar que, con la excepción de San Juan, donde el liderazgo de D. Jaime Capó ha resultado prácticamente excluyente para nuestro grupo, hemos ido sintiendo con viveza la evolución del Movimiento en las restantes diócesis portorriqueñas: en Arecibo, Quebradillas, Ponce. Nombres irrepetibles en esta historia nos resultan los de los Padres: Acebedo, José Dimas Soberal, Javier Iñigo y Luigi, como el de los seglares Medina, Pedro J. Serrallés, y Emilio José Benegas, más un largo etcétera.

Y en cuanto a Canadá, nuestro contacto inicial con el Padre Jean Riba fue seguido de un paréntesis en el tiempo, hasta que desde hace pocos años vamos compartiendo de nuevo el éxito de Cursillos allá, que quisiera personalizar de algún modo en Aline Maisonneuve, que encarna también el perfil de la mujer dirigente del Movimiento, con proyección internacional.

Centroamérica

La agitada vida civil y eclesiástica de toda Centroamérica en estos años ha condicionado sin duda la historia de sus Cursillos, a menudo emparedada entre dos concepciones antagónicas de la vida y del Evangelio que hacen difícil afirmar cada día la simplicidad unitaria de lo fundamental cristiano, consustancial al mensaje de Cursillos. De ahí que nuestra vivencia de su peripecia en la distancia, haya sido especialmente intensa y frecuentemente tensa.

Desde 1966 en que Bonnín viajó a El Salvador, en un trascendente encuentro en que conoció a Antonio y Mª Teresa Punyed y al nicaragüense Carlos Mántica, y que se prolongó en Honduras con el Padre Prestera y su afán carismático, hemos seguido los Cursillos en estos países un tanto con el alma en vilo.

El Salvador ha sido una honda realidad en nosotros desde la época de Monseñor Romero a la del Padre Aníbal Casasola y a la actual con Leónidas Melgar, y siempre con el referente entrañable de los Punyed.

Como ha sido intensa nuestra vivencia de los Cursillos en Costa Rica, más remansada, y la amistad allí de personas clave como Hiram Sotela, Franco y Virginia Pacheco, el Padre Pedro García, el Padre Francisco Fierro y el irrepetible Obispo de Alajuela, Monseñor Bolaños.

Con los Cursillos de Guatemala tuvimos el primer contacto en un viaje europeo de Jesús Ordóñez y su esposa, que recalaron en Mallorca. Desde entonces Guatemala es una de las referencias más claras para nosotros de un esfuerzo serio para que el Movimiento no pierda su sustantividad fundacional y su seglaridad característica. Es de mencionar que la Conferencia Episcopal de Guatemala en pleno quiso recibir un informe directo de Eduardo Bonnín sobre Cursillos, en un testimonio singular de una Iglesia magisterial que escucha, que terminó entre las risas que generaban los juegos verbales de Bonnín sobre el rato, el reto y el rito como formas de religiosidad o sobre los que pasan, pesan y pisan en la vida de la iglesia, cuando el genuino Evangelio ni pasa ni pesa, ni pisa.

En Nicaragua estuvo Bonnín el 1972, cuando Mántica aún no había iniciado su evolución atípica de la mano de D. Victoriano Arizti, y pensábamos que él podía ser la principal voz seglar del futuro en Cursillos. Después hemos seguido tanto su personal distanciamiento en la línea de pensamiento y acción, como la dramática evolución de la Iglesia nicaragüense y sus reflejos en Cursillos.

Con Honduras hemos mantenido contacto asiduo; valga la referencia a Roberto Avilés y al quehacer historiador del Padre Iván Röhloff, pese a lo indigerible de la traducción al castellano de su obra.

Aunque Panamá no ha sido objetivo de ninguno de los viajes de Bonnín, a través de los Encuentros Mundiales hemos contactado con Monseñor Mc Graph con Norman Arosamena y con el Padre Fidel Puig, que tiene algún familiar en Mallorca, y sabemos de su esfuerzo continuado. Lo mismo cabe decir de nuestros amigos de la República Dominicana, liberados por el Padre Mantilla.

Europa

Los primeros contactos que tuvimos con los Cursillos de países europeos distintos de España fueron con los grupos de emigrantes españoles en Alemania, en los primeros años sesenta. Recordemos que D. Sebastián Gayá trabajaba por entonces en la Comisión episcopal española de migraciones, que presidía el Cardenal Arriba y Castro. Bajo su inspiración, un grupo de sacerdotes provenientes en su mayoría de Ciudad Real, iniciaron el Movimiento en varios puntos de la entonces Alemania Federal, en lengua española y centrado en los trabajadores españoles; personalmente estuve en un Cursillo en Nuremberg, y Bonnín viajó a Stutgart. La labor que allí desarrollaban, singularmente Vázquez y D. Jerónimo López, dejó finalmente poca huella local ante el retomo masivo de emigrantes que generó la recesión económica de los 70; en cambio, sí fue trascendental la conexión de estos grupos con el claretiano Padre José Mª Cascales, radicado en Viena, que inició los cursillos en lengua alemana, tanto en Austria como en varias diócesis de Alemania.

Es el Padre Cascales un organizador nato, dotado de una constancia realmente más germánica que hispana, que sigue promoviendo los Cursillos no sólo en aquellos dos países, sino en varios otros de la Europa Central y del Este, hasta hace muy poco en la órbita de regímenes marxistas, como Checoslovaquia, Hungría y Rumanía.

A Austria ha acudido Bonnín en dos ocasiones, y siempre nos han asombrado las perspectivas y la consistencia del trabajo generado desde allí.

En Irlanda los Cursillos se han implantado gracias a la histórica conexión entre ese país y los Estados Unidos. La procedencia irlandesa de Gerald Hugues no ha sido ajena al hecho. Curiosamente, el viaje realizado en 1978 por Bonnín a Dublín no fue organizado por Cursillos, sino por la asamblea de movimientos carismáticos -que en Europa tienen un perfil menos radical que en Latinoamérica-, y que presidió el Cardenal Suenens. Nos impactó vivamente la confidencia del Cardenal a Bonnín, informándole de que sus cursos de formación para dirigentes del movimiento carismático los preparaba utilizando nuestros esquemas de «Vertebración de Ideas».

Los Cursillos en el Reino Unido nos resultan cercanos a través del Padre James Daniel Collins y de Liang Long, tras su Ultreya Nacional de 1979 en Birmingham; seguimos con especial atención la vertiente ecumenista de su andadura, a través del diálogo entablado allí con líderes de otras confesiones cristianas.

En Francia entiendo que los Cursillos aún no han arraigado, pese a los esfuerzos que en su día emprendió Mossén Pujadas de Gerona, en colaboración con el Padre Jean Riba, que tradujo al francés el método, tal y como se ha utilizado después con pleno éxito en el Canadá francófono.

Portugal había sido el primer país del resto de Europa en iniciar Cursillos en su propia lengua y cultura, «apadrinado» por la diócesis española de Vitoria y muy concretamente por D. Victoriano Arizti, bajo el liderazgo del Padre José Freitas y de Leonel de Sousa Duarte.

Nuestro contacto con el Movimiento en Portugal se inició a raíz de viajes a España de algunos de sus dirigentes, y cuajó en un viaje de Bonnín a Lisboa en 1981, durante el que, junto con D. Victoriano, tuvo ocasión de mantener una larga entrevista con el Cardenal Cerejeira, una de las contadas personas cuyos escritos -junto con los de Lanza del Vasto, Louis Lavelle, etc- entiendo que respaldaron la cosmovisión de Eduardo en la primera fase de gestación y alumbramiento de los Cursillos.

Estos contactos cuajaron también después en los viajes de Bonnín a los archipiélagos atlánticos portugueses de Madeira y de Azores, con el recuerdo imborrable de Virgilio de Amaral, el irrepetible «Pacasa».

Italia y sus Cursillos tienen una significación especial y entrañable para nosotros, desde que en 1981 comenzaron a contar casi sistemáticamente con la presencia de Bonnín en sus Ultreyas Nacionales o Regionales. Tras algunos precedentes, el Movimiento cuajó en Italia a través de la presencia en Milán de Alfio Piva, un veterinario que se había incorporado a Cursillos en Costa Rica. Desde entonces los hitos y recuerdos de Roma, Tarquinia. Albisola, Endora, Nápoles, Genzano, Catania, Paterno, Torino, Vicenza, San Victor, Pulsano y Martina Franca, nos traen los ecos de Ernesto Pozzi, del Padre Carminati, de Giovani Durante, de Peppino Di Lauro, de Umberto Orlando, Ricardo Russo, Carmine Cocozza, Valentino Vinante o Flavio Furzi, y de los sacerdotes Padres Cicconi, Rivellini o Brun, entre tantos otros.

Y singularmente, estos contactos con Italia nos traen el recuerdo de las dos conversaciones privadas que sobre Cursillos ha tenido ocasión de mantener Eduardo Bonnín con Juan Pablo II, la primera junto a Pozzi en 1985 y la segunda a solas el año siguiente, en oportunidades a las que no han sido ajenos Arnaldo y Anna Picalarga.

La singular resonancia del «De colores» ante el Papa en la basílica de San Pedro, en 1990 como en 1967, y hoy también en la impresionante Sala Nervi del complejo vaticano, en la Ultreya, sintetizaría como pocas otras cosas la universalidad -la catolicidad- de los Cursillos, desde su raíz mediterránea.

América del Sur

Entre 1963 y 1967 la presencia de los Cursillos en Perú a través del grupo de sacerdotes mallorquines que allí lideraba D. Miguel Fernández, originaron tres viajes de Bonnín a aquellas tierras, de los que recordamos no sólo a aquellos reverendos, sino también a destacados seglares como Vicente Russo, de Trujillo.

Ya he mencionado que la evolución del pensamiento posterior al Concilio, en este grupo de sacerdotes, alteró sensiblemente la situación, y por ello han sido escasos nuestros contactos desde entonces con los Cursillos en esa República.

Si Perú fue el primer país sudamericano con el que mantuvimos contacto más directo -tras el precedente de Colombia en los 50-, definitivamente fue Venezuela el país del área que ha protagonizado más significadamente el Movimiento de Cursillos en aquellas tierras. La clave humana de este hecho es sin duda la descomunal personalidad del Padre Cesáreo Gil, español y Operario Diocesano, que conoció inicialmente en España los «Cursillos de Militantes» de la JACE, y que en su ya larga permanencia en Venezuela entiendo que ha liderado no solamente los Cursillos a nivel Nacional, sino también el proceso de coordinación internacional del Movimiento, del que es máximo exponente la Oficina Internacional; proceso que ha permitido celebrar en Caracas los Encuentros Mundiales de 1976 y 1988 y que ha hecho posible el establecimiento y la actualización realizada del texto «Ideas Fundamentales», del Movimiento, muy desigual en su densidad interna, como seguramente impone su carácter de documento consensuado.

La capacidad de organización y coordinación de actividades del Padre Cesáreo es sin duda uno de los activos más cotizables a nivel humano del Movimiento de Cursillos; quizá precisamente por ello me resulta más grato aún recordar junto a sus «alardes» organizativos, la capacidad de sacrificio y de llaneza que el Padre Gil nos evidenció por dos veces, cuando, teniendo un intenso programa desde primera hora del día siguiente, de madrugada, hacia las 4, seguía empeñado en llevarle las maletas a Eduardo Bonnín, tanto a su llegada a Venezuela como a su marcha, en el Aeropuerto de Maiquetía, camino de Chile.

En ocasiones, por lo que afecta a temas de metodología y de criterio en Cursillos, uno está tentado de pensar que el Padre Cesáreo es demasiado partidario de hacer un cóctel de posiciones quizá poco compatibles entre sí. Pero inmediatamente después pienso que alguien tiene que hacer este duro trabajo, de conseguir la puesta en común de todo lo que en Cursillos se piensa y se programa, y que es una suerte tener en el Movimiento alguien como el Padre Gil, siempre que no entremos en los resbaladizos planos de un sincretismo en el que «todo valga» en el método.

Sin duda la gestión del Padre Cesáreo Gil ha resultado también decisiva para que desde 1990 los Cursillos estén reconocidos por el Pontificio Consilium Pro Laicis, y para que el dirigente seglar de Cursillos en Venezuela, Mario González, sea miembro activo del mismo.

Quizá valga la pena, al recordar a Venezuela, mencionar también la densa conversación privada que allí, en el marco del Encuentro Mundial de 1988, pudo mantener Eduardo Bonnín con el Cardenal Pironio. En ella, Eduardo transmitió al Cardenal su inquietud de que en Cursillos, como ha sucedido en tantos otros movimientos a lo largo de la historia, «la organización acabe con la mística».

Estaba en ese momento muy reciente la práctica marginación que en el Encuentro se había producido hacia la línea fundacional de Cursillos, pese al agasajo formal de que fueron allí objeto Gayá y Bonnín, y que se había concretado especialmente en privar de difusión a la Comunicación que se dirigió al Encuentro con el expresivo título de «¿Los Cursillos, sin estrenar?», que estuvo suscrita nada menos que por los responsables del Secretariado de Mallorca (D. Francisco Suárez, D. Antonio Pérez y Juan Aumatell) y por los tres seglares que fueron dirigentes en el denominado cursillo nº 1 (Eduardo Bonnín, Bartolomé Riutort y Guillermo Estarellas), y que sólo se acabó distribuyendo entre los asistentes por la insistencia del siempre oportuno Antonio Punyed, de El Salvador.

Pues bien, a la mañana siguiente a aquella entrevista con el Cardenal Pironio, al iniciarse la Ultreya Nacional venezolana que cerró el Encuentro, en un marco imponente, con casi diez mil voces cantando en la unidad y el entusiasmo colectivo, el Cardenal hacía su entrada procesional, cerrando las filas de concelebrantes, revestido del más solemne pontifical, cuando se saltó el protocolo y se acercó al punto próximo al pasillo donde estaba Bonnín, entre el público, para decirle al oído: «¿no lo ves? ¡ten confianza; la organización no se comerá a la mística!».

De los cursillos de Brasil siempre recordamos la gran labor del Padre Pablo Cañelles, del Padre Baraldo o de Nelson Parente, y la acogida del Cardenal Rossi, sin dejar de preocuparnos la necesidad de una apertura aún mayor del Movimiento allá hacia los más desfavorecidos.

De Bolivia nos sigue llegando la voz esperanzada y clara de Esperanza González, grabada con ocasión de la Ultreya mundial de Roma.

Argentina nos trae los ecos de Oscar Casal, con quien tuvimos ocasión de compartir momentos difíciles en Madrid, y de los viajes de Bonnín a Rio Cuarto en 1981, en la amistad de Canals, del Padre Nadal Caldenteny y de Sebastián Cerdá, y a Buenos Aires en 1991.

Chile ha tenido resonancias especiales entre nosotros, a raíz de la estancia de Bonnín en Valparaíso, Santiago, Viña del Mar y Temuco, en 1988. Los nombres de Eugenio Severín, del Padre Guido y del escritor amigo Daniel Maradones, son referentes ya muy interiorizados.

Y debo mencionar también la vivencia que desde Ecuador nos transmiten Monseñor Pavón, el Padre Monedero y Alberto Avila, entre tantos.

África

En lo que se me alcanza, Africa es el continente con menor incidencia en Cursillos, por ahora.

En otras páginas he mencionado la presencia del Movimiento en Guinea Ecuatorial y en el Sáhara ex-español.

Deben unirse a ellos Mozambique y Angola, donde se iniciaron los Cursillos desde Portugal y Vitoria (España). El viaje en 1973 de Bonnín a Luanda y Malange, en Angola, nos transmitió una de las realidades más vivas del Movimiento en todo el mundo.

También en Tánger -Marruecos- se desarrollaron Cursillos en los años de la proclamación de independencia hasta la salida de los europeos, de la mano especialmente de López de Arriba, médico y sobrino del Cardenal Arriba y Castro, y de un franciscano tan atípico, profuso y difuso como el Padre Cabezón.

Estoy persuadido de que Africa y Asia serán el mejor crisol para la genuinidad del Cursillos, ya que su arraigo sólo es posible allí desde la más plena y sencilla rotundidad de su línea fundamental y fundacional.

Asia

La eclosión de los Cursillos en Asia es quizás el fenómeno que más sorprende al espectador que ve los hechos con la poca fe del cristiano viejo y occidentalizado.

Desde 1973 son parte viva y destacada de nuestra vivencia, a través una vez más de la presencia de Bonnín allá, Japón, con el recuerdo del Padre Bede y tantos otros; Korea, en la imagen -entre tantos- de Moon, uno de sus dirigentes seglares; al igual de Filipinas, desde su capital Manila, a Carmel y Tagaitay; y como quizás especialmente China-Taiwan, con los amigos Jay, Thomas Mungt y Wang Chia, y en el recuerdo entrañable de Monseñor Wong.

Recuerdo haberle oído más de una vez a Eduardo Bonnín, que si tiene que señalar un lugar donde lo que ha visto hecho ya realidad se parece más a lo que soñó al iniciar los Cursillos, no dudaría en decir que ese lugar es China-Taiwan.

De otros rincones de Asia hemos recibido noticia y testimonio en los Encuentros Mundiales. Muy vivo es nuestro recuerdo del Padre Theophan Wickramaratne, y de Gabriel y Rosemary Sethukavaler, de Sri-Lanka.

Australia

La pujanza de Cursillos en Australia es noticia reciente para nosotros. El Padre Natalini y el amigo Ted Mohr nos la transmiten, y esperamos ya en 1991 tener contacto directo con ellos.

***

En fin, como el lector habrá apreciado, he preferido en este contexto de la internacionalización de Cursillos hacer más un relato de su realidad «en mí», que de su historia y su realidad «en sí»; es esta última una tarea que queda para historiadores, y que hubiera desbordado totalmente el propósito de este texto.

Desearía también acreditar que esta expansión casi universal del Movimiento pone de relieve, a mi entender, no sólo una capacidad de su método y su contenido para proyectarse en las más variadas geografías, sino también -lo que creo más importante- para encarnarse en las más diversas culturas.

Y esta capacidad transcultural de Cursillos, ya plenamente evidenciada, no puede menos que traer a mi memoria las primeras tensiones que sobre un tema de este tipo tuvimos que padecer. Por razón básicamente de la lengua en que debían impartirse los Cursillos en el área cultural catalana -en Cataluña y en Mallorca, básicamente-, recibimos críticas y marginaciones desde los mismos años 50, que se centraron muy especialmente en la diócesis de Barcelona.

En la fase inmediatamente posterior a la publicación de la Pastoral del Doctor Hervás, la Diócesis de Barcelona dio oficialmente el «giro» desde los Cursillos de Militantes a los de Cristiandad, bajo la batuta de Mossén Sala -al que después acompañarán el hoy Obispo Capmany y Mossén Viñas-, pero sin querer dar ningún protagonismo a los grupos de Barcelona, Terrassa y Sabadell, afines a Mallorca. Este giro de Barcelona se produjo en un contexto de moderado nacionalismo catalán, con acusaciones de excesiva «castellanización» a los dirigentes de la órbita de Bonnín.

(En Mallorca la lengua hablada es el mallorquín -una variante del catalán- por lo que los cursillos iniciales se impartían normalmente en esa lengua; sin embargo, antes de empezar cada cursillo se preguntaba a los asistentes si había alguien que no entendiera el mallorquín, lo que sucedía con bastante frecuencia, ya que el número de inmigrantes de habla castellana en la Isla era muy alto; en tal caso, se usaba el castellano en todos los actos colectivos, y si no, se proseguía en mallorquín.

A mayor abundamiento, debemos recordar que en Mallorca el bilingüismo verbal es la tónica general, pero que son muy pocos -ahora, cada vez más- los mallorquines que escriban en su lengua nativa, mientras que la práctica totalidad usa el castellano siempre para expresarse por escrito, por lo que, como es lógico, los «papeles» de Cursillos estuvieron redactados en castellano desde el primer momento).

Mossén Sala y su equipo de Barcelona tuvieron gran interés en «catalanizar» el Movimiento y tradujeron todo el «material» al catalán, y sus cursillos se convocaban preavisando que serían en catalán o en castellano, hasta que fue imponiéndose la versión catalana como exclusiva.

Es muy curioso el comportamiento de algunos nacionalismos: mientras en todos los idiomas el Movimiento de Cursillos ha conservado tres expresiones en castellano sin traducirlas, que patentizan como pocos datos la unidad del Movimiento, y que son la palabra «Cursillo» o «Cursillos», la mención «De Colores», y la expresión irónica «rollo» para expresar las charlas o conferencias, en Barcelona los cursillos se llaman «cursets», se procura obviar la canción emblemática para no tener que hablar castellano, y sus dirigentes propician que hasta en castellano deje de utilizarse el término «rollo» -intraducible- y se hable de charlas o lecciones.

Hay que ver lo reveladoras que son algunas aparentes nimiedades.

A este respecto es interesante citar que el escritor mallorquín catalanista Baltasar Porcel publicó, con ocasión de la muerte de D. Juan Capó, un artículo en el que recogía la valoración que de Cursillos le había trasmitido el hoy Presidente de Cataluña, Jordi Pujol, satisfecho de que políticamente los nacionalistas catalanes hubieran conseguido controlar allí el Movimiento de Cursillos, que valoraban como un riesgo potencialmente alto, ya que la unión entre cristianismo y nacionalismo -tan ajena a la esencia de Cursillos- les resultaba esencial en su lucha antifranquista.

No deja de ser curioso que personas implicadas en su momento en este desmarque cultural de los Cursillos de Barcelona respecto de los del resto de España, sean hoy cabeza eclesiástica aparente del movimiento español de Cursillos.

Entiendo que lo esencial, sin embargo, es retener que la expansión de Cursillos en nuevos territorios, nuevas lenguas y nuevas culturas se realizó a un ritmo impresionante, básicamente en los mismos años en que se desarrollaba el Concilio Vaticano II, en un contexto de persecución -o al menos proscripción- en la diócesis fundacional, y de acentuado distanciamiento entre los eclesiásticos que han sido grandes protagonistas históricos del Movimiento -el Doctor Hervás y D. Juan Capo-, y los seglares también históricos; con Bonnín, singularmente.

29 Disensiones entre los iniciadores

La dimensión ya claramente planetaria que fue adquiriendo en los 60 el Movimiento de Cursillos, parecía una clara invitación a un esfuerzo integrador en el empeño de todas las personas significativas de su nacimiento histórico. Pero sucedía todo lo contrario.

Daba la sensación de que existía un acuerdo para marginar del movimiento internacional de Cursillos a Bonnín y su equipo, es decir, a la línea seglar del equipo fundacional.

Y para que este acuerdo funcionara, convenía que D. Juan Capó mantuviera una actuación que en terminología de empresa llamaríamos «de perfil bajo», manteniéndose como «consejero áulico» del Doctor Hervás y su equipo, pero sin ostentar un protagonismo personal activo, lo que por otra parte cuadraba con la resquebrajada salud y el progresivo escepticismo del propio Capó.

Como este proceso se desarrollaba al mismo tiempo que el Doctor Hervás seguía manteniendo la improcedencia de cualquier tipo de Secretariado Nacional y Central, y dado que el nuevo Obispo de Mallorca no apoyaba la marginación internacional de su diocesano Eduardo Bonnín, la exclusión de la línea fundacional seglar -en puridad, la única línea realmente fundacional- no podía hacerse en nombre de una pretendida autoridad o potestad ministerial.

Sucedía de modo inevitable que los dirigentes de cursillos de cada uno de los países recién llegados al Movimiento, requerían la presencia allí de los iniciadores del método, y especialmente la de su fundador seglar.

Para oponerse a esos deseos de lógica y de raigambre históricas, la línea oficial tuvo la no menos lógica ocurrencia de tergiversar la historia.

Tomando como base el hecho ya explicado en estas páginas, de que la numeración oficial de los cursillos se inició en 1949 y no desde sus comienzos -es decir, que los cursillos empezaron a numerarse cuando el Doctor Hervás ya era obispo de Mallorca y D. Juan Capó había retornado a la Isla, una vez finalizados ya sus estudios romanos-, se reconstruyó una historia a la medida del fin pretendido, de restar protagonismo a Eduardo; lo comenzaron a hacer primero en intervenciones verbales privadas y públicas, y lo consagraron después en publicaciones oficiales.

Este intento de diluir la intervención de Bonnín en la génesis del Movimiento, y presentarla como una más de muchas convergentes, se correspondía todavía hace muy pocas fechas con dos curiosos documentos. El primero de ellos, la solicitud que la Oficina Internacional de Cursillos hacía a la Santa Sede para que se reconociera al Movimiento como tal en el Consilium Pro Laicis, y que para sintetizar la historia indicaba que los Cursillos fueron fruto de un plan pastoral del Obispo de Mallorca, D. Juan Hervás, en el que colaboraron numerosos religiosos y sacerdotes, y también algunos seglares; y el segundo documento reciente que intenta minimizar el papel de Bonnín en la historia de Cursillos es un escrito aparecido con la firma de D. Sebastián Gayá, en el que, apoyándose en el propio prólogo de Vertebración de Ideas, se indica que ese libro es producto del trabajo de un grupo, por lo que no debe considerarse obra de Eduardo.

Creo oportuno decir aquí que personalmente dudo mucho de que Gayá sea el autor de ese texto, y aseguro al mismo tiempo que tanto Vertebración, como el Manifiesto «Los Cursillos, realidad aún no realizada», como también «Evidencias olvidadas», lo mismo que antes «El Cómo y el Porqué», son documentos en que se recoge el pensamiento de Eduardo Bonnín, sin más. En su redacción, él ha tenido siempre el peso básico; los demás hemos colaborado en un esfuerzo dirigido fundamentalmente a ordenar material previamente existente y a destacarle lagunas a rellenar en la argumentación, o redundancias a eliminar. Desmenuzar y criticar en ese esfuerzo sus notas y esquemas nos ha enriquecido a todos los que hemos trabajado con él, y ojalá haya enriquecido también los textos. Pero ello no nos otorga paternidades ajenas.

En los años sesenta se dio como instrucción vehemente la de afirmar que los cursillos no existían en absoluto cuando el Doctor Hervás llegó a Mallorca en 1947, y que fueron el resultado de un encargo pastoral que el obispo hizo al Consejo de los Jóvenes de Acción Católica en 1949, en el que colaboraron destacadamente Capó y Bonnín, junto con muchos otros, pero limitándose siempre a obedecer y seguir instrucciones de su obispo, en un proceso en que el propio prelado habría dirigido cada uno de sus pasos, a través de las reuniones de la Escuela de Dirigentes en el palacio episcopal.

Esta tergiversación histórica dio pie a un cruce de cartas de forma y contenido muy tensos entre Bonnín y el Doctor Hervás, en donde a mi entender queda de manifiesto que Bonnín no aspira a ningún protagonismo personal, pero que no puede aceptar una versión de los hechos que irá necesariamente en detrimento del protagonismo seglar inherente a los Cursillos genuinos.

La decisión que siguió a aquella polémica epistolar privada sobre la historia, fue la de «prohibir» a Bonnín que aceptara ninguna invitación de ninguna diócesis del mundo, si previamente su viaje y sus intervenciones no eran aprobados, primero por Ciudad Real y después por el recién nacido Secretariado Nacional de Cursillos de España. En contra del parecer de muchos de nosotros, Bonnín aceptó durante largos años esta limitación a su libertad de acción, en pro de la imagen de unidad del Movimiento.

Puedo asegurar que para Eduardo fue mucho más dura esta prueba e intento de exclusión proveniente de «SU propia gente», que todas las pruebas y exclusiones abiertas que recibió del Doctor Enciso.

El Secretariado Nacional a su vez, al examinar las invitaciones que Bonnín recibía y éste sumisamente le trasladaba, o bien no le dejaba actuar, o imponía que junto a Bonnín viajara en cada ocasión alguna persona de confianza de la «autoridad» (D. Victoriano Arizti, D. Juan Soler, etc).

Menos mal que la decisión sobre autorización y supervisión de viajes e intervenciones de Eduardo pasaba con frecuencia por el criterio de D. Francisco Suárez, siempre más comprensivo que otros «censores» mucho más celosos de su papel inquisitorial. Creo que dice mucho a favor de ambos -de Suárez y de Bonnín-, que a pesar de tan adversas circunstancias, en todo momento hayan conseguido mantener una relación personal de positiva amistad, y una actuación muy coordinada y complementaria en muy diversos países.

Esta espinosa relación entre el grupo seglar de Mallorca y el Secretariado Nacional de España se agravó aún más por dos causas: En primer lugar, por la incorporación al Secretariado español de D. Clemente Sánchez, un singular Operario Diocesano, ya fallecido, que, muy al revés que sus compañeros de Instituto radicados en América latina, actuó siempre con criterios diametralmente opuestos a los propios de Cursillos.

Y en segundo lugar, la relación entre el grupo seglar de Mallorca y el Secretariado Nacional de España se agravó aún más tras la elaboración por el Padre Seguí de sus Notas históricas, que comentaré en otro capítulo.

Al coincidir esos años con mi residencia en Madrid, fui testigo de primera mano de la actuación de D. Clemente Sánchez. Al incorporarse este sacerdote a nuestra Ultreya y Escuela de Dirigentes, en Madrid, fuimos advertidos de que, como párroco del lugar y como miembro del Secretariado Nacional, él se reservaba intervenir en cualquier momento, tanto en la Ultreya como en la Escuela, para puntualizar y corregir criterios, lo que hacía desde un conservadurismo absoluto. Las numerosas veces que nos puntualizaba a los seglares, el sentido del humor nos hacía encajar bien su intervencionismo: pero se producían momentos de auténtica tensión cuando intentaba descalificar a reverendos de la talla del Padre Casaldáliga -entonces también residente en Madrid- o de D. Tomás Naranjo, en alguno de los viajes que hacía desde Las Palmas.

Curiosamente. D. Sebastián Gayá trataba al Padre Sánchez con extremado respeto reverencial, lo que nos inclinaba a pensar que la autoridad -el Doctor Hervás- era quien respaldaba incondicionalmente al recién llegado.

Poco después de su incorporación tuvimos ya graves problemas con D. Clemente Sánchez, al proponerse reconducir la energía de la Ultreya a la adquisición de unos terrenos y construcción de un edificio que decía sería para Cursillos, y que desde el primer momento estuvo exclusivamente adscrito y dedicado al Instituto al que D. Clemente pertenecía.

Si la concepción «apostólica» de «hacer obras» nunca ha sido la de Cursillos, la de hacerlas para terceros era casi surrealista.

En el plano nacional, D. Clemente se convirtió en el adversario más beligerante contra la línea seglar del Movimiento, que fue progresivamente arrinconada, tanto en nombramientos como en posibilidad de participación, y sustituida progresivamente por la presencia mayormente pasiva de dirigentes seglares de gran docilidad. siempre abundantes.

Durante algunos meses, en 1963, a Bonnín y a mí nos mantuvieron como asesores (nunca como miembros de pleno derecho) del Secretariado Nacional de España. Pero se realizaban auténticas filigranas organizativas para que no tomásemos la palabra casi nunca en las reuniones, y cuando conseguíamos hacerlo, inmediatamente después se levantaba D. Clemente Sánchez para espetamos una de sus cíclicas regañinas. Menos mal que seguidamente y con toda gallardía, o el Padre Tomás Naranjo o Antonio Luis Giménez, de Canarias, centraban el debate, lo que les valió no ser ya más miembros del Secretariado en el futuro, como a nosotros cesar como asesores.

Entiendo que los esfuerzos que periódicamente efectuaban D. Francisco Suárez y D. Sebastián Gayá para establecer puentes entre el grupo de Bonnín y el Secretariado Nacional, fracasaron casi siempre al inmiscuirse el Padre Sánchez, mucho más que D. Juan Capó.

Los intentos de tender puentes por parte de ilustres reverendos, no siempre eran totalmente asépticos, y en alguna ocasión se dirigían a probar si el grupo de seglares liderado por Bonnín era tan compacto como parecía. Recuerdo, a tal fin, que a mí personalmente me ofrecieron en varias ocasiones (como a Ventura Rubí y a otros) sugerencias de un protagonismo mayor si tomaba distancias respecto a Eduardo, y para ello se me facilitaron algunos encuentros personales con el Doctor Hervás.

30 Mis encuentros con el Doctor Hervás

De mis entrevistas con el Doctor Hervás -en Ciudad Real primero y en Madrid después- guardo recuerdos muy decisivos en mi apreciación sensorial y estética del personaje y de su entorno.

Téngase en cuenta que ya estábamos en pleno Vaticano II, y que por tanto la mitificación del rango episcopal había quebrado ya totalmente, a Dios gracias. El «clergyman» no solamente era de uso corriente para los sacerdotes de mentalidad más abierta, sino que también lo usaban ya con mucha frecuencia obispos y cardenales. Uno de mis encuentros con el Doctor Hervás se produjo precisamente al día siguiente de una prolongada y deliciosa entrevista que mantuve con Monseñor Méndez Arceo, el célebre y atípico Obispo de Cuernavaca, en una de sus escalas españolas durante el Concilio, charlando con él y Antonio Dorado, un socialista revolucionario convertido al evangelio y reafirmado en su radicalismo político en Cursillos. La naturalidad y sencillez en el trato, igual que en el vestir y el hablar, del prelado mexicano (cuyo entusiasmo por Cursillos, inducido por el matrimonio Giménez Cacho, ya se estaba matizando tras su contacto conciliar con los obispos españoles), contrastaría frontalmente con mi experiencia del día siguiente, con el Doctor Hervás.

Por otra parte, mi educación universitaria se estaba desarrollando en el marco del Colegio Mayor San Pablo, dirigido por la A.C.N. de P., profundamente conservadora en su conjunto, pero «aggiornada» en las formas a raíz del Concilio, e incluía contactos asiduos con personalidades de un talante abierto, como Monseñor Maximino Romero de Lema, con sus mordaces comentarios sobre «los prelados domésticos y otros sin domesticar» que poblaban la Curia Romana, que tan bien conocía.

Pues bien, antes de cada encuentro mío con D. Juan Hervás, alguien cuidaba de recordarme que cuando entrara debía saludarle efectuando la genuflexión y besando su anillo pastoral, «sin apretar demasiado fuerte la mano»; y que, para despedirme, siempre había de ser él quien diera por terminada la entrevista, momento en el que había de solicitar su bendición y ponerme de rodillas.

Poco antes de que entrara el Sr. Obispo en la habitación, lo hacía con inconfundible tensión y exquisitas maneras su fidelísimo «familiar», D. Bartolomé Miquel, para comprobar que estaba libre el sillón adecuado y que no había obstáculos para el paso de Su Ilustrísima hasta el mismo.

Poco después hacía su solemne entrada el Doctor Hervás, que, aunque el calor manchego apretara sin clemencia, aparecía revestido con todos sus atributos talares, capa con los escudos de las Ordenes Militares bordados en seda roja incluida, impecablemente aseado y fresco de tez como una aparición. Quienes me acompañaban cumplían el mismo ritual de genuflexión y ósculo anular, y por fin me tocaba a mí; con toda aquella prosopopeya, ya se me había olvidado el esquema de la entrevista largamente preparado y rezado, y en los primeros minutos de la conversación navegaba, a mis apenas 24 años, entre lugares comunes.

Sólo una de las veces (que creo fueron tres) reaccioné con prontitud y le dije que sus colaboradores me habían disuadido de recibirle con un fuerte apretón de manos y la expresión «de colores», como solemos saludamos los cursillistas.

Con la mejor de sus sonrisas (y la sonrisa de Monseñor Hervás era sin duda uno de sus gestos más logrados y atractivos) me hizo observar que «cada uno tenemos nuestro papel».

En cuanto al contenido de esas entrevistas, pasaban por una fase en que le relataba al Obispo vivencias recientes, de Madrid y de Mallorca, procurando así que mantuviera algún vínculo con la realidad seglar diaria, de la que le veía tan alejado. A ello correspondía el Obispo narrándome normalmente algunas cartas o visitas que había recibido relativas a Cursillos, y dejaba caer reiteradamente con toda intención que los correspondientes personajes se le dirigían «como obispo fundador de los Cursillos».

Después, no sin dificultad dialéctica, intentaba yo que habláramos de alguno de los temas polémicos o conceptualmente claves de Cursillos. Nunca entró Hervás en estas conversaciones a dialogar o discutir cuestión alguna. El enseñaba, y yo debía acatar su criterio: ése fue siempre el tono, unas veces más explicativo y otra más tajante.

Recuerdo algunas exposiciones que me chocaron especialmente: Así por ejemplo, me insistía el Doctor Hervás en que el Manual de Dirigentes debía ser la norma básica del Movimiento, y que nosotros teníamos que aceptar supeditar a ese texto todo lo que defendíamos en Vertebración de Ideas. Si no, tendría que descalificar la «Vertebración».

Me proponía el Doctor Hervás un símil muy medieval: el Manual debía ser el equivalente a la «Regla» de las Ordenes y Congregaciones Religiosas, y entonces Vertebración podía ser el equivalente a las «Consueta», o anecdotario de aquellas instituciones.

Era evidente que no había leído la Vertebración de Ideas.

En otra ocasión me subrayaba el Obispo que no debíamos dar tanta importancia a la Reunión de Grupo, y por el contrario aceptar que los sacerdotes y los seglares que trabajaran en alguna otra obra u organización eclesiástica además de en Cursillos, estaban exentos de integrar una reunión de grupo.

Mi argumentación de que nunca defendíamos la obligatoriedad de la reunión de grupo ni de ninguna otra pieza del método, pero que la forma genuina del poscursillo era la reunión de grupo, en todos los casos compatible con cualquier otra actividad auténticamente cristiana, creo que ni la escuchó, para relatarme un hecho que él entendía explicaba claramente su postura: En cierto acto oficial coincidió el Doctor Hervás con el entonces Príncipe y hoy Rey de España D. Juan Carlos de Borbón y al serle presentado, le saludó con la campechanía que le caracteriza: «¡hombre, el Doctor Hervás, el Obispo de los Cursillos! Sepa que yo soy cursillista, porque hice el cursillo en la Academia del Ejército del Aire, en San Javier, pero que soy un mal cursillista, porque no hago reunión de grupo».

El Obispo me contó cómo le había aclarado al Príncipe que en su posición social era muy lógico que no hiciera reunión de grupo, por lo que sin ella también se podía ser un excelente cursillista.

No me atreví a decirle en voz alta que para mí quedaba muy claro lo bien que el Príncipe había captado el mensaje y lo poco que lo entendía el Obispo, en ese punto.

Los tramos más dolorosos para mí de estas conversaciones eran los que indefectiblemente dedicaba D. Juan Hervás en cada ocasión a criticar la postura que juzgaba rebelde y poco dócil de Bonnín dentro del Movimiento, algunas veces citándole por su nombre, y otras, la gran mayoría, valiéndose del evidente sobreentendido que se creaba.

Al efecto me transmitió, por ejemplo, que debía tener gran precaución de espíritu y desconfiar por principio de las personas que expresaban sus ideas y opiniones como si tuvieran «línea directa» con el Espíritu, sin mandato jerárquico.

Para subrayarlo, me narró Hervás que Juan XXIII le había contado a él, en la fase preparatoria del Concilio, que el Padre Lombardi -el creador de las «Ejercitaciones para un mundo mejor», tan alentadas por Pío XII-, desde que el Papa Juan había anunciado la convocatoria del Vaticano II, no cesaba de hacerle llegar mensajes sobre todo lo que el Señor esperaba de la magna asamblea, y que, con su genial ironía campesina, el Papa había apostillado: «no me explico por qué el Señor habla tan a menudo y tan claro con algunos, y a mí, que soy su Vicario, no me habla casi nunca».

Al intentar repetirle una vez más que en mis constantes contactos con Bonnín nunca le había oído hablar en tono de iluminado, sino opinar basándose en su experiencia y el sentido común, sin atribuirse revelación alguna, el Doctor Hervás me dejó frío al responder: «eso estaría muy bien si se le hubiera pedido opinión».

Era un diálogo imposible. Ante todo, porque yo era testigo privilegiado de una actitud permanente de Bonnín, de llevar su obediencia a la Iglesia jerárquica mucho más allá de lo que el derecho canónico preveía, hasta el punto de poner en riesgo el verdadero carácter de una obra como los Cursillos, por él inicialmente diseñada.

Para cerciorarme de esta impresión, reforcé mis estudios de Derecho Canónico, que compatibilicé con los de Derecho Civil, y con ello no hice sino llegar a convencerme de que Eduardo tenía no sólo el derecho sino también incluso el deber, de mantener públicamente su discrepancia en los temas metodológicos y conceptuales controvertidos: punto en el que nunca me dio la razón el propio Bonnín, siempre partidario de que sólo diría sus discrepancias a quienes le preguntaran, para no suscitar desconcierto o escándalo o división innecesarios en un movimiento que trascendía con mucho a él mismo, a Capó, a Hervás y a todos sus dirigentes.

Y, sorprendentemente, esta sobredisciplinada actitud de Bonnín resultaba inasumible por el Doctor Hervás, que sólo hubiera comprendido una «sumisión de juicio» -¡en temas meramente metodológicos!- o un «mutis por el foro» de la línea seglar inicial.

Mucho más tarde he entendido que, atendida la dinámica histórica de la Iglesia visible en este siglo, Bonnín llevaba razón, y que agrandar diferencias entonces hubiera quizás imposibilitado la situación actual, en que el método de Cursillos en la práctica totalidad del mundo conserva al menos la mayoría de los rasgos más esenciales de su línea fundacional, aunque el movimiento real inducido tenga aún muchas más connotaciones clericales que las deseables para la genuinidad del proyecto.

En resumen, mis contactos personales con el Doctor Hervás, que se prolongaron después en alguna carta sobre cuestiones concretas -que contestó con una acalorada defensa de D. Juan Capo-, entiendo que cesaron por agotamiento. El entendió que yo no era la posible alternativa «dócil» al liderazgo de Bonnín, y yo me acabé de convencer de que el diálogo no existía.

Conste que a título personal considero al Doctor Hervás un auténtico hombre de convicciones y de fe, hechura inevitable de una Iglesia preconciliar que le llevó a identificar su autoridad ministerial con un liderazgo excluyente en un movimiento necesariamente plural y dialéctico. Todo ello aderezado con unas gotas de humana y quizás inevitable vanidad, que le llevó a creerse las tergiversaciones históricas que un entorno curial reverente le fue sirviendo sobre el origen y la evolución de los Cursillos.

31 La «Historia» del Padre Seguí

La situación descrita, de discrepancia entre los iniciadores, se agravó poco después hasta límites muy poco fáciles de describir, a causa de un estudio que, ante las inexactitudes históricas que se estaban propagando, se creyó obligado a elaborar el Padre José Seguí, de los Sagrados Corazones.

El Padre Seguí, mallorquín e historiador de prestigio, destinado a la Curia Romana durante largos años había sido un testigo muy cualificado del nacimiento de Cursillos, y uno de los escasos sacerdotes que había ayudado realmente al «parto» entre 1944 y 1949, junto a D. Sebastián Gayá y D. José Dameto, responsabilizándose de muy diversas sesiones de la Escuela de Dirigentes de Acción Católica donde se fraguaba el nuevo espíritu.

Años después, en la Curia de Roma, el Padre Seguí efectuaría una callada labor en pro de Cursillos, especialmente en los años inmediatamente posteriores a la pastoral del Doctor Enciso, por la que todos, y quizá singularmente el Doctor Hervás, teníamos que estarle muy agradecidos.

Por otra parte, he tenido siempre la impresión de que Seguí fue uno de los más directos inspiradores del trascendental y afinadísimo discurso que el Papa Pablo VI nos dirigió con motivo de la Ultreya mundial de Roma de 1966, que supuso el primer pronunciamiento papal solemne y extenso sobre Cursillos, después del breve texto con el que había aceptado designar a San Pablo como patrono del Movimiento, que resulta mucho menos contundente. El Padre Seguí no ha aceptado nunca expresamente la autoría de aquel discurso papal, y cuando le pregunté si sabía quién lo había redactado, me respondió con socarronería mallorquina que sí lo sabía, y que si yo sabía lo que era el secreto canónico de los que trabajan en la Curia.

El hecho es que ante las inexactitudes históricas que patrocinaba el Secretario Nacional de Cursillos de España, el Padre Seguí elaboró un texto con el título de «Orígenes de los Cursillos de Cristiandad. 1941-1949», que circuló profusamente en copias ciclostiladas, que explica la génesis y el nacimiento de los Cursillos en su más veraz perspectiva, y que puede considerarse demasiado breve y por tanto incompleto, pero en absoluto tendencioso, ya que en él no se menosprecia la labor de ninguno de los protagonistas iniciales del Movimiento. Sin embargo, evidentemente constituyó una descalificación cualificadísima de la pseudo-historia de Cursillos, que acababa de completar el Secretariado Diocesano de Mallorca dirigido por D. Juan Soler, con la colocación de una lápida en el Monasterio de Randa, donde se celebró el cursillo de enero de 1949 -sexto de la historia y primero de los numerados-, afirmando que «Aquí se celebró del 7 al 10 de enero de 1949 el primer Cursillo de Cristiandad de la historia».

La reacción al trabajo del Padre Seguí fue muy virulenta, tanto en Ciudad Real como en Córdoba, dando lugar a la publicación de réplicas por parte de D. Francisco Suárez y D. Clemente Sánchez y del propio D. Juan Capó, pretendidamente descalificadoras, y que en realidad aportaron muy poca luz, sobre todo por la negativa de Bonnín a terciar en la polémica pública.

Sin duda hubo quienes pensaron que el Padre Seguí escribió aquel trabajo histórico inducido por el propio Bonnín, pero puedo asegurar que no sucedió así, y que a Eduardo le sorprendió ese trabajo tanto como a los demás, aparte de que le confortara su contenido. Más aún; puedo asegurar también que el efecto más directo del estudio del Padre Seguí fue el que Bonnín pospusiera una vez más la elaboración de la «Vertebración de Hechos», tantas veces anunciada, y que pienso que ya no verá la luz de la mano de Eduardo; y que entonces pospuso ese trabajo, precisamente porque no le parecía evangélico tener que historiar contradiciendo y por tanto descalificando de alguna forma a personas como Hervás, Capo o Suárez, sin las que los Cursillos nunca hubieran sido lo que son; ya que creía que estos previos posicionamientos históricos en clave de polémica podían teñir de afán de protagonismo lo que no quería ser sino llana afirmación de la verdad.

32 El Cursillo de Cursillos

En el difícil contexto que hemos descrito, los escasos viajes autorizados que Bonnín iba realizando a los países donde los Cursillos empezaban su andadura, pusieron de manifiesto que en casi todas las latitudes se planteaban carencias y dudas que tenían mucho en común entre sí, en un contexto de euforia o entusiasmo que también era común, pero que podía ser fácilmente reversible si las ideas centrales no quedaban bien perfiladas.

De ahí surgió la necesidad de elaborar un método pensado para dirigentes reales o potenciales del movimiento -que dimos en llamar «Cursillo de Cursillos»- por medio del que, en un fin de semana, se pasara revista a los grandes temas metodológicos y conceptuales de Cursillos.

En el «laboratorio de ideas» de Bonnín preparamos todos los esquemas iniciales de este Cursillo de Cursillos, en dos versiones, una para realizarse en dos días y otra en tres -ambas con su noche de entrada-, a aplicar según disponibilidad de tiempo en cada lugar.

La oportunidad de este proyecto fue apreciada entonces por todos los implicados, pero como ha venido siendo una constante en la historia de Cursillos, la línea oficial, protagonizada entonces por el Secretariado nacional de España, «suavizó» muchos extremos de aquellos esquemas y alteró profundamente otros, y dispuso que los impartieran dirigentes que sin duda tenían excelente disposición, pero que no habían bebido en las fuentes originales del propio método y que carecían -a Dios gracias- de la experiencia difícil que nos había tocado mantener al grupo de Mallorca en tiempos de persecución, por lo que tendían a carecer de la flexibilidad de criterio necesaria para la adaptación de fórmulas y modos a cada circunstancia de tiempo y lugar, sin sacrificar las cuestiones de principio.

De ahí que, quienes dirigían con más frecuencia los Cursillos de Cursillos, o bien mantenían a ultranza la aplicación literal de cada pieza del método, dentro del estilo juridicista y ordenancista que había impuesto el «Manual de Dirigentes» de Ciudad Real, o bien daban la sensación de que en Cursillos -y singularmente en el poscursillo- «todo vale» cuando tiene la bendición jerárquica.

En el desarrollo de los Cursillos de Cursillos tuvo una presencia singular el tándem formado durante años por el vasco español Padre Victoriano Arizti y por el nicaragüense Carlos Mántica -que creo pudo ser la gran esperanza seglar de Cursillos, pero que fue escorándose hacia una polarización en lo carismático, no identificable de ningún modo con la sustancia del Movimiento de Cursillos-. Inicialmente, este equipo Arizti-Mántica desarrolló su intensiva labor con voluntad clara de equilibrio entre lo oficial y lo fundacional; poco a poco fue creando una línea más específica de ellos mismos, que a mi entender no es una síntesis de ambas líneas tradicionales, sino que está del lado de la dimensión clerical del Movimiento, aunque inmersa en una modernidad y en un talante posconciliar muy distintos del estilo de la línea oficial de los más destacados eclesiásticos iniciadores de Cursillos.

Su actividad creo que ha generado resultados muy dispares según lugares y fechas, pero los estimo globalmente positivos para Cursillos en su conjunto.

En resumen, el método de los Cursillos de Cursillos, pensado para hacer más eficaces las esporádicas presencias de Bonnín en el extranjero, también sirvió para dar al Secretariado Nacional de España un sistema que parecía manejable por muchos, de forma que ya no le pareciera tan inevitable la presencia del propio Bonnín en los lugares que lo solicitaban.

33 Cursillos y Vaticano II

El método del Cursillo de Cursillos lo elaboramos mientras avanzaba el Concilio Vaticano II, a raíz de cuyo esperanzador desarrollo muchos se interrogaban sobre si sería necesario alterar muchos modos y contenidos de los Cursillos de Cristiandad.

Por nuestra parte, en el grupo seglar de Mallorca, examinábamos los textos que el Concilio iba promulgando con la alegría de ver reflejados en ellos muchas de nuestras inquietudes e ilusiones, y con la sensación de ver confirmadas muchas verdades por cuya defensa nos había tocado sufrir. Se nos produjo, sí, una cierta decepción ante el celebérrimo Esquema 13, de la relación entre la Iglesia y el mundo, en el que creímos ver una concepción de lo seglar sin duda mucho mejor que la imperante hasta entonces, pero referida aún a la línea de acción estructural que conocíamos también a raíz de los «Cursillos de Militantes», sin dar claramente el paso ulterior que percibíamos en los Cursillos genuinos, de centrar la clave de la acción seglar en el eje persona/ ambiente.

Al consultar esta preocupación con el Doctor Hervás y su entorno, se nos advirtió de soberbia conceptual, y se impuso que nunca debíamos ni siquiera insinuar que los Cursillos iban «más allá» de lo conciliarmente proclamado.

El efecto de esa vehemente recomendación, creo que ha operado al revés de lo pretendido. Si «lo conciliar» y moderno era actuar sobre las estructuras, a la vista está que los Cursillos no tienen mensaje específico en este campo, por lo que muchos sacaron la legítima conclusión de que los Cursillos se situaban en el orbe preconciliar.

Reconozco que entonces hubiera sido muy difícil defender lo antedicho, de que la acción estructural es menos eficaz y por tanto menos seglar que la ambiental, y que en cambio, ahora, con la crisis de los sistemas de la órbita marxista, afirmarlo vuelve a ser posible sin generar escándalo o menosprecio.

Lo cierto es que esta polémica crucial ha producido múltiples efectos negativos: en primer lugar, el abandono de la órbita de «Cursillos» -para involucrarse en proyectos más «comprometidos» temporalmente-, de personas tan valiosas como el obispo Romero de El Salvador, el Padre Casaldáliga, Fernando Bonnín (el hermano menor de Eduardo), etc; coincidentes con el alejamiento de Cursillos del propio D. Miguel Fernández y de seglares tan irrepetibles como Vadell y Giménez Cacho.

Pero, al menos para mí, aún es más lamentable que la falta de publicidad y claridad de nuestro análisis en ese momento del Concilio haya permitido que los Cursillos en muy diversas latitudes hayan servido de refugio o amparo de posturas realmente preconciliares o involucionistas, lo que no era de extrañar teniendo en la sala de máquinas gentes como D. Clemente Sánchez, y dejando desdibujada la estrategia de fermentación evangélica del mundo inherente a Cursillos.

La connotación entre Cursillos y algunos de los dictadores latinoamericanos de la década de los 70, tuvo por desgracia mucha mayor difusión que la identidad cursillista de algún demócrata presidente de Costa Rica o de los protagonistas de avanzadas políticas penitenciarias en algún Estado de México.

Es indudable que las derivadas políticas de cualquier movimiento -religioso o no- constituyen por desgracia mucho más la imagen que del hecho reciben quienes no son parte del propio movimiento: se perciben mucho más esas connotaciones políticas que cualquier otra dimensión del hecho, aunque ésta sea de mayor calado.

34 Los Cursillos en España, de 1970 a 1990

En España, el esperanzado vendaval del Concilio y del posconcilio sacudió sin duda casi violentamente -como en todo el mundo católico- las seguridades de conciencia de muchos miles de sacerdotes y de seglares entonces orbitados en tomo a Cursillos. Pero en esta tierra, a aquella crisis universalmente compartida, se superpuso un panorama específico digno de análisis. Por los mismos años se inició aquí la transición a la democracia, que hizo salir a la luz un sin fin de problemas hasta entonces latentes, y que determinó una politización de todo y de todos, al menos aparente. Y para colmo, en el específico campo de Cursillos, esta etapa coincidió con el clímax de enfrentamiento larvado entre los iniciadores de Cursillos y el total silenciamiento -al menos dentro de España- de su fundador seglar, Eduardo Bonnín.

Y los Cursillos, en España, se desarbolaron.

No quiero decir con ello que desaparecieran, puesto que en la gran mayoría de las diócesis españolas ha seguido existiendo algo llamado Cursillos de Cristiandad, y el Secretariado Nacional de España ha mantenido una continuidad más o menos acomplejada ante una sociedad y una Iglesia en ebullición, y por su parte -en plan «free lance»-, Bonnín ha seguido animando concretos grupos también en nuestro país.

Para describir lo sucedido en España con el Movimiento de Cursillos desde 1970 para acá, creo válido como síntesis un irónico diagnóstico que realicé ya en los inicios de la decadencia colectiva: los curas y los obispos -la Iglesia-institución- habían pretendido -y conseguido- hasta entonces que los Cursillos fueran una lavadora; y a partir de ahora querían -y conseguirían- que fueran una centrifugadora.

Quien lo ha vivido, aunque sea tangencialmente, lo sabe: hasta bien avanzado el Concilio, aquí en España lo que los reverendos pedían de Cursillos era única y exclusivamente que convirtieran «pecadores». Luego les molestaba profundamente que existiera algo llamado poscursillos, vertebrado por seglares.

Después, el aprecio de las conversiones súbitas descendió súbitamente: lo que venía viéndose como obra casi milagrosa del Espíritu, fue repentinamente visto como fruto de una presión psicológica colectiva casi condenable. Y el interés de los dirigentes eclesiales se centró en dirigir a los cursillistas ya conversos a una u otra de las muchas «moradas» del Reino para laicos, a elegir no al gusto del consumidor, sino del reverendo de turno o del seglar de pro que impulsaba el proceso.

Y de ahí entiendo que la inmensa mayoría de los seglares vivificados o al menos conmovidos en España a través de Cursillos -así como muchos de sus sacerdotes más característicos- fueron «centrifugados» hacia situaciones más o menos alejadas del Movimiento, y con frecuencia airadamente críticas hacia su pasado «cursillista».

Diría que el «centrifugado» actuó en cuatro direcciones muy distintas entre sí, a su vez subdivisibles.

Los antaño cursillistas fueron evolucionando, más o menos bruscamente, hacia posturas:

-estructuralistas

-eclesialistas

-espiritualistas

-ambientalistas.

La más típica de las evoluciones -y probablemente la más acorde con la Gaudium et Spes y con el alumbramiento de la España democrática- fue la de los que denomino estructuralistas.

Ese mundo que el Evangelio era capaz de transformar de selvático en humano y de humano en divino -para decirlo en expresión de Pío XII-, requería aquí y ahora (del 68 en adelante) un profundo esfuerzo por hacerlo humano, actuando sobre las estructuras. Ya los Cursillos de Militantes de la JACE habían apuntado este camino, pero el repentino auge (durante lo que se ha denominado el «tardofranquismo» y después en la transición democrática) de tantos y tantos partidos, sindicatos y grupos de opinión en España, desbordó todos los pronósticos.

Muchos evolucionaron -casi siempre traumáticamente- hacia posicionamientos «de izquierda». Es obligado recordar aquí a un notorio teniente de alcalde en el primer municipio capitalino comunista que en la España contemporánea hubo -en la Córdoba donde aún vivía D. Juan Capo-, cuyos mítines seguían sonando más a «rollos» laicos de un cursillo que a discursos políticos.

Más conocido es el caso de Juan Mari Bandrés, líder en el nacionalismo vasco de izquierdas, presidente hoy de Euzkadiko Ezkerra, que adquirió rango casi mítico para muchos como abogado defensor de miembros de ETA en el dramático «proceso de Burgos» durante el franquismo, y que después negoció -ya en democracia- el abandono de la lucha armada de los miembros de la llamada ETA político-militar.

Bandrés se ha referido públicamente varias veces -con la apacible ironía que le caracteriza- a su experiencia en Cursillos como una fase de ingenua credulidad, algo así como un pecado de juventud.

En una línea muy coincidente con este despego casi conmiserativo hacia su pasado cursillista encontramos a líderes canarios de izquierda que se formaron dentro del grupo que lideraba en Tenerife, en su fase de apertura y a través de cursillos y de la JOC, el hoy arzobispo de Zaragoza, Monseñor Elías Yanes, y que después se polarizaron políticamente en grupos muy enfrentados entre sí, desde el autogestionarismo nacionalista de Oswaldo Brito y desde la militancia socialista clásica en el subgrupo de Luis Fajardo.

El proceso de politización «a sinistra» fue coincidente, también en la provincia de Las Palmas. Ya antes de que falleciera Monseñor Pildáin, uno de los sacerdotes más caracterizados en Cursillos, el Padre Alemán, experimentó el proceso de «concientización» políticosocial que le llevó -a él y a un nutrido grupo de seglares- a un radicalismo nacionalista de izquierda que ha resultado muy influyente primero en la extinta U.P.C. y después en la Asamblea Canaria Nacionalista (fuerza política que hoy está coaligada en ICAN con el Partido Comunista y otras fuerzas de izquierda). Poco después, al obispo Pildáin le sucedió Monseñor Echarren como Obispo de Canarias; Echarren había participado muy activamente en los Cursillos de Militantes y era proclive a la izquierda moderada. Durante su mandato en Las Palmas se ha producido uno de los intentos paradigmáticos de un enfoque reciente expresamente «estructuralista» de los Cursillos, protagonizado por el Padre Bravo de Laguna; con muy escaso éxito, a mi entender.

Estas numerosas «emigraciones» desde Cursillos a posiciones de militancia política de izquierda que tuvieron lugar en nuestro país, entiendo que no son en rigor la trasposición al territorio español de los procesos evolutivos emblemáticos de un Monseñor Oscar Romero en El Salvador o de Pedro Mª Casaldáliga en Brasil (o del caso no militante de D. Miguel Fernández), desde Cursillos a la Teología de la liberación.

Aquí en España se trató del advenimiento de una politización masiva y repentina de buena parte de la sociedad, y por ello también de las propias bases del Movimiento de Cursillos, en sentido multidireccional, y por tanto también hacia el espectro de la izquierda más o menos radical. Y en estos casos, casi siempre desde la convicción subjetiva de que esta nueva fase implicaba una ruptura moral con la anterior etapa «cursillista». que se veía ahora como infantil, pese a ser la clave íntima de muchos de esos cambios de actitud.

Otros muchos emigraron a planteamientos políticos más centristas o moderados, ya de carácter nacionalista -principalmente en el País Vasco y en Catalunya-, ya en formaciones de ámbito estatal. El caso de Miguel Angel Cuerda, alcalde elegido ininterrumpidamente en Vitoria desde que se instauró la democracia, es muy singular, no sólo porque ha mantenido la confianza de su electorado pese a variar frecuentemente de partido -siempre en el arco nacionalista vasco-, sino también porque es de los escasos cursillistas politizados que nunca ha hecho dejación de su condición «cursillista».

Los casos de cursillistas políticamente reciclados en la centrista U.C.D. -cuyos exponentes más conocidos podrían ser Sánchez-Terán, Rebollo, Belloch y Calatayud- forman parte de un proceso a su vez singular, ya que, si bien se distanciaron de Cursillos, se movieron con el perfil expreso de cristianos en la vida pública. Otro tanto podríamos decir de muchos integrantes del llamado sector «vaticanista» del P.S.O.E., que suelen ufanarse de su previa colaboración con Ruiz-Jiménez en «Cuadernos para el Diálogo» con el mismo cuidado con que acostumbran a silenciar su anterior vinculación a Cursillos. Un caso ya aludido de abandono de Cursillos y subsiguiente compromiso con el partido y el sindicato socialista, es el del hermano menor de Eduardo, Fernando Bonnín.

Como casos curiosos, entiendo vale la pena citar también dos notorias evoluciones desde Cursillos a la extrema derecha política española, en esos cruciales años. Uno de ellos es el médico Vicente Pozuelo a quien conocí con la aureola de discípulo predilecto del Doctor Marañón, y por tanto con una cierta aura liberal, pero que, tras vincularse a la línea ultra-conservadora que en Cursillos personificó D. Clemente Sánchez, saltó a la fama como cabeza del «equipo médico habitual» que cuidó del general Franco en sus últimos años y en su inacabable agonía. A raíz de estos acontecimientos, Vicente Pozuelo fue adquiriendo un claro perfil político de defensor a ultranza de la herencia política autoritaria de Franco.

El otro caso que creo digno de mención es el de Joaquín Pérez Madrigal, a quien ya me referi en otro capítulo. Pérez Madrigal, en los últimos años del franquismo y los inicios de la democracia, se escandalizó del aperturismo católico que en España protagonizaba el Cardenal Tarancón, y fundó una revista ultramontana con el castizo título de «¡¿Qué pasa?!», que alcanzó cierta popularidad porque, con los métodos del más rancio anticlericalismo de los años 20 y 30, se centraba en zaherir al clero y a la jerarquía -Papas Roncalli y Montini incluidos- como agentes de la conjura judeo-masónico-marxista que la extrema derecha española considera la clave de la historia contemporánea.

He enunciado una serie de casos significativos de personas sin duda valiosas que desde una iniciación en Cursillos «emigraron» conceptualmente a planteamientos estructuralistas y a la militancia política. Lo curioso no es el fenómeno en sí, tan lógico en la coyuntura concreta española de los 70, sino la enorme dispersión de las opciones políticas a que se adhieren, y la común actitud en la práctica totalidad de los casos, de tener a Cursillos como algo superado ya, que se contempla con más o menos conmiseración.

Estos casos son tan sólo los emblemáticos. Pero lo cierto es que en las bases más anónimas se produjo también masivamente ese terremoto politizador de actitudes que despobló Ultreyas y Escuelas de Dirigentes para nutrir partidos y sindicatos, o simples núcleos de amigos «dilettantes» y discutidores de la política.

El «desencanto» de la política ha ido llegando a muchas de estas personas en los años 80, pero ya el Movimiento español de Cursillos estaba tan desarbolado, que no se han producido hasta ahora procesos de retorno significativos.

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En segundo lugar, la fuerza centrifuga que caracterizó a Cursillos en los años 70 en España, despertó en muchos de los seglares implicados una orientación eclesialista de su futuro.

La Iglesia en búsqueda del posconcilio centró los afanes de muchos cursillistas, y lo hizo en una doble y contrapuesta dimensión.

Muchos vieron en las nacientes «comunidades de base» su mejor ubicación en la vida: las nuevas fórmulas litúrgicas intimistas y los enfoques críticos o proféticos de la realidad tanto eclesiástica como política, resultaron para ellos más reconfortantes que las previas Ultreyas, que se les antojaban superadas, adjetivándolas de triunfalistas y sensibleras. José Mª del Moral y «los del Chaminade» encarnan esta vía entre otros muchos, en Madrid; grupos de similares características ha habido en toda la geografía española de los 80, entreverados de cursillistas que vivieron subjetivamente este cambio como un paso desde una adolescencia a la madurez.

Me atrevería a afirmar que el mundo de la «Iglesia progresista» española viene estando poblado mayoritariamente por seglares procedentes de cursillos, entre los adultos de más de 40 años, pero muy pocos de ellos reconocen un papel positivo al Movimiento de Cursillos en la historia de la Iglesia, y consideran que fue el último exponente de una «pastoral de cristiandad» a extinguir.

Frente a éstos, muchos optaron por volcarse también en la actividad intraeclesical, pero en tinglados vinculados a la línea oficial de la institución jerárquica. Las plataformas antiabortistas o defensoras de la enseñanza de la religión en la escuela pública estaban y están en España «trufadas» de cursillistas más o menos desvinculados del Movimiento. Algunos significados dirigentes de Cursillos -como Palomino y Pablo Vidal- no han disimulado su aproximación al Opus Dei. En esa misma línea, la creación y el auge de los grupos neocatecumenales de Quico Argüello no son ajenos a este proceso de centrifugación de los Cursillos. Y a mí no me cabe duda de que ésta ha sido también la línea oficial de los Cursillos en España, ya en los últimos años del Doctor Hervás, y mucho más aún en el actual período de mandato de Monseñor Capmany y de Fernando Durán: se enfocan los cursillos en la práctica como semillero para dotar de seglares a las distintas obras y actividades pastorales que los obispos requieran en cada momento.

Esta mutación práctica de la finalidad histórica de Cursillos (casi tan antigua como el mismo Movimiento) me parece grave, y más aún cuando se presenta queriendo aparentar una compatibilidad absoluta entre el enfoque ambientalista de los Cursillos genuinos con la dedicación a obras eclesiásticas por parte de la gran mayoría de los cursillistas.

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Casi en mayor número que los eclesialistas, muchos seglares antes orbitados alrededor de Cursillos adoptaron en los 70 y 80 en España una postura que denomino espiritualista. La proliferación de opiniones y posicionamientos, más que diversos, encontrados, entre los católicos del posconcilio español, generó en muchos el desencanto de lo colectivo, incluido Cursillos, e incluidas también las vinculaciones orgánicas de cualquier clase a instituciones, ya fueran políticas, sindicales o eclesiásticas.

El desarrollo individual de la personalidad y del propio espíritu pareció a muchos lo más seguro y viable en tiempos de incertidumbre doctrinales, o tácticas, o estratégicas.

Y esta actitud se encarnó en muchos en una vía de intimismo cristiano, y en otros tantos en una línea de perfeccionamiento individual ya no específicamente cristiano, sino muy próximo a las filosofías orientales o a una inculturación en lo exótico y primitivo.

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Y finalmente ¿cómo no? también se produjeron evoluciones dentro de la línea ambientalista que es la genuina de los Cursillos desde su nacimiento histórico.

También aquí se han producido dos tipos muy diferenciados de evolución. Unos han entendido que la animación de los ambientes mediante el incremento de su densidad de amistad seguía siendo la labor más eficaz y liberadora, pero que realmente no era ésta una tarea específicamente cristiana, por lo que se han desvinculado de Cursillos y de cualquier otro «tinglado» confesional, y se han centrado en vías puramente laicas no organizativas. Entiendo -para citar casos próximos que me inspiran un gran respeto- que ésta ha sido, por ejemplo, la evolución de Jaime Prohens, de Juan Rodríguez o de Maite Humet.

Los grupos que en esta larga y difícil noche oscura de los Cursillos en España hemos seguido básicamente creyendo en la vigencia de la idea germinal de Cursillos, hemos tenido como es natural también una evolución importante entre tanto, en nuestro posicionamiento personal, desde nuestra convicción ambientalista, en medio de una gran sensación de soledad inmerecida, compensada siempre por la siempre viva amistad que nos ha mantenido.

En Mallorca, en Barcelona y Terrassa o en las Palmas, se ha mantenido el planteamiento fundacional en grupos concretos de seglares a los que casi sistemáticamente han valorado en muy poco tanto los reverendos antes entusiastas como los ahora significativos. Son grupos especialmente incómodos en el panorama nacional oficial de Cursillos porque resulta siempre gratuito calificarlos como progresistas o como conservadores -como hubieran deseado-, y también porque han conseguido tener voz fuera de las tristes perspectivas nacionales, en el extranjero, a través especialmente de Bonnín.

Entiendo que hoy el panorama ya ha comenzado a cambiar.

Y creo que la idea genuina de Cursillos -nunca desarrollada en España en grado suficiente- volverá paradójicamente a nuestro país desde fuera, aunque aquí nunca haya muerto del todo.

35 El «pulso» actual de Cursillos

Entiendo que ha sucedido con Cursillos aquella trasposición de imagen pública, ya aludida, que les hace aparecer en muchas latitudes como mucho más preconciliares de lo que son, aunque también creo que globalmente el Movimiento se ha desarrollado en un perfil más conservador -más clerical, exactamente- del que le correspondía por su talante fundacional.

Indudablemente, para quienes pensamos por ello que los Cursillos son hoy por hoy «una realidad aún no realizada», el futuro del Movimiento debería pasar por corregir esa «deriva» clerical de los Cursillos. Es algo que no se conseguirá desde luego cambiando simplemente elementos del método, ni tampoco por el mero hecho de cambiar las personas que integran los Secretariados. Si se produce, el reencuentro de los Cursillos consigo mismo será producto de una ósmosis, como todo lo evangélico y lo genuinamente humano, posible siempre que los dirigentes estén abiertos a la verdad, a las personas y a todo lo real.

Con ello creo que llegamos al estado actual de la cuestión.

Creo detectar dos sentimientos «calientes» en los ambientes de Cursillos, hoy por hoy.

De una parte, una considerable inquietud por definir y acercar el Movimiento a lo que viene a denominarse «el carisma fundacional». Entiendo que destacadamente en esta línea cabe citar a Antonio Punyed, de El Salvador, al ingeniero Ernesto Pozzi, de Italia, a Jesús Ordóñez, de Guatemala, a Eugenio Severín, de Chile, como a Gerald Hugues, Beto Villarreal y Senén Borges, de Estados Unidos, y a muchos otros. Precisamente en esta línea he querido desarrollar este trabajo, que desearía contribuyera eficazmente a que recuperásemos colectivamente lo mejor de aquella fértil, esforzada y sobre todo ilusionada etapa inicial.

También detecto otro sentimiento paralelo, ya que muchos piensan que la vuelta a las fuentes es pura nostalgia, y que lo que precisan los cursillos es modernizar y alterar métodos y contenidos.

Parten casi todos estos intentos del afán de repensar los Cursillos a la luz de cada nuevo documento pontificio o sinodal, o de cada cambio social notorio en un concreto entomo (advenimiento de la democracia en un país, polémicas sobre ética sexual o de natalidad, etc).

Entiendo y he podido constatar que cuando los dirigentes de Cursillos son personas realmente vivas en su realidad y en su tiempo, el método de Cursillos no necesita ponerse al día porque va estando al día sin necesidad de cambiar esquemas y procedimientos propios. Y que, en cambio, se anquilosa siempre que se propone estar a la moda. Y ello se corresponde plenamente con su enfoque básico, centrado en la persona.

Pero sin duda es muy lícito pensar que un método que muy pronto cumplirá 50 años deba repensarse de arriba abajo, en el contexto de dinamismo histórico que vivimos.

Y sería aún más legítima esta inquietud si hasta ahora los Cursillos se hubieran desarrollado según su propia esencia; lo que creo que al final de estas páginas queda bastante desmentido.

Lo que más me preocupa es que estos esfuerzos de puesta al día metodológica suelen referirse a aspectos concretos y colaterales, pero indicativos de una mentalidad o una finalidad distintas de las de Cursillos.

El exponente más signifícativo de esta vía creo que esta siendo la propuesta de implantar los «cursillos mixtos», de mujeres y hombres.

A primera vista, diriase que la propuesta de impartir los tres días del cursillo a la vez a hombres y mujeres no es sino un paso secuencial lógico, y en línea con los patrocinados en su momento por el propio Bonnín, de mantener Ultreyas, Escuelas y Secretariados igualmente «mixtos». Sin embargo mi impresión es que se trata ahora de algo muy distinto, y contrario.

Se ha ido quitando al cursillo, poco a poco, en muchos sitios, casi todas sus aristas. Ya no «exigen» la conmoción y la conversión, sino que generan poco más que un recuerdo «encantador»), que sirve para presentar el rostro amable y simpático de la Iglesia, para así convencer más a los que estaban convencidos y conseguir que se vuelvan «simpatizantes» algunos que estaban alejados «ma non troppo». Y en un planteamiento así, por supuesto que los cursillos mixtos tienen sentido.

Pero si no rebajamos el objetivo; si pretendemos un real -y por tanto traumático de algún modo- «encuentro consigo mismo» de la gente, y tenemos apenas dos días para ello, y queremos que ese encuentro se manifieste claramente, y prosiga hasta el encuentro con Cristo, mezclar hombres y mujeres sigue siendo el peor sistema pedagógico, y una clara invitación al encuentro con lo anecdótico o a la simulación de encuentros.

Por suerte o por desgracia, la asunción por cada uno del «rol» varón o hembra tiene una fuerza decisiva o paralizante cuando no se ha dado el previo encuentro de cada uno consigo mismo, y en cambio sí se produce comunicación de unos a otros. Ignoro si en un futuro sociológicamente muy diverso esta automática asunción de «roles» sexuados dejará de producirse. E ignoro también si por efecto de algún machismo residual, esa posibilidad teórica me parece más bien triste que deseable.

Y así, en línea con una falsa modernidad metodológica, se nos proponen también con frecuencia otros cambios en el temario y en el contenido de los esquemas, o en la dinámica del poscursillo, que si se analizan desapasionadamente resultan más arcaicos que aquellos Cursillos de Militantes de 1953 o que los Cursillos readaptados que quiso inventar el Doctor Enciso, porque siguen siendo intentos de aprovechar la metodología fundacional, en todo o en parte, para dar fuerza a la concreta y respetable finalidad pastoral o social de quien propone los cambios. Convierten el Movimiento en un mero dinamizador de coyuntura; y, casi siempre, de coyuntura intraeclesial.

Y en el mejor de los casos el producto resulta moderno, pero no resulta ser Cursillos. Que lo etiqueten a su modo, y no involucren al resto.

Aun así es indudable que ambos sentimientos colectivos quizá contrapuestos -el afán de revivir el carisma fundacional y el ansia de implantar grandes innovaciones metodológicas- denotan un cierto común denominador. Existe una generalizada inquietud por dinamizar y renovar el Movimiento: ojalá acertemos a hacerlo dialogadamente, y con autenticidad y eficacia, para que no sea necesario en el futuro tener que contar de nuevo con figuras excepcionales, como un Juan Capó o un Eduardo Bonnín, para reconducir lo hecho.

Tenerife, Madrid y Mallorca 1991